Visita al Campo de Pruebas

 

No, la pintura no está hecha para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo.

Pablo Picasso, sobre el “Guernica”

 

El viaje fue largo, agotador. Pero al llegar la vista se disfruta. Entre algunas nubes reconocí el archipiélago verde. No me cansaba de observar esas construcciones gigantescas en la bruma. Se distinguían claramente alrededor de la isla principal y su Centro de Operaciones. Seguramente no volveré a verlas. Ha sido mi última misión. Puede haberse tratado de una decisión precipitada, pero soy hombre de fuertes convicciones y debía asumir mis riesgos. Estoy seguro de que no quedaba otra alternativa.

 

El aerotransportador aterrizó con suavidad. Me recibió el señor Chien, Jefe de Operaciones, como dicta el protocolo cuando llega un visitante con pretensiones de adquirir una patente: “Muy buenos días, señor Ministro”. Mi secretaria había adelantado mis credenciales como Ministro de Planificación Social. Viajé para realizar una primera visita con la intención de adquirir una de las famosas patentes que aquí desarrollan. La Corporación se jacta de ser muy abierta para captar nuevos socios porque los desarrollos son especialmente costosos y, también, para darle visos de transparencia. Muchas voces se alzan contra este emprendimiento por su carácter controvertido y de dudosos resultados.

 

Chien pareció notar cierta desconfianza en mi rostro. Una vez confirmada mi identidad con el irisoscopio, me hizo pasar a un gran salón para esperar al director.

—Le pido disculpas por el celo en la identificación —dijo—, pero hay muchas personas que pueden hacernos daño si se filtrara información —me sonrió amablemente, le respondí con un gesto de comprensión, luego se retiró cerrando la puerta.

Recorrí con la vista ese gran espacio decorado con cuadros y esculturas de todo tamaño y estilo. Caminé hacia el fondo rodeando un mostrador central. Me llamó la atención una pintura, de inmediato me di cuenta que se trataba del “Guernica” de Picasso. Me quedé un buen rato apreciándola. ¡Qué obra imponente! Dudé si sería la original. Por el rabillo del ojo vi una fotografía colgada sobre el lateral y me acerqué. Frente a un edificio posaban en primer plano el ingeniero Vierteinsel y varios colaboradores. Todos sonreían.

Me sobresaltó el ruido de una puerta que se cerraba a mi espalda. No imaginé un acceso por ese lado del salón.

—Muy buenos días, Sr. Ministro. Espero que haya tenido un buen viaje y disculpe la demora. Tenía asuntos urgentes que atender.

Era “El Ingeniero” en persona, vestía su clásico guardapolvo blanco. Notó que estaba examinando la foto y exclamó:

—¡Ah! El primer staff. ¡Cuántos años hace ya…!

Era una época de combustibles fósiles y gigantescas prisiones por todo el planeta. La Corporación había nacido para solucionar los conflictos internos que sufrían sus habitantes. Pocos confiaban en la utilidad del emprendimiento. La mayoría prefería las “Tecnologías de Matar” antes que estas pseudo-ciencias de convivencia pacífica. Cercada por el escepticismo general, a La Corporación le costó conseguir el financiamiento necesario.

—Fue duro obtener los fondos para empezar, ¿verdad?— inquirí.

—Por cierto. Creamos una asociación de profesionales y, luego de incontables gestiones, empezamos a tener reuniones con algunos gobiernos, que luego fundaron la Organización Mundial de Sistemas Sociales. Recién entonces conseguimos el dinero para comenzar. Hablamos de miles de millones de yuanes, claro.

—Pero escuché que incluso entonces tuvieron problemas —le dije señalando la fotografía.

Hizo una mueca de cierta resignación y entrecerraba los ojos como si tratara de enfocar no solo la imagen sino también un recuerdo o las palabras precisas para expresarlo con la debida cautela, con la debida distancia del científico:

—Honestamente, no. Los primeros estudios a los que nos abocamos fueron sobre sistemas de prisiones. Varios de los socios de la OMSiS eran países con graves problemas penitenciarios y requerían prontas soluciones.

—Recuerdo que tuvo una incómoda exposición a la prensa.

—Sí, fue lamentable —se llevó la mano a la frente, acariciándose la ceja con el dedo—. Algunos voluntarios se tomaban demasiado en serio sus roles y llegaron a generarse episodios muy violentos…

—Creo que hasta hubo asesinatos, ¿no?

—Parece tener usted buena memoria —me dijo con tono sarcástico—. Fue una tragedia, perdimos muchos asociados. Tuvimos que reconvertir el staff y mudar el centro de ensayos al archipiélago, lejos del periodismo y de los espías, porque no tenga dudas de que detrás hubo intereses non-sanctos.

 

Vierteinsel seguía hablando, pero realmente había dejado de prestarle atención. Pensaba en su primer éxito: una brillante reproducción del modelo del “Panóptico”, según lo estudiado por Michel Foucault, un experimento que no podría fallar.

