Mientras no escribo… en vacaciones

(o la libreta abandonada ya a la arena)

 

Ocurrió a fines de febrero. Llegué a las vísperas de mis vacaciones con un idea para un cuento bien definida (título, primer párrafo y final). Y, como soy de los que escriben el cuento en la cabeza antes de “pasarlo en limpio” en papel, supuse que una semana en el mar iba a bastarme para adelantar la escritura, definir capítulos, personajes, escenarios. Nada más fácil.

Así que cometí la imprudencia de cargar en el bolso una libreta ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Hasta me imaginé algún día de chubascos, y yo escribiendo al abrigo de un cyber-café en la lejana Las Grutas. Dunas y dunas de tiempo, la inspiración nostálgica del mar a mi servicio.

Ya en Las Grutas demoré un par de días en notar el efecto devastador de las vacaciones. Al principio mis devaneos involuntarios se marchitaban mucho antes de madurar. Después, concentrado efectivamente en pensar un capítulo —o al menos definir algún nombre, una oracioncita— me fui dando cuenta de que más allá del tercer o cuarto pensamiento se cortaba el hilo. Allá, donde debía brillar una conclusión, sólo había una pared blanca y lisa, una nube de satisfacción como la que le dibujan alrededor a San Pedro.

Pasaron seis, siete días, y lo único que logré determinar fue que no podría pensar una línea, ni hablemos de agregar algún apunte a la libreta (abandonada ya a la arena en el fondo del bolso). ¿Mis preocupaciones principales? Calcular las mareas (cuatro sumas y restas, como en la primaria), ver si ese día pasaba o no el vendedor de churros, conseguir agua para el mate. Punto.

Dolorosamente —diría Sábato— comprendí: con las necesidades básicas del hombre cubiertas (sí, también había televisión por cable por si llovía), es muy difícil que crezca en uno esa necesidad de aislarse a poner en papel una historia. Con la cabeza llena de visiones del mar, del sopor tibio del atardecer, no hay lugar para pensar en profesores locos que convierten animales en gente o vice versa.

Las maravillas que pueden exaltar al poeta, al cuentista lo anestesian, lo eximen por un rato de sus fantasmas, de los conflictos que tarde o temprano bajan al papel. Alguien decía por ahí que los países sin heridas no tienen arte, los autores de vacaciones, tampoco.

Y proyecto eso a la típica visión ideal del fulano que se va a la cabaña junto al lago a escribir, alejado del ruido de la civilización, de la miseria del mundo. A la semana lo veremos preocupado por cuánta leña le queda, le habrá enseñado a danzar a los lobos, quién sabe. No sé si la naturaleza copia al arte, pero creo que el hombre en estado natural tiende a olvidar el arte, no lo motiva el conflicto. ¿Qué sería de nosotros si Borges en vez de escribir hubiese efectivamente viajado a Arabia de hostel en hostel?

Pero no son sólo delirios míos. ¡Tengo ejemplos! Unos meses después, otra vez de vacaciones, tuve el honor de visitar la casa de Horacio Quiroga en San Ignacio, Misiones. En la sala de estar que da al río quedan unos pocos muebles, pero aún da envidia, cualquiera querría un estudio como ese. En una mesita enclenque pusieron una máquina de escribir simbólica. Simbólica porque no es estrictamente su máquina;  también porque los tremendos cuentos de Quiroga, esos que te hacen transpirar el calor y la tierra de la mesopotamia argentina como si estuvieses ahí, esos de hormigas y bichos y sangre, esos cuentos los escribió en Buenos Aires, mientras vivía en el microcentro, sumido en su rutina de periodista.

Por eso, y si bien cada autor es diferente, yo prefiero dejar la libreta en casa, aprovechar las vacaciones para que los fantasmas descansen o prosperen en las sombras. Ya llegará el viaje en subte o el ascensor detenido que los despierte. Nos inspira la realidad tenebrosa, también se puede descansar de ella de vez en cuando.

Por último creo que es válido pedir piedad respecto al resultado de esta columna. Consideren que la entrego tarde, acabo de regresar de mis vacaciones...

 

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© Revista Axolotl, Número 9