Mientras no escribo… visito la zona

(o deben llamarlo "inspiración")

 

Hace unos años llegó a mis manos una novela relativamente reciente de Stephen King. Era un tanto voluminosa, a veces difícil de sostener, pero tétrica. Exactamente como un "Saco de huesos". Según el propio King, una trama gótica, reducible a: «escritor viudo en casa encantada».

Michael Noonan viaja a su casa de veraneo en —adivinen…— Maine para hacer su duelo y conjurar un largo bloqueo literario. Hallará inspiración, sí, pero también algunas desagradables visitas del más allá. Enseguida, los espíritus comienzan a comunicarse con él a través de letras magnéticas en la puerta de la heladera.

 

¿Había estado tan adentrado en la zona? ¿Tan en trance, como para haber armado un mini-crucigrama en la heladera y no recordarlo?

 

Noonan se refiere a la zona de escritura. Ha estado en trance en el piso de arriba, ajeno a todo, escribiendo. Con el correr de los capítulos la zona se irá confundiendo con otra más terrible, una conexión vívida con el pasado. Pero antes de eso, descubrí en el libro de King una definición precisa de otra zona más sutil, la zona previa a la hoja en blanco:

 

Y, mientras me vestía con pantalones largos y camisa por primera vez en semanas, se me ocurrió que quizás algo —alguna fuerza— había estado intentado sedarme con la historia que yo estaba escribiendo.  Con la capacidad de trabajar de nuevo. Tenía sentido; trabajar siempre había sido mi droga, incluso mejor que el licor, o el Mellaril que todavía conservaba en el botiquín del baño. O tal vez el trabajo era sólo el sistema de entrega, la jeringa con todos los sueños fantásticos dentro. Acaso la verdadera droga era la zona. Estar en la zona. Sintiéndola, como se oye decir a los jugadores de basket. Yo estaba en la zona y estaba realmente sintiéndola.

 

Como sienten los jugadores de basket que entran en la llave, abajo del aro y con el tiempo justo para encestar. Así pude sentir alguna vez la certeza de que ese día, o esa noche, iba a terminar sentándome al teclado a escribir. Es una especie de sopor, una niebla difusa que desconecta la mente del entorno y la concentra en esa idea que acaba de imponerse con brillo propio. En mi caso veo las frases que habrán de ser escritas pronto, a veces hasta el título palpita ahí en lo alto. Y no tiene por qué ser una idea nueva, tal vez es un argumento viejo, descartado, que de pronto encuentra pie y se asoma para llamarnos la atención.

Esa es la fuerza de la zona. No es casual que los espíritus de King se aprovechen de ella para mantener sedado a Noonan.

En los manuales de creatividad, arriesgo, deben llamarlo “inspiración”.

Pero no metamos a las Musas en esto: hubo un trabajo previo de pensar, de ir atento al entorno. De eso se nutren las ideas, las nuevas que brotan instantáneas, también las viejas semillas que necesitaban riego.

Y después el trabajo duro de llegar a casa, dejar apagada la tele, cambiar la radio por jazz y bajar el volumen. Cuando uno siente la zona no queda más que disponerse a escribir: título, enter, enter, y que arranque el primer párrafo.

En poco tiempo, habremos pasado de esa sensación sutil a la tangible writing zone, la zona de escritura donde nuestros personajes prescinden por fin del autor, y se dedican a vivir situaciones que segundos atrás no existían.

¿Suena bien, no?

¡Pero esperen!

Antes de que dejen esta nota y se pongan a escribir, quisiera agregar un último consejo. Es conveniente que alguien en la casa quede atento al teléfono, quizá sea necesario que siga el ejemplo de la mujer de Noonan cuando lo buscaba su editor:

 

—Vas a tener que volver a llamarlo —solía decir Jo cuando Harold telefoneaba—. En este momento Michael está en la Tierra de la Gran Ilusión.

 

luiscattenazzi@revistaaxolotl.com.ar

 

Otras publicaciones de Luis Cattenazzi en Axolotl

© Revista Axolotl, Número 10