—Tuvimos que empezar de cero, acertamos en volver a las fuentes y a los grandes maestros de siglos pasados. Lo del “Panóptico” fue asombroso, construimos la prisión circular con la cabina de vidrios polarizados en el centro. Los prisioneros actuaban como si los estuvieran observando en todo momento, pero no había nadie vigilando detrás de los cristales. ¡Fantástico! ¡Una prisión sin guardias! —festejó en voz alta y levantando los brazos.

“Eureka” me burlé mentalmente. El Ingeniero me llevó hasta la fotografía correspondiente, se veía una gran construcción de hormigón y hasta se distinguían algunos internos. Uno de ellos, sentado en el piso de su celda, en reposo y mirando con tristeza hacia la cabina.

—Luego de eso salieron las primeras patentes, ¿verdad?

—Así es, las naciones de la OMSiS las aplicaron. Algunas más las compraron y otras hicieron burdas reproducciones. Pronto se convirtieron en standards exigidos por la Organización.

 

Me sorprendió distraído al acercarse e invitarme hacia el mostrador del centro. Sacó su computador portátil del bolsillo, presionó unos botones y casi simultáneamente se fueron apagando las luces del ambiente mientras se proyectaba una imagen holográfica del complejo.

—Aquella es la isla Uno —dijo al indicarla, la imagen se amplió y ganó en intensidad. Allí tenemos el proceso más avanzado: los “Ensayos de convivencia étnica”. Un encargo importante. Hacia el final de la era de los combustibles fósiles se volvió necesario finalizar con los setenta y cinco años de ocupación imperial en el Medio Oriente.

Concentrado en la presentación no pudo ver mi cara de desprecio, pensé si también aplicaría para corregir lo del Caso África.

—¿Cuánto hace que comenzaron este experimento?

—Ya lleva veinte años, está casi listo —dijo satisfecho—. Sabemos que los patrones adecuados se obtienen luego de completar el ciclo de dos generaciones.

Actué mi mejor expresión de asombro, reacción que el Ingeniero disfrutó. Tenía motivos para sentirse orgulloso, la cúpula era un gran invento. Frunció el ceño y respiró hondo para continuar la explicación:

—Estas cúpulas forman parte de un método llamado “Acelerador de Ciclos Vitales”. Se trata de controlar, mediante estímulos, los ciclos biológicos de los voluntarios. Manipulando la iluminación, temperatura y ciertos químicos que se vierten en el aire, los voluntarios experimentan hasta tres días en veinticuatro horas nuestras.

—Entonces, así consigue completar el doble ciclo en un tiempo razonable— le dije con tono de entusiasmo.

—Aprende rápido, Sr. Ministro —me dijo gravemente. Preferí ignorar su desafío, lo miré fijo, no me intimidaban sus cejas en cuña.

—Sólo traté de informarme un poco —dije—, mi cartera es Planificación Social, no tengo más remedio que seguir el tema. De hecho siendo joven trabajé en simulaciones computadas…

Me interrumpió con el índice en alto:

—Esas simulaciones resultaban jueguitos para estudiantes, Ministro —dijo—. Es imposible reproducir fielmente todas las variables de un sistema social, no hay forma de conseguir siquiera un resultado aceptable de esa forma. Créame, el uso de voluntarios puede ser reprochable, pero es la única manera.

“Le creo”, me dije resignado. Todos esos voluntarios… incluso se intentó con clones, pero ellos también se ganaron el derecho a decidir.

—Pasemos a la isla Dos —se apuró blandiendo el puntero láser—. Aquí hacemos experimentos de distintos sistemas de mercado, bastante inestables por lo general. Los individuos son reacios a aceptar correcciones en este tipo de sistemas.

—¿Y cómo les está yendo ahora?

Se incorporó y me miró directamente.

—En realidad ya hemos entregado varias patentes que funcionan bien, pero nos piden constantes modificaciones. Este tipo de proyectos son los más lucrativos para nosotros —el punto incandescente del laser se perdió en círculos indicando nada en especial, el Ingeniero no sonaba convencido—. Los países clase A pagan mucho por afinarlos. Los lobbies presionan muy fuerte para evitar las condiciones que les imponen los patrones de funcionamiento. Si por ellos fuera, resolverían los asuntos de otra manera.

—Estoy familiarizado con esas complicaciones. En mi país, la política también está dando un giro hacia zonas más oscuras —hice una pausa y miré para un costado cuando dije, casi en un susurro— como en el Imperio.

No oyó mi infidencia o prefirió ignorarla, pero su cambio de tema fue demasiado brusco, incluso para él. Balbuceó incómodo:

—Creo que querrá…, usted —carraspeó—. Creo que usted estará más interesado en los ensayos de la isla Tres. La patrocina un grupo de países clase C, como el suyo. Allí se estudian estrategias de mitigación de la pobreza.

Iba a decirle que esos gobiernos nunca entendieron que la mejor forma de reducir la pobreza es la distribución de excedentes, pero no quise confrontarlo, preferí dejar que el ingeniero terminara su charla sin sobresaltos, ya bastante se alteraría luego. De todas formas, no pude evitar soltar la lengua:

—¿Y usted cree que son lo suficientemente efectivas para esos países como para justificar su costo? —lo provoqué.

