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Saki, contador de cuentos |
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Nació en 1870 en Birmania (hoy Myanmar), antigua colonia británica, con el nombre Hector Hugh Munro, pero pronto cambiaría su firma por “Saki”, un personaje de las Rubáiyát, del persa Omar Khayyam. Graham Greene lo nombró “el mayor humorista inglés del siglo XX”. Borges fue más lejos: lo comparó con Oscar Wilde. En el volumen n° 28 de su célebre colección La biblioteca de Babel, que recopiló doce de sus cuentos —pequeñas obras maestras—, lo presenta de este modo: “Saki da un tono de trivialidad a relatos cuya íntima trama es amarga y cruel. Esa delicadeza, esa levedad, esa ausencia de énfasis puede recordar las deliciosas comedias de Wilde”.
Mucho antes de escribir cuentos, Saki ya era un agudo crítico de su
tiempo. Practicó la sátira social desde el Westminster Gazette
Pero lo mejor vendría después, con seis libros de cuentos: Reginald (1904), Reginald en Rusia (1910), Las crónicas de Clovis (1911), Animales y más que animales (1914) y, publicados póstumamente, Juguetes para la paz (1919) y La cuadratura del huevo (1924). Los cuentos son crueles, implacables, incluso macabros, pero terriblemente irónicos, de aquellas que obligan a sonreír de un modo amargo. Como los del irlandés, sus cuentos no han envejecido. Saki nos ha regalado historias que nunca dejarán de leerse.
Tres niños pequeños viajan en tren con una tía aburrida. Cerca de ellos se sienta un hombre soltero, de gesto adusto, reconcentrado. Los comentarios de la tía empiezan por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». Esta tía no es diferente a la mayoría de las tías de los cuentos de Saki: todas son aburridas. O mucho peor. Hay algunas que son opresivas, arbitrarias, despiadadas. Y no podía ser de otra manera: la niñez de Saki fue desamparo, lo criaron Augusta y Carlota, dos tías detestables. En el cuento, la tía desea calmar a los niños, que se muestran inquietos, y les promete contarles una historia. Ellos no demuestran ningún entusiasmo, se le acercan con apatía. Su reputación como cuentista es mala, y con toda justicia: la tía cuenta la historia de una niña buena, que se hace amiga de todos a causa de su bondad. Al final, la niña buena es salvada de un toro embravecido por rescatadores que admiran su carácter moral. "No parece que tenga éxito como contadora de historias", la acusa el soltero desde su esquina. Ella se defiende de manera pobre: "Es difícil contar historias que lo niños puedan entender y apreciar". Entonces el soltero toma el desafío y comienza él una historia. También se trata de una niña buena. "Horriblemente buena", dice. Era tan, tan buena que es premiada con tres medallas: una por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Son medallas grandes, de metal. Ningún otro niño de la ciudad tiene medallas como esas. El príncipe se enteró y decidió permitirle pasear por su parque, que nunca había sido visitado por niños. El parque es muy bonito, con estanques de peces dorados, azules y verdes; árboles con loros que dicen cosas inteligentes; colibríes que cantan hermosas melodías; y cerditos, cerditos que corren por todas partes. No se podía estar más a gusto que allí. El soltero les cuenta a los niños que en el parque no había flores porque los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, y el príncipe había decidido tener cerdos. Murmullos de aprobación entre lo niños. ¡Qué inteligente que es el príncipe! Un día, mientras la niña buena juega en el jardín, entra un lobo enorme, anhelando comer algún cerdito. La niña lo ve y se arrepiente de haber ido al parque. Desea no haber sido tan buena. “Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena, ahora estaría segura en la ciudad”, piensa. Es tarde para arrepentirse: el lobo la devora hasta el último bocado. Quienes nos hemos criado con los verdaderos Hermanos Grimm, con Hans Christian Andersen, con Perrault, nos resulta imposible no sentirnos satisfechos y agradecidos. Recordamos de inmediato al flautista que regresa a Hamelin, uno de los tantos cuentos inolvidables de Jakob y Wilhelm Grimm. Con su música, el flautista ha liberado al pueblo de ratas y ratones, pero a pesar de la recompensa prometida se le ha dicho que no se le pagará. Comienza a tocar la flauta una vez más, pero ahora son los niños —todos los niños, 130— quienes lo siguen. El flautista los conduce hacia un monte, y desaparece con ellos para siempre. Esos niños —todos niños buenos— no vuelven jamás. Lamento desilusionar a quienes sólo conocen la versión que repiten los padres, pero es bueno que lo sepan de una vez por todas: les han contado la historia sin las partes que valen la pena. En una de las tantas reescrituras y repeticiones de este cuento —la más conocida hoy—, el pueblo se arrepiente y decide pagarle al flautista lo convenido. Los niños regresan sanos y salvos de inmediato. Ese es el final feliz que corresponde a toda fábula edificante, se defenderán aquellos que no saben contar cuentos, y que sin embargo abren bien grande la boca para mentirnos. Caperucita Roja, en la versión de Perrault, no es rescatada por ningún leñador. Nadie la saca de la panza del lobo. Caperucita dice: “Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!”. “¡Para comerte mejor!”, contesta el lobo… y se la come. Punto final. No hay rescates de último momento que echen a perder la belleza —y la ironía— de la tragedia. Del mismo modo que los clásicos cuentistas infantiles, Saki se permite burlarse de la bondad sin ningún miramiento. Cuando la niña buena de su cuento ve al lobo en el jardín del príncipe, se esconde entre unos mirtos. El olor de los matorrales es tan fuerte que el lobo no consigue olfatear dónde está su presa. Decide darse por vencido, ir a buscar cerditos. Pero entonces escucha un sonido: es la medalla de obediencia que choca una y otra vez contra las de buena conducta y puntualidad. La niña está tan aterrada que tiembla… y se delata. El lobo se lanza sobre ella. En sus historias nunca encontraremos rastros de los “objetivos didácticos” de la moral victoriana que nos decepcionen.
En “Sredni Vashtar”, uno de sus cuentos más conocidos, la tutora de Conradin, un niño de diez años, muere violentamente. Conradin odia a La Mujer “con una sinceridad desesperada”, y reza para ser liberado. Mientras Sredni Vashatar —su divinidad personal, un hurón— la mata, él se prepara tostadas con manteca. En “La reticencia de Lady Anne”, Egbert siente la humillación del silencio de su mujer. Ensaya torpes pedidos de disculpas, vanas confesiones de faltas que no cometió, y Lady Anne sigue sin dirigirle la palabra. La verdad oculta es atroz, y la descubrimos en la última oración. La ironía alcanza con Saki uno de los puntos máximos en la historia de la literatura. Nunca veremos absurdos consuelos de última hora. En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial, Saki se alista como voluntario en el ejército. Tenía apenas cuarenta y cuatro años. Poco tiempo después rechaza un ascenso que lo alejaba del frente. Se prepara la última página de su vida, el criterio estético es el mismo que guió todos sus cuentos. Es 1916. La noche ha caído en Beaumont-Hamel, Francia. Saki está escondido en una trinchera, con el 22º Batallón de los Fusileros Reales. Poco antes de que un francotirador lo mate, se le escucha gritar: “¡Apaguen ese maldito cigarrillo!” Los pequeños del tren acaban de escuchar cómo el lobo se comió a la niña buena, y le preguntan al cuentista: “¿Mató a alguno de los cerditos?”. “No, todos escaparon”, los alivia el soltero. “La historia empezó mal —dice una de las niñas— pero ha tenido un final bonito”. |
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© Revista Axolotl, Número 14 |