El arte y la desdicha

Es una lástima: esta mañana gris —todas las mañanas que toca escribir son grises— me hubiera gustado documentar mi propia incredulidad, como pedía el suicida Kirillov en Demonios, de Dostoievski. Del mismo modo que supo Kafka: “es una irresponsabilidad viajar sin tomar notas, hasta vivir sin tomar notas”.

Pero debo escribir sobre Borges, se cumplieron veinte años de su muerte. Y, francamente, ¿cuánto pueden importar mis horas grises a la sombra de los clásicos?

“Me han dado todo, me han dado la desdicha esta tarde, y sin embargo eso no me convierte en un gran poeta”, dijo Borges alguna vez, alguna tarde de tantas.

No hay dudas: para poder crear, un escritor necesita de lo cotidiano, de lo accidental, de los sinsabores de cada día. De la desdicha. ¿Qué habría sido de Kafka sin su trabajo, aburrido y alienante, en una compañía de seguros? ¿Qué de Mishima?

El poeta elabora su obra con todos los elementos que le propone la vida. Así, el poeta no pierde el tiempo en un trabajo inútil, sino que necesita desesperadamente esa “inutilidad” que lo constituye. Sus poemas se alimentan de todas y cada una de las presiones que debe soportar. Mañanas grises —todas las mañanas de oficina son grises—, plagadas de ocupaciones vacías. Un empleado público resolviendo expedientes repetidos, de causas ajenas y triviales.

Borges siempre lo entendió así y numerosas veces dijo que era su obligación agradecer la ceguera.

En “Mateo XXV, 30” (El otro, el mismo, 1964) Borges describe con minuciosidad los dones que se le han prodigado una tarde que, apesadumbrado, sale a caminar y llega a la terminal de Constitución. “Un fragor de trenes que tejían laberintos de hierro”. Borges sabe que recibió la ceguera y muchas otras desdichas, pero sabe también que gracias a esas desdichas puede apreciar atareados espejos que multiplican; declives de la música, la más dócil de las formas del tiempo; álgebra y fuego; días más populosos que Balzac; el olor de la madreselva; amor y víspera de amor y recuerdos intolerables. Entonces, una voz infinita desde el centro de su ser le dice: “En vano te hemos prodigado el océano, en vano el sol, que vieron los maravillados ojos de Whitman. Has gastado los años y te han gastado, y todavía no has escrito el poema”.

En este poema que le sirve para acusarse, Borges cita el Evangelio según San Mateo, capítulo XXV, 14-30, la parábola de los talentos.

Ante la inminencia de un viaje cuenta el Evangelio, un hombre llama a sus siervos y les confía sus bienes, según la capacidad de cada cual. A uno le da cinco talentos, dos al segundo, y solo uno al tercero.

El que había recibido cinco talentos fue a negociar con ellos y ganó otros cinco; el que recibió dos, ganó dos más, y el que recibió solo uno, hizo un pozo y lo enterró, por miedo a perderlo.

Después de un tiempo, llega el señor y arregla las cuentas con sus sirvientes. A los dos primeros les promete que les encargará mucho más, puesto que han respondido fielmente.

Pero ordena que de inmediato le quiten al tercero el único talento que poseía, por “malo y perezoso”. Mateo XXV, 30 sentencia:

“A ese siervo inútil arrojadlo a las tinieblas exteriores. Allí habrá llanto y crujir de dientes”.

Ante tantos que no reciben nada, ese siervo que no ha sabido qué hacer con el talento confiado merece la peor de las condenas. No es excusa el miedo, mucho menos la vacilación o la vagancia.

Borges se sabe poseedor de los males —y favores— necesarios para escribir el poema, y sin embargo siente que han sido vanos, que no ha conseguido más que borradores.

Pero nunca debemos olvidar que a Borges hay que leerlo a beneficio de inventario, atentos a sus trampas retóricas, temiendo sus finas ironías que pueden hacernos pasar por incautos. Así, mejor leer entre líneas a “Funes el memorioso”.

Borges cuenta la historia de un compadrito de Fray Bentos que vive postrado en un catre. Un incidente dejó a Ireneo Funes tullido sin esperanza, pero a él no le importa: siente que la inmovilidad es un precio mínimo. Antes miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo. Ahora, el presente le resulta intolerable de tan rico y tan nítido. Y Borges apunta: “Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado”.

Quizá, después de todo, no sea una actitud correcta vanagloriame de mis horas grises a la hora de escribir. La peor de las afectaciones es la de los románticos.

Releo lo escrito y me viene a la memoria un poema hermoso de Borges, “Nostalgia del presente” (La cifra, 1981), que sería injusto no incluir aquí.

 

En aquel preciso momento el hombre se dijo:

Qué no daría yo por la dicha

de estar a tu lado en Islandia

bajo el gran día inmóvil

y de compartir el aroma

como se comparte la música

o el sabor de una fruta.

En aquel preciso momento

el hombre estaba junto a ella en Islandia.

 

Y al final siento que otras desventuras me han distraído de las mías. Las mañanas grises de Kafka, las tardes de Mishima, Borges y los libros y la noche. Pero sospecho que aquí, igual que el amante que prefigura Islandia, no he hecho más que anhelar algo que ya poseo: mi propio, único e irrepetible presente.

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