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Paciente laberinto de líneasHistorias en la palma de la mano,por Yasunari Kawabata |
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Kawabata confesó alguna vez que la esencia de su arte estaba expresada no en Lo bello y lo triste o La casa de las bellas durmientes, no en Mil grullas o País de nieve o Diario de mi decimosexto aniversario, sino en aquellos 146 relatos breves escritos a lo largo de toda su vida, aquellos que comenzó a delinear por primera vez en 1923, con veinticuatro años de edad, y que volvería una y otra vez. Pequeños textos que “caben en el hueco de la mano” (Tenohira no shósetsu), según él mismo los bautizó. “En ellos vive el espíritu poético de mi juventud”, decía, y la última de aquellas historias la escribió en 1972, apenas tres meses antes de su suicidio. Acaso como ninguna otra de las tantas obras de Yasunari Kawabata, Historias en la palma de la mano consigue dibujar un cielo único que se ha vuelto una sombra profunda, como la superficie de una pieza de porcelana celadón; pasillos de hotel tan calmos como un espejo en el que se reflejan las desteñidas y ligeras nubes de otoño; las aguas del río Kamo destellando a la distancia, agitadas con la brisa de mayo; el color de una fuente de agua estancada, en un viejo jardín, a la luz de la luna. Acaso como ninguna otra de las tantas obras de Kawabata, Historias en la palma de la mano consigue dibujar de manera precisa y meticulosa la cara de su propio creador, a la manera de la revelación de Borges: “Un hombre —escribió Borges— se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con las imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos, de personas… Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas, traza la imagen de su cara”. Evocación, ausencia, sugestión. Ninguno de estos sutiles trazos de Kawabata superan las cinco páginas. No se trata de cuentos —Kawabata sabe bien qué es un cuento: Primera nieve en el Monte Fuji (1959) lo atestigua con algunos de los más delicados y bellos ejemplos jamás escritos—, sino apenas de escenas, en algunos casos apuntes, ensoñaciones, imágenes, pinceladas. Pero el peligro —el peligro de siempre— está presente en todo su esplendor. El peso de la culpa es retratado en “Suicidio por amor”, con las cartas que un hombre le envía a la mujer que ha abandonado hace ya dos años. “No permitas que la niña rebote la pelota de goma. El ruido llega hasta aquí. Y me afecta el corazón”, le escribe. Inmediatamente, ella le quita la pelota de goma a su hija de nueve años. “No mandes a la niña con zapatos a la escuela —le escribe ahora—. El ruido llega hasta aquí y pisotea mi corazón”. Y luego: “No dejes que la niña coma en un tazón de porcelana. El ruido llega hasta aquí. Y mi corazón se quiebra.” Y más tarde: “No hagas el menor ruido. No abras o cierres puertas ni deslices las puertas de papel. No respires. Ambas ni siquiera deben permitir que los relojes en la casa hagan tictac”. En lugar de zapatos, la mujer calza a su hija con sandalias de fieltro, también le quita su tazón y comienza a darle de comer en la boca con sus propios palitos, como si tuviera tres años. Y se prepara para un acto último de amor, acaso el único verdadero. No hay dudas: la escritura de Kawabata, sutil y evanescente, está llena de peligros. “Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo”, sentenció Oscar Wilde. Y luego advirtió: “Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo”. La aparente sencillez de algunas páginas de Kawabata, despojadas de todo lirismo altisonante, esconden una secreta complejidad. Se cierra el libro hasta recuperar la paz necesaria que posibilite seguir leyendo, siempre con la certeza de que hay piezas cruciales de la historia que aún no acaban por acomodarse de manera perfecta. Sabemos que ha sido vano nuestro intento por asomarnos de manera completa a aquello que se esconde bajo la superficie, pero la sensación de incomodidad es gozosa. Ya el intento justifica la aventura. En “Zapatos de verano” se percibe la tragedia de una niña que prefiere correr descalza por varios kilómetros a un carruaje, desgarrándose los pies, en lugar de viajar cómoda dentro. “Canarios” es la historia de una despedida y de lo que viene después, con el paso del tiempo. Una amante le pide al hombre del que se separa que la recuerde a través de unos pájaros, que le regala. “Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo —concede—, pero nuestra memoria —continúa diciendo— también está viva”. En “El hombre que no sonreía”, de un marcado tinte autobiográfico, el narrador, que observa cómo se filma una película y que asegura “yo era tan sólo el autor, así que me limitaba a observar el proceso de filmación como un testigo casual”, concluye, alarmado, “El arte no es algo bueno”. La edición de Emecé (diciembre de 2005) privilegió una selección de 70 textos, amenazando con relegar una cantidad parecida al olvido, esa otra forma de la muerte. Es imposible no temer que el dibujo último que contemplamos una vez que cerramos Historias en la palma de la mano haya sido sutilmente alterado por las ausencias. En la obra narrativa de Kawabata las ausencias, lo sugerido, siempre es más poderoso que aquello pronunciado a viva voz. Acaso, entonces, las lagunas de este volumen obedezcan a una trama secreta e inevitable: la lectura de Kawabata es fragmentaria por definición. Saber resignarnos a una lectura incompleta es haber aprendido a gozar del erotismo y la sensualidad del primer Premio Nobel japonés. El volumen omite consignar, además, quién llevó adelante aquella tarea de elección y descarte de historias. Sí se establece que el prólogo y la traducción son responsabilidad de Amalia Sato, una especialista en literatura japonesa y una traductora exquisita, pero nuevamente se impone una salvedad: la traducción no es directa del japonés sino del inglés. Meses después de la aparición de este volumen, Emecé editó La bailarina de Izu (marzo de 2006) con nuevas piezas, más pistas para completar nuestro rompecabezas. A pesar de que no se nos advierte de ello en la portada, el volumen incluye 19 historias en la palma de la mano. Pero lejos de atenuar la sensación de incompletitud, la exagera, la revitaliza. Marta Martoccia, la nueva traductora y prologuista, nos cuenta de aquellas historias: “representan casi todas las historias en la palma de la mano que no habían sido traducidas y que Kawabata escribió antes de 1930”. Un “casi” incómodo, un recorte que no se explica, una nueva deuda. ¿Cómo no desear seguir leyendo a Kawabata a partir de esas otras ausencias, las que él no previó? ¿Cómo no desear asomarnos a las historias restantes? A beneficio de inventario, mientras tanto, podemos pensar que nuestro mapa personal, integrado por retazos de lo no dicho, ya es elocuente. |
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© Revista Axolotl, Número 10 |