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Sobre máscaras y secretos:Dumas y Auguste Maquet. |
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Casi todas las novelas de Dumas aparecieron por entregas, bajo la forma del folletín. Su firma multiplicaba tiradas de periódicos y enriquecía editores, que le pedían más y más historias. La producción de Dumas crecía sin control, multiplicándose por los periódicos de la época. Nadie lo ha leído entero. Ni siquiera él mismo. Cuentan que uno de aquellos días de éxito y derroche —Dumas ganaba grandes cantidades de dinero que dilapidaba sin miramientos— tropieza por las calles de París con su hijo (también llamado Alejandro Dumas, también escritor), y le pregunta, dándose importancia: “¿Ya has leído mi última novela?”. El hijo responde: “Sí, la he leído. ¿Y tú? ¿La has leído ya?”. Incluso entre sus contemporáneos era bien sabido que no todo lo que llevaba la firma “Alejandro Dumas” era obra de su pluma. Las constantes demandas editoriales —sumadas a su propia ambición— lo habían empujado a contratar colaboradores que le ayudaban con la redacción de sus libros. Con el tiempo, llegó a jactarse de tener tantos colaboradores como generales tenía Napoleón. Y era bien cierto.
La cantidad de páginas firmadas por Dumas varía según las fuentes consultadas. Su biografía tiene una particularidad que la hace única en la historia de la literatura: no puede dar respuesta a cuántas historias ha creado. Los catálogos que se elaboran son siempre tentativos, nunca absolutos. El margen de error es demasiado alto y se mide en novelas. Así, se dice que escribió alrededor de 200 novelas, aproximadamente 66 piezas de teatro, unos 34 volúmenes de impresiones de viajes y varios de memorias. Una de las ediciones de sus obras completas, a cargo de Michel Lévy, consta de 301 tomos. Aun hoy el catálogo de sus obras continúa escribiéndose. En marzo del año 2005, 135 años después de su muerte, el periódico Le Figaro informó que Dumas publicaba una nueva novela. Un investigador francés halló en la Biblioteca Nacional de Francia una novela inacabada de casi 900 páginas: El Caballero de Santa Herminia, publicada por entregas en el periódico Le Moniteur Universal en 1869, y luego olvidada.
El más destacado de los setenta y tres colaboradores que hoy se le conocen fue Auguste Maquet. Los tiempos de mayor gloria de Dumas coinciden con los años que compartió con Maquet: 1841 a 1851. De las tantas, de las infinitas novelas que Dumas escribió, sólo aquellas que son verdaderamente inmortales fueron escritas en aquellos diez años de amistad: entre marzo y julio de 1844 apareció por entregas, en el periódico Le Siècle, Los tres mosqueteros; en 1845 se publicó su segunda parte, Veinte años después; y entre 1848 y 1850 la tercera, El Vizconde de Braguelonne, generalmente reeditado en tres volúmenes (El Vizconde de Braguelonne, Luisa de la Valliére y El Hombre de la Máscara de Hierro). El Conde de Montecristo también nació por entregas, ahora en el Journal des Débats, entre agosto de 1844 y enero de 1846. ¿Cómo saber si fue idea de Dumas o de Maquet ese lujo tan raro de ser “honestamente deshonesto”, como dice Eco, al titular su novela Los tres mosqueteros y contarnos la historia del cuarto? ¿Cómo saber quién soñó ese providencial reemplazo de rey, a favor del hombre de la máscara de hierro y de toda Francia? Arturo Pérez-Reverte juega con estos datos en su novela El club Dumas (Alfaguara, 1993). Lucas Corso, cazador de libros por cuenta ajena, se presenta en casa de Boris Balkan, un especialista en novela popular del siglo XIX, autor de varios libros sobre Dumas, con el objeto de investigar si es auténtico un manuscrito del que nadie ha oído hablar antes: “El vino de Anjou”, el capítulo cuarenta y dos de Los tres mosqueteros. Corso pone el manuscrito sobre la mesa, en su carpeta protectora con fundas de plástico, una por página, y lo da vuelta de modo que Balkan pueda leer su contenido. Balkan nos cuenta:
“Todas las hojas estaban escritas en francés por una sola cara y había dos clases de papel: uno blanco, ya amarillento por el tiempo, y otro azul pálido con fina cuadrícula, envejecido también por los años. A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul —trazada con tinta negra— figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña.”
