Lugares comunes
Una escuela

 

Se cuenta que en las postrimerías del siglo pasado las familias de clase media solían enviar a sus hijos a la Escuela Pública. Por aquel entonces se creía que una educación al alcance de todos era uno de los pilares de la democracia participativa. “Se come, se cura, se educa… ”, anunciaba el primer presidente vestido de civil que veía en mi vida.

En ese afán se fomentaron nuevas escuelas por todo el país. La mayoría de las veces proyectos edilicios aptos para el tórrido Puerto de Santa María de los Buenos Aires eran puestos en obra en la Patagonia vastísima sin mayores miramientos. Aún se mantienen en pie algunas de esas construcciones en seco, repetidas, como cajas, barriletes frágiles a merced de las ráfagas polares.

Pero mi escuela no era uno de esos lugares comunes. “Escuela Nº16, Francisco P. Moreno” (y tardamos años en descubrir que la “p” no correspondía a su mentado rol de “perito”, sino al inaudito segundo nombre “Pascasio”). Un edificio casi centenario, precursor en el estilo de piedra y madera que inspiró al arquitecto Ernesto de Estrada para el Centro Cívico y otros edificios de la época dorada de Bariloche pueblo.

Uno de esos lugares majestuosos de la infancia que se reducen a lo Carroll cuando uno retorna ya adulto. La puerta gruesa de madera a doble hoja; la doble escalera desde el centro del hall a los pisos de “los chicos grandes”; las catacumbas de la ampliación donde iban los de primer grado; la otra puerta, también doble, también de madera, promesa no siempre cumplida de recreos al aire libre.

Y mi sensación más presente tiene que ver con ese patio inabarcable. Era el vértigo del primer día de clases. El único día en que uno se despertaba a horario a pesar de no haber dormido demasiado. Una incertidumbre dulce, física en la boca del estómago, ansiedad por saber si entre esas caras conocidas (algunas perdidas en los meses de verano) había gente nueva, historias por contarse.

Formábamos en apretada fila, tomando distancia al hombro del compañero. De los más bajos a los más altos. Frente-march a la bandera de ceremonias en medio de un balcón asomado a la vista del Nahuel Huapi. Saludábamos casi con hipo un “bue-nos-dí-as-se-ño-ri-ta” y desempolvábamos nuestros lugares de siempre, con nuestro mejor amigo o la banda que andaba con uno.

Esto ocurría en marzo, en Bariloche, en vísperas de los meses oscuros del otoño-invierno. Luego, la doble puerta se cerraba y no quedaba más espacio para el recreo que esos pasillos con piso de madera más estrechos qué útiles para el juego. Y los actos se daban lugar en lo que llamábamos “Salón de Actos”. Había un escenario, luces de colores, lugar para casi todos, parlantes. Actualmente a este tipo de recintos se los denomina SUM, siglas del término pedagocastellano “Salón de Usos Múltiples”. No concibo qué extraña manía persecutoria llevó a considerar inoportuno eso de “actos” al punto tal de derogarlo. Aclara mucho más el políticamente correcto “usos múltiples” que de tan múltiple más bien oscurece.

Pero por suerte no todas las palabras del siglo pasado han caído en el lugar común del eufemismo. Recreo, es una. Maestra. Creo recordar que se llamaba Claudia, la primera maestra. Esas maestra de manual, segunda madre, una señora para nosotros (y tal vez menor que yo ahora que escribo estas líneas). No: Cristina. Se llamaba Cristina.

Y esa es la segunda sensación que recuerdo, mucho menos borrosa que la cara de Cristina (y ese amor que se alarga hasta tercer o cuarto grado): la sensación de entregarse a una buena explicación. El sopor tibio de escuchar, sólo escuchar, eso que nos enseñan, lo que aprendemos, un vapor aromático que nos envuelve.

Claro, también que las hay las hay de las otras, las dignas del apodo de “vieja”, menos por denotar edad que por abreviar “vieja bruja”. Había que sobrevivir más que aprender, y en última instancia reconocer por primera vez que hasta la persona más inexpugnable renguea un talón de Aquiles. No sé si ahora se encuentran maestras así, como esa creación de Gasalla con su chal tejido a mano, un peinado inconcebible de mafioso tano y su tecito rumbo a la sala de maestros.

