Regreso a Narnia

 

En La experiencia de leer (An Experiment in Criticism, 1961), C. S. Lewis afirma que la mayoría de la gente nunca lee algo dos veces. Nunca regresa a un mismo libro. Una vez que alcanzan la certeza de que ya han leído lo que tienen en sus manos —aun cuando el recuerdo sea tan vago que requiera hojear el libro durante media hora para poder estar seguros— lo descartan de inmediato. “Para ellos, la novela estaba muerta como un fósforo quemado, un billete de tren utilizado o el periódico del día anterior. Ya la habían usado, eso era todo.

Aquella no es la lectura de quienes leen para ser hombres más plenos.

Más que mucho, se debe leer muchas veces lo mismo, enseñó Plinio. Es más importante releer que leer. Aunque claro: para releer es necesario haber leído, de la misma manera que para regresar a alguna parte es necesario haber estado antes allí.

El vertiginoso mundo moderno condena los regresos. No hay tiempo suficiente para intentar placeres conocidos.

El niño que disfrutaba de largas horas de juego e invención se ha transformado en un adolescente, y aquel adolescente en una persona adulta, con responsabilidades, cargas y poco tiempo para perder.

Narnia es un placer conocido, un mundo mitológico varias veces soñado. Nuestra infancia está poblada con el color de las criaturas de Narnia.

Ninfas que viven en los pozos y dríades que habitan en los árboles. Castores amigables y centauros y caballos con alas. Faunos con aspecto de hombre de la cintura hacia arriba, pero con piernas cubiertas de pelo negro y brillante, como las de una cabra. Y en lugar de pies, pezuñas. Y cola.

Pero a pesar de la fantasía, la Narnia de El león, la bruja y el armario (The lion, the witch and the wardrobe, 1950) no es aún un lugar del todo agradable, como llegará a serlo alguna vez: la Bruja Blanca la tiene ahora bajo su dominio. Promete que siempre será invierno, siempre invierno y nunca navidad.

El encuentro de Tumnus y Lucy en la versión de Disney del año 2005 de The Lion, the Witch and the Wardrobe.

—Permite que me presente —dice el fauno a la pequeña Lucy, que metiéndose  en un armario, atravesando varias hileras de abrigos colgados, acaba de llegar a Narnia—. Me llamo Tumnus.

Mientras en una mano sostiene un paraguas, blanco por la nieve, en la otra lleva varios paquetes envueltos con papel marrón.

El fauno confiesa que jamás había visto a una Hija de Eva en Narnia, y la invita a cenar a su casa, a salvo del invierno.

Ya en la casa de Tumnus, esperando que esté lista la cena, Lucy descubre en una pared una estantería llena de libros. Toma uno de ellos, al azar. Se titula:

¿Es el ser humano un mito?

 

La Bruja Blanca en la adaptación de la BBC, de 1988.

Es nuestra primera lectura y hemos corrido ya varias páginas de la novela de Lewis.

Tras un sinfín de aventuras, derrotada la Bruja Blanca, convertida Narnia en un auténtico paraíso, Lucy y sus tres hermanos —devenidos reyes— ya están una vez más en su hogar, la vieja mansión con infinidad de habitaciones y misterios.

El anciano profesor que los cuida, conocedor de los secretos de la niñez, les explica:

 

No podréis entrar de nuevo en Narnia por “esa” vía. ¿Cómo? ¿Qué habéis dicho? Sí, claro que regresaréis a Narnia algún día. Quién ha sido rey en Narnia, siempre será rey allí. Pero no intentéis usar la misma ruta dos veces. En realidad, no intentéis ir allí por ningún medio. Sucederá cuando menos lo esperéis. Y no habléis demasiado sobre ello, ni siquiera entre vosotros. Y no se lo mencionéis a nadie más, a no ser que descubráis que han corrido aventuras de la misma clase también ellos.

 

Ese viejo armario con varias hileras de abrigos de piel ya no conducirá a Narnia. Lucy, Peter, Susan y Edmund encontrarán otro camino a Narnia, es cierto. El Profesor se los ha asegurado. Pero ni el camino será el mismo, ni Narnia será la que ellos recuerden. No es posible regresar a aquella Narnia del mismo modo que no es posible regresar a ninguna parte.

Se nos ha enseñado con insistencia que nadie nunca ha regresado jamás.

La gente mayor rechaza repetir viajes de su niñez. Así, las personas ilusionadas se han convertido en cínicas; los esperanzados, en pesimistas.

Yo estoy a salvo de ese desencanto. Yo leo los libros más de una vez. Más de dos, más de tres.

A despecho de éste y de cualquier tiempo, yo soy de aquellos que intentan su propio regreso inútil e imperfecto a Narnia.

Pero todo viajero está condenado a una revelación dolorosa:

No sólo Narnia ha cambiado, también ha cambiado quien viaja de regreso.

Como esa Tierra de faunos, leones y Brujas Blancas que ya no es la misma cuando los cuatro hermanos regresan a visitarla, del mismo modo cambia para nosotros la historia que hemos sabido leer, vivir en otro tiempo.

Entonces debo preguntarme: ¿qué nuevas miradas —bien diferentes de esta de hoy— me sugerirá una nueva lectura de los errores de Edmund, el sacrificio de Aslan, la derrota del invierno? ¿Seguiré creyendo que la idea de Narnia no es otra que aquella que sentencia que no hay regreso posible?

 

Comienzo una vez más mi viaje, nuevo y repetido.

“Había una vez cuatro niños que se llamaban Peter, Susan, Edmund y Lucy, y esta historia cuenta algo que les sucedió cuando los enviaron lejos de Londres…”

miguelsardegna@revistaaxolotl.com.ar

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