Lugares comunes
Una peluquería

 

Al segundo trago de ginebra se suelta un poco más. Me dice que para él la peluquería no es para nada un lugar común. Tampoco cualquier peluquería: no habla de los Salones de Belleza (máquinas para la permanente rezago de La Guerra de los Mundos), ahora modernizados como “espacios lounge” (música chill out, sillones de colores) aptos para chicas que portan extensiones y muchachos metrosexuales que ya no usan gomina.

Al contrario: él habla de los locales que heredan cierta tradición de las barberías esas con el pirulo rojiblanco girando en la puerta. “Salón masculino”, declama. La típica peluquería de barrio, a la que te llevaba tu viejo, no sé. Se distrae en ese dato y suelta: “Ahora en las peluquerías a los pibes les reservan unos autitos de plássstico para que no pataleen demasiado cuando les cortan la porra, como si se fueran a traumar por quedarse quietos un rato. A mí de chico a lo sumo me agregaban un almohadón para dejarme usar ese formidable sillón de peluquero.”

Pero después aclara: ojo, que no siempre me quejo de lo moderno. Que una mujer le lave a uno el pelo debe ser una de las cosas más sensuales que existen. Le pregunto si lo considera más o menos sensual que las mujeres con violoncello y las bailarinas árabes. Me ignora con un gesto. ¿Yo qué sé? —refunfuña—, allá usted con su afán de calificar las manifestaciones de la belleza.

Cuentan —dice, ahora en secretito— que en una peluquería de Flores te lava el pelo una italiana de esas que nos gustan a todos. Y que mientras te lava además tararea canciones de allá, del sur de Italia, como canciones de cuna.

Le digo que si le gusta la temática puedo recomendar una buena película. Me dice que sí, que la vio. Ninguno de los dos se acuerda del nombre. ¡Qué mujer!, murmura. Italiana o francesa, como si supiera de fronteras ese escote en delantal. Ni hablar de la escena sutilmente erótica de peluquero y ayudanta en las propias narices de un inocente cliente ciego ajeno a la acción.

“¡El marido de la peluquera!”, grita, con el tono triunfal de cuando cazamos un recuerdo esquivo, “la película es francesa”. Pero la actriz es italiana, protesto yo. Y él que me hace otro gesto de suficiencia y aclara: ¡Pero más bien!

Igual reconoce que en la peluquería lo aguardan a uno otros placeres menos voluptuosos. Ya de entrada se declara fanático de esos peluqueros que empapelan el local con pósters de Racing Campeón. No es que yo sea hincha de La Academia —me dice con el dedo en alto—, pero pasa que todos los peluqueros son de Racing.

Tal vez es la tercera ginebra la que lo lleva a confesar que se entrega como un gatito mojado a las cosquillas de la maquinita eléctrica en la nuca y las patillas. Cree necesario justificarse: se conoce que ahí tenemos un nervio o algo, es como un ronroneo.

Pero si me dan a elegir —sentencia— prefiero el lavado que te hace la morocha. Le pregunto si tiene a alguien en mente o habla figurativamente. Ni me escucha, pero casi me contesta cuando dice: es que con la morocha uno nunca sabe para adónde van los mimos.

Cambia de tema y enumera las delicias de pispear la calle de reojo, de charlar de actualidad o de fútbol aunque uno no quiera, para que el otro no sienta que labura solo o peina un maniquí.

Me pregunta: ¿No me va a negar que el espejo grande no le llama la atención? Es como estar viviendo en el reflejo, del otro lado. Porque uno no se mira demasiado, hasta que está terminado el trabajo uno mira todo dado vuelta: la gente que pasa, los que leen la revista Caras esperando su turno con las piernas cruzadas.

Hacia el final reniega un poco del perfume áspero del fijador en spray y del gel,  prefiere que ni se lo sequen. Peine y chau picho. En cambio le gusta cuando le pasan en semicírculo por el cuello el cepillo con talco para sacarle los pelitos sueltos. Casi una caricia de despedida.

Termina su ginebra y tal vez se queda, como yo, fantaseando con aquella vieja atmósfera de las viejas peluquerías. Antes de irse me revela una confidencia: perderse toda esta magia es su única preocupación ahora que, poco a poco, se va quedando pelado.

 

 

© Luis Cattenazzi

luiscattenazzi@revistaaxolotl.com.ar

 

Otras publicaciones de Luis Cattenazzi en Axolotl