La sala de maestros al fondo de la ampliación de las aulas de primer grado. Una representación del misterio. Tanto como para algunos representaba un misterio la dirección de la que otros tantos eran visitantes frecuentes.

Pero cuando no había culpables siempre surgía el horror: “Hasta que no aparezca el lápiz de Solveig no se va nadie”. Las sospechas cruzadas, el double check en la cartuchera propia por las dudas un olvido o una broma a traición. No sé si alguna vez aparecía el lápiz, no me acuerdo. Pienso que es raro recordar el momento en que se expedía el toque de queda y no su resolución. Muchas veces la carta robada estaba donde debía, tal vez sea por eso.

Otra ley innombrable era la que obligaba a separar a los amigos que charlaban. Aunque debo confesar que no puedo quejarme: el día que se cansaron de mi cháchara con Pablo y Agustín me terminaron confinando lejos de ellos… pero al lado de La Chica Nueva. En este ranking que voy llevando de mujeres con violoncello y bailarinas árabes, La Chica Nueva de sexto grado tiene su escala paralela. Digamos que está muy por encima de la chica linda del otro sexto. Todavía me sonrío pensando en la envidia de más de uno, y en mi mansa entrega al ostracismo cuando entendí que el exilio podía no ser fatal después de todo.

Pero se sabe: las chicas nuevas son volátiles. No apareció en la fila el primer día del año siguiente. Como una reincidente se habrá vuelto a su Buenos Aires, se habrá ido a un privado. Tal vez no podía resignarse a no ser ya más la nueva, pobre María Cristina. Lo cierto es que en séptimo volví al fondo con los muchachos.

Y fue en séptimo, ya todos grandes, dueños absolutos del patio (incluso si estaba feo afuera), que nos fue dada la madurez en su faceta más sutil. Mientras algunos insistíamos en vertiginosos “poliladron” —suerte para mí y para todos mis compas— otros empezaron a comprender los mecanismos más rudimentarios del amor. Allá en un rincón, donde las chicas jugaban a lo que juegan ellas, ahora se sumaban algunos pibes desgarbados, pero atentos, como cachorros siguiendo un rastro. ¿Por qué se rebajaba Gustavo, un as del poliladron, a saltar ridículamente la soga, a ser uno de los pilares humanos del satánico “elástico”? ¿Qué oscura cifra encerraban esos juegos de aplauso-palma-aplauso siguiendo una cadencia de rito?

No lo sabíamos entonces y nos burlábamos de esos tempranos incautos, con el tiempo ese juego te alcanza, simplificado en su perfección. Un día uno aprende a jugar al “sí, querida”, pero esa es otra historia.

Ese año terminó con un fixture (el primero de varios) arrojado con decepción al viento. Fue el día que la Argentina de Maradona y el Checho Batista después de vencer a los italianos en la puerta de Roma fue ajusticiada por su propia suerte en un no-penal alemán.

Pero oficialmente terminó unos meses después, en un acto multitudinario ya no en el salón de actos, en el gimnasio. Entre los acordes de música orquestada para las lágrimas, la directora se dio el lujo de citar a la señorita maestra televisiva Jacinta Pichimauida cuando se despidió de nosotros.

Blancas palomitas.

No fue enseguida (al menos no en la siguiente etapa ornitológica: la edad del pavo) que descubrí la razón de esas fanfarrias que creía exageradas. Recién ahora, que releo estos apuntes de niñez, encuentro que existe un mecanismo cruel. Hay un portal que se cruza hacia la secundaria y la vida. Sólo mis mejores amigos cruzaron conmigo aquel portal, como en esas películas en que los viajeros del tiempo tienen que tomarse de las manos para ir de un siglo al otro.

A los demás los busco en internet de vez en cuando (ya no podría reconocerlos por la calle) a ver hasta qué país los han arrojado las migraciones centrífugas de Bariloche. Ni siquiera a la escuela puedo encontrarla en Google, otra prueba de su resistencia al lugar común.

Pero existe todavía con su escalera centenaria, los chicles sin tiempo pegoteados bajo los pupitres de madera y caño.  Como existen esos viejos policías y ladrones que corrían conmigo por el patio en primavera. Los veo borrosos de este lado del portal, pero si me distraigo caigo en el encanto y por un momento pienso que mamá me va a retar si llego a casa con el guardapolvos así, un poco sucio, la martingala suelta, dos botones menos.

 

© Luis Cattenazzi

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