Mucho antes de que los roles fuesen asignados, antes incluso de que se conocieran formalmente, Dumas y Maquet ya habían escrito juntos. Incapaz de conseguir que su obra de teatro "La Noche de Mardi-Gras" fuera aceptada y representada, Maquet recurrió a su amigo Gérard de Nerval en busca de ayuda. Eran necesarias importantes modificaciones: “El primer acto y medio son muy buenos, el acto y medio restantes deben ser reescritos”, sentenció Nerval. Y luego cuenta: "atormenté a Dumas hasta convencerlo de hacer él mismo el trabajo”. Dumas, a pedido de Nerval, emprende la tarea, reescribiendo la pieza completa, aunque siguiendo siempre el plan de Maquet. Corre el año 1839. La nueva obra es un éxito, ahora se titula “Bathilde”, y es representada bajo el sello Dumas y Maquet. Satisfecho con los resultados, Maquet le entrega a Dumas otra novela, "El bueno de Buvat", también urgida de correcciones. Pero una novela de “Dumas” valía mucho más que una novela de “Dumas y Maquet”, así se los hace saber su editor. Y “El bueno de Buvat”, transformado en "El Caballero de Harmental”, aparecerá firmado exclusivamente por Dumas, en el periódico “Le Siècle”, el mismo escenario que luego representaría el ciclo de Los tres mosqueteros. Ya juntos, Maquet se encargaría de las tareas de documentación histórica, esenciales para la escenografía, el desenvolvimiento de los personajes en su época y el desarrollo de la acción. Era también el primer redactor del texto, sobre una base que normalmente Dumas había elaborado con él. Dumas, con el trabajo de Maquet concluido, hacía los ajustes que consideraba necesarios, introducía nuevos diálogos y personajes secundarios y le imprimía el color final a la historia. Y su firma, también incluía su firma, solitaria. Se conocen los pormenores de este plan de trabajo a partir del artículo que el propio Maquet publicó al enemistarse con Dumas, a modo de venganza, “Casa de Alejandro Dumas y Cía. Fábrica de novelas”. El detective de libros inventado por Pérez-Reverte continúa destejiendo la telaraña de misterios urdida en aquellos años. Le explican a Lucas Corso que el manuscrito de “El vino de Anjou” que tiene en sus manos es auténtico. No existen dudas: la letra del papel azul pertenece a Alejandro Dumas. La del papel blanco, con anotaciones y tachaduras, a Auguste Maquet.
“Se pasó un dedo por el mostacho antes de inclinarse para leer en voz alta con gesto teatral—: «¡Horroroso! ¡Horroroso!, murmuraba Athos, mientras Porthos rompía las botellas y Aramis daba órdenes algo tardías para que fuesen en busca de un confesor…» —con un suspiro, el librero dejó la frase en el aire asintiendo, satisfecho, antes de mostrarle la hoja a Corso—... Fíjese: Maquet se había limitado a escribir: «Y expiró ante los aterrados amigos de d'Artagnan». Dumas tachó esa línea y puso las otras encima.”
Tras la ruptura con Dumas, Maquet continuó escribiendo y publicando sólo. Ninguna de sus novelas le sobrevivieron. Hoy existe consenso de que en aquella extraña sociedad el talento era patrimonio de Dumas, capaz de convertir en aventura todo lo que pasaba por sus manos. Con respecto a Auguste Maquet, acaso la actitud correcta sea descreer del juicio de otros hombres y, sobre todo, descreer del juicio del tiempo. Quizás debamos considerar, aunque más no sea a beneficio de inventario, mientras lo perseguimos en alguna edición agotada, que el genio, el verdadero genio, corría por su cuenta. |
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© Revista Axolotl, Número 9 |