El escritor amateur
Siendo adolescente buscaba un canal para expresar lo que sentía o me pasaba, pero de todas las actividades artísticas posibles, la literatura no figuraba en mi lista de opciones. Recuerdo haber intentado con la plástica, a insistencia de mi padre, y más tarde con la música. Aprendí que toda actividad artística requiere de paciencia, esfuerzo y mucho trabajo. Pero el cumplimiento de estas tres condiciones no garantiza per se un resultado conforme a nuestras expectativas. Una combinación de talento, facultades innatas, oportunidades, circunstancias personales y algo de suerte, entre otros factores, también entran en una ecuación de resolución absurda.
Y si bien el trabajo es condición para poder hacer “arte”, no siempre uno tiene la suerte de hacer arte en su actividad laboral o, mejor aún, hacer del arte su actividad laboral.
Tiempo después de haber chocado con mis limitaciones en aquellos primeros intentos, aunque no como consecuencia de ello, descubrí a (y me dejé atrapar por) los grandes autores argentinos contemporáneos: Borges, Cortázar y Bioy Casares. A su vez, el paso por la universidad me acercó a otros textos que si bien no son considerados literatura pura, denunciaban a través de sus palabras una gran fuerza, una potencia arrolladora. Entonces despertó en mí una fascinación por el poder del relato.
Por entonces me preguntaba cómo se crea un literato, uno de esos que, según palabras de Manuel Vicent en un reportaje: “(…) tiene una construcción del mundo a través de las palabras, no entiende el mundo sin palabras.”
Sin pretensión de escritor comencé con algunos esbozos, simples textos donde contaba situaciones, reflexionaba y desarrollaba ideas que luego compartía con amigos y familiares. Descubrí que podía disfrutarlo, de esta forma se convirtió en una actividad creativa que me ejercitaba intelectualmente y me permitía expresar en palabras mi subjetividad.
Esta práctica siempre la consideré muy lejana a la posibilidad de dedicarme a la escritura. El camino para convertirse en un escritor es arduo, las ideas solo fluyen claramente en el papel para unos pocos genios, el resto debe transitarlo sin atajos.
En esa senda que nunca decidí comenzar, me encuentro con toda una literatura subterránea (o subacuática), la de infinidad de escritores que lo hacen solo “por amor al arte”, sin poder aún (o sin querer) dedicarse profesionalmente. Descubro que existe la buena literatura sin un gran contrato editorial, aunque es probable que si la literatura es buena aparezca un contrato editorial. Pero hasta entonces esos textos navegan a la deriva, por debajo de la superficie.
Así empecé a girar alrededor de esa literatura, como la que nutre esta revista. Aquí se respiran, se sienten esas palabras llevadas al papel no sobre el escritorio de un estudio rodeado de inmensas bibliotecas ni inspiradas en un viaje de investigación, sino más bien durante horas “robadas” al descanso que debería compensar una interminable jornada laboral; tal vez pensadas desde el último asiento individual de un colectivo o emergiendo del efecto estroboscópico de las luces en un túnel de subterráneo. En el mejor de los casos son ideas iluminadas en un paseo matinal por la plaza del barrio o que brotan junto al cordón de la vereda, justo antes de entrar al almacén. Son textos que emergen de la vida cotidiana. No sufren la presión que demanda un contrato, tampoco gozan de la disponibilidad y dedicación que este provee. No obstante, sus creadores asumen el compromiso de una tarea artística que debe completarse, que debe generar una obra, porque alguien desea leerla.
He pensado mucho sobre estos textos. Desde que los descubrí, espero ansiosamente la publicación. He vuelto una y otra vez en busca de nuevos escritos o para releer los anteriores y observar esas palabras, verlas pasar ante mis ojos, verlas decir sin hablar, verlas ahí. Hasta que ocurrió. Ahora soy un axolotl.
© Demian Yacussi