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William Sydney Porter (Greensboro, Carolina del Norte, 1862 — Nueva York, 1910), más conocido como O´Henry, es autor de la más bella y memorable historia de navidad jamás contada: “El regalo de los Reyes Magos”, o “Los regalos perfectos”, según el traductor que nos haya tocado en suerte (“The Gift of the Magi”, 1906). Los Reyes Magos son quienes inventaron el arte de hacer regalos de Navidad, por eso el título del cuento. Los presentes de los Reyes Magos fueron los más sabios, porque ellos mismos eran sabios: hicieron regalos perfectos al Niño Jesús. Acaso ningún otro cuento sea tan triste y bello a la vez. Acaso ningún otro consiga invitarnos con la misma intensidad a celebrar la dicha de la vida y del amor con lágrimas en los ojos. O´Henry nos cuenta que la casa de Delia y Jim es clasificada por la policía como “antro de mendigos”, y que no les falta razón. Nos enteramos rápidamente que, en esa vida de sollozos, resoplidos y privaciones, Jim y Delia, que se aman profundamente, se enorgullecen de dos cosas: del reloj de oro de Jim, que ha pertenecido a su padre y a su abuelo, y de la cabellera de Delia. De pronto, Delia se suelta el cabello y lo deja caer. Le llega debajo de las rodillas, es casi un vestido. Tiene razón en enorgullecerse.
“Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en peniques. Peniques ahorrados de a uno y de a dos gritándole al despensero y al verdulero y al carnicero, hasta que a una le hacía arder las mejillas la silenciosa imputación de avaricia que aquél ávido regateo implicaba. Delia contó tres veces el dinero. Un dólar con ochenta y siete centavos. Y el día siguiente era Navidad.”
Ella ha pasado muchas horas felices planeando algo bonito para él. Algo hermoso y raro y auténtico, “algo un poquito digno del honor de ser poseído por Jim”. Pero con un dólar y ochenta y siete centavos no es mucho lo que se puede hacer. Aunque se trate de escenarios grises, impregnados de ausencia, en las historias creadas por O´Henry suele haber un resquicio, una grieta por la que consigue colarse el optimismo de la vida.
La vida es un misterio. Todo acto de creación es siempre misterioso.
Coleridge, que creía en musas e invocaciones, cuenta que soñó su poema “Kubla Khan”. Alguien tuvo la mala idea de despertarlo abruptamente, y ya no hubo forma de recuperar en la vigilia aquella parte de la historia que no le había sido revelada durante el sueño. Aquel poema apareció —inconcluso— en las Lyrical Ballads que Wordsworth publicó en 1798. Fecha oficial —si es que existe tal cosa— en que nació el romanticismo. Muy lejos de esta concepción del arte, Poe declaró en 1850, en su célebre Método de composición, que sus textos eran el resultado de la misma exactitud y de la lógica rigurosa de un problema matemático. Vlady Kociancich confesó que escribe cuentos para justificar una primera oración. Escribir es entender esa primera oración que se ha alzado solitaria cuando aún no hay una historia que contar. Así, los comienzos nunca son tibios, jamás necesitan más espacio y más palabras para acomodarse. La fiesta es inmediata, el lector es tomado prisionero sin demoras. Podemos correr las páginas de cualquiera de sus libros de cuentos y sorprendernos con comienzos como “La única mujer que Kaplan había odiado en su vida entró en La Biela, eligió una mesa, pidió un cortado, abrió un libro, empezó a leer. Y Kaplan no la reconoció”. No menos misteriosa es la creación para O´Henry, sin extraños azares que puedan confundirse con elusivas musas, sin excesivos rigores de concentración y minuciosidad, sin primeras oraciones misteriosas. O´Henry asumió el desafío de escribir un cuento por semana para "New York World" entre 1903 y 1906, publicando además cuentos en otras revistas. El resultado no es difícil de imaginar: más de seiscientos cuentos y mucho apremio y desesperación de última hora… propia y del editor. Cuenta la leyenda que en una ocasión el editor de “New York World”, desesperado por el retraso, envió al ilustrador a casa de O´Henry para que le contase el argumento del cuento que estaba escribiendo para poder comenzar el dibujo que debía acompañarlo. O´Henry estaba borracho —era frecuente encontrar a O´Henry borracho— y no había escrito una sola línea. Para salir del paso, improvisó el tema de la ilustración: un joven matrimonio en una habitación modesta, sentados uno junto al otro en la cama, se contemplan con embeleso. Hablan sobre la Navidad, él sostiene entre sus manos un reloj de bolsillo y ella tiene unos largos y hermosos cabellos. A partir de esos datos, en apenas tres horas O´ Henry escribió —debió escribir—la historia de Jim y Delia.
Delia ha ahorrado todo lo posible durante meses para comprarle a Jim un regalo de Navidad, y el resultado es un dólar y ochenta y siete centavos. El letrero dice: “Madame Sofronie. Cabellos de Todas Clases”. Y Delia pregunta: “¿Quiere comprarme el cabello?”. Se saca el sombrero y deja caer la cascada de cabellos castaños. “Veinte dólares”, le responden. Y unos minutos después su cabeza queda cubierta de diminutos y apretados rizos. Ruega: “Dios mío, hazle creer a Jim que aún soy linda”. Y vuelve a casa con una hermosa cadena de reloj de platino. Hermosa y sencilla. Aunque el reloj de Jim es magnífico, suele mirarlo a hurtadillas a causa de la vieja correa de cuero que usa a modo de cadena. Jim llega a casa y se le queda mirando. Delia no consigue descifrar su expresión, y se aterroriza. “Feliz Navidad, Jim. ¡No imaginas el hermoso regalo que te he comprado!” Jim pregunta por su cabello, como si no consiguiera escuchar las palabras de su mujer. Delia le cuenta que se lo ha hecho cortar, que lo ha vendido. “Lo he vendido por ti”, dice. Jim la abraza: “No te formes una idea equivocada de mí”, le pide. “No existe un corte de cabello capaz de hacer que te quiera menos, pero si abres ese paquete comprenderás mi desconcierto”. Saca un paquete del bolsillo de su sobretodo y lo arroja a la mesa. Delia arranca el bramante y el papel: ve las peinetas, el juego de peinetas que varias veces contemplara con adoración en un escaparate de Broadway. Unas hermosas peinetas de legítimo carey, de bordes adornados con piedras preciosas. Su corazón las había ansiado sin la menor esperanza de poseerlas. Delia las oprime contra su pecho y mira a Jim con los ojos empañados y sonrientes, acaso suplicantes. Jim no ha visto aún su regalo, ella se lo tiende sobre la palma de la mano abierta. “¿Verdad que es hermosa la cadena, Jim?”, le dice ella, todavía llorando. “Ahora tendrás que mirar la hora cien veces por día”. Con la vista al piso, Jim dice: “Delia, dejemos por el momento nuestros regalos de Navidad y guardémoslos. Son demasiado hermosos para usarlos ahora. Vendí el reloj para conseguir el dinero necesario para comprar tus peinetas. “ |
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© Revista Axolotl, Número 17 |