El arte vive de la fe

 

El pintor de batallas, de Arturo Pérez-Reverte

La embarcación aparta en estelas blancas el Mediterráneo mientras atraviesa la cala de Arráez. Una guía local, una voz suave, cadenciosa y puntual, explica a los tripulantes: “En esa torre vigía, abandonada durante mucho tiempo, vive un conocido pintor que decora su interior con un gran mural. Lamentablemente, se trata de una propiedad privada donde no se admiten visitas.”

Aquel lamento —a veces en español, otras veces en inglés, italiano o alemán; siempre a la una de la tarde— no rige para nosotros: Pérez-Reverte nos permite colarnos en la torre, contemplar aquel mural y a su ejecutante, Andrés Faulques.

Faulques no siempre ha sido pintor. El dibujo y los pinceles aparecieron hace muy poco, a vuelta de página, tras una vida registrando batallas con el lente de una cámara fotográfica.

Tres décadas de fotografía bélica —Chipre, Vietnam, el Líbano, Bosnia y Sarajevo, Iraq, los Balcanes, incluso Malvinas— han quedado atrás. Ya sin sus cámaras, Faulques se empeña ahora en la búsqueda de la imagen definitiva, aquella que aún no consiguió, aquella que se debe: la regla oculta que ordena la implacable geometría del caos. La pintura de batallas.

El camino a la torre, su lugar de trabajo, es largo, cuesta arriba. Se puede subir en auto sólo hasta la mitad del camino. El resto a pie, por el sendero que serpentea desde el puente. Estas incomodidades no amedrentan al croata Ivo Markovic, un combatiente de una guerra del pasado que vuelve a cobrarse una deuda.

Los recuerdos fluyen con el primer vaso de coñac:

Una fotografía en Vukovar, en la antigua Yugoslavia, poco antes de la caída croata ante la artillería serbia; “el héroe” en la portada de Newszoom; la herida que lo fuerza a desmovilizarse y lo sube a un autobús camino a Zagreb, para reponerse; luego la revista que llega a las manos equivocadas, el serbio que reconoce a Markovic. “¡Él es el maldito!” —grita—, “El Héroe de Vukovar”;  luego las torturas, las vejaciones.

“¿Por qué me busca?”, pregunta el pintor de batallas.

El rumor de las cigarras afuera, entre los matorrales.

Y la respuesta:

“Porque voy a matarlo”.

 

A la manera de una infinita pinacoteca que cubre el mundo entero, con pinturas de Durero, el Bosco y Paolo Uccello, Pérez-Reverte nos lleva a recorrer interminables salones atestados de pinturas de guerra.

El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel, "el Viejo", 1562 (Madrid, Museo del Prado).

El triunfo de la muerte, de Brueghel, que no deja espacio para la esperanza, es uno de los ejemplos que le sirven para mostrarnos el horror. Pérez-Reverte confesó alguna vez que ese era uno de los grabados que tenía su abuelo en la biblioteca de su casa. "Me impresionaba el paisaje desolado del primer plano, pero con el tiempo empecé a fijarme en el fondo del cuadro, en los incendios, la torre junto a la playa, y descubrí que allí se encontraba la clave del horror". Y aseguró: "Mi vida ha sido un viaje por ese cuadro”. Del mismo modo que Faulques, Pérez-Reverte ha sido corresponsal de guerra. Fueron veintiún años, de 1973 a 1994. Una vez más, los trazos de la ficción se confunden con la realidad en un laberinto sutil. Schopenhauer decía que las formas que vemos en las nubes ya están en nuestra cabeza antes de aparecer en el cielo. Saludando de lejos al filósofo alemán, Pérez-Reverte escribe en su novela que la pintura, como la fotografía, el amor o la conversación, son semejantes a esas habitaciones de hoteles bombardeados, con los cristales rotos y despojadas de todo, que sólo pueden amueblarse con lo que uno saca de su mochila.

Con la sucesión de páginas, a medida que aparecen nuevos trazos en el gigantesco mural que Faulques construye en la torre, crece el horror, la minuciosidad del extermino, el sadismo de la guerra y de la condición humana.

Se hace difícil seguir leyendo. “El arte vive de la fe”, le explica Faulques a Markovic. Aparece entonces Goya, el sitio a Borovo-nadje, de nuevo Brueghel. La incomodidad se transforma en una pesadumbre física. La guerra vista en vivo y en directo desde nuestro sillón, a la luz mortecina de un pequeño velador que nos alumbra con indolencia.

Con el tenebroso crescendo, la fantasía imaginada en el lejano capítulo uno se vuelve una certeza: conviene tener cuidado al dar vuelta las páginas, conviene medir nuestra necesidad de respuestas, conviene tener cautela al pararnos delante del mural que retrata “el orden oculto en el desorden”, “la simetría que rige al azar”. Intuimos: hemos sido víctimas de un tóxico que impregna cada margen. Como en aquel libro inmemorial imaginado por Umberto Eco en su Abadía del Crimen. Existe un libro inmemorial —nos cuenta Eco—, oculto a los ojos de los impiadosos por un perverso bibliotecario ciego. En la parte superior del margen lateral, los folios están pegados unos con otros como sucede cuando se deteriora la materia con la que están hechos, convirtiéndolos en una cola viscosa. Pero se trata de veneno. Si queremos terminar de leer aquel volumen —comprendemos— no existe más alternativa que humedecernos los dedos con la lengua.

Como toda buena novela, “El pintor de batallas” (Alfaguara, 2006) nos transforma en otro. Quien cierra el libro, quien se asoma al último punto, no es la misma persona que inició la lectura.

El arte es un acto de fe.

También la lectura. 

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© Revista Axolotl, Número 13