Dudó. Me miró fijamente. Sabía que opinaba lo mismo, mejor era invertir ese dinero en su población pobre. Pero este era su negocio, Vierteinsel no podía admitirlo. No todavía.

—Se han conseguido importantes logros en la atenuación de conflictos relacionados con la pobreza —esbozó, como citando un discurso mil veces repetido. Agregué para mí: “Sí, solo por algunos pocos años”. Él continuó:

—Por último —¿cómo por último?— tenemos la isla Cuatro, donde se realizan las pruebas sobre Sistemas de Planificación Total. Son realmente muy difíciles —me confesó— tienden fácilmente hacia dictaduras o regímenes totalitarios. Si contáramos con más fondos podríamos hacer algunos cambios para llegar a un equilibrio.

Como en los casos anteriores, la imagen se amplió. El ingeniero advirtió mi esfuerzo por ver detrás de la pared traslúcida de la cúpula proyectada, entonces ejecutó unos comandos con su computador y se produjo un acercamiento hacia el interior de la cúpula. Parecía un mediodía de verano. Como en vuelo de pájaro, me llevó a través de los campos regados de pequeños grupos de voluntarios en tareas de cosechado y, más allá, un poblado con viviendas grisáceas e idénticas entre sí, construidas alrededor de un edificio monumental que coronaba el centro de una gran plaza. Del otro lado se divisaban algunas fábricas y un ferrocarril que las conectaba con el poblado. El vuelo se hizo rasante y alcancé a distinguir a unos niños que practicaban algún extraño deporte sobre la costa. Luego, el foco se elevó, salió de la cúpula y, haciendo un travelling, la imagen volvió a la situación original. Me quedé un instante meditando en lo que había visto, hasta que pregunté:

—Pero ingeniero, ¿quién podría estar interesado en patentes de este tipo?

Pensó la respuesta durante un instante y dijo:

—Son muy pocos países, por lo general pequeños, que por su fragilidad deben aprovechar al máximo sus recursos y su población. En realidad ni siquiera pueden pagar los experimentos. Hasta hace unos años teníamos fondos de la OMSiS para estudios sin aplicación directa, pero interrumpieron los desembolsos por decisiones internas. Si seguimos así deberemos desactivarlos, una verdadera pena porque se perdería lo logrado hasta ahora.

“No creo que haya sido mucho lo que conseguiste —pensé—, no te hubieran dejado llegar hasta acá si funcionaran”.

Él repitió la secuencia de botones en su computador portátil. Entonces, las cúpulas desaparecieron del mostrador y la sala volvió a iluminarse. Se terminaba la fantasía, pronto llegaría la cruda realidad.

—Eso ha sido todo, mi estimado. Tenemos patentes para muchas aplicaciones, usted me dirá en qué está interesado su gobierno y yo lo derivaré a alguno de los profesionales del staff que le ofrecerá una presentación detallada. Ahora, si me permite, yo tendría que…

Me interpuse en su camino y busqué su mirada:

—He escuchado rumores sobre la existencia de una quinta isla.

El Ingeniero se puso pálido. Sin darle tiempo a inventar excusas, le mostré la carátula de una carpeta que traía bien guardada. Pudo ver claramente el sello de “Clasificado” sobre el título “Auditoría Campo de Pruebas” con el membrete de la Organización Mundial de Sistemas Sociales. Empezó a tambalearse, lo ayudé a mantenerse de pie y lo acompañé hasta un asiento.

Agitaba la cabeza lamentándose:

—No, no, no puede ser. Debe ser un error. ¿¡Quién es usted, entonces!?

—Lo siento, Ingeniero, pero la decisión ya ha sido tomada desde las más altas esferas de La Organización.

Separé el apartado titulado “Isla Nº 5”, todavía en manuscrito, y se lo di. Con un par de comandos en mi teléfono digitalicé y transmití los informes de las otras cuatro.

—No tenemos mucho tiempo —le dije—, vamos a la pista, pronto no quedará nada.

Pasamos rápidamente por la recepción y salimos por las puertas al encuentro de mi aerotransportador.

—Suba y le explico —los reactores rugieron violentamente, un remolino de polvo nos obligó a entrecerrar los ojos. Continuamos la conversación a los gritos.

—¡No —me dijo—, no puedo dejar todo acá!

—¡Escúcheme, Vierteinsel, ya sabe que no vengo de ningún ministerio —lo sujeté del brazo, un brazo débil para alguien de su estatura— me envió de incógnito la Auditoría General de la OMSiS!

Meditó unos instantes, estaba tratando de digerir la situación, hasta que me increpó:

—¡¿Por qué hacen esto!?

—¡Escúcheme bien —las turbinas chillaban en tono insoportable, le grité más fuerte— la desactivación del archipiélago se firmó hace semanas, esta auditoría es solo una formalidad para cumplir con los procedimientos de clausura!

Me acerqué para hablarle mejor porque ya me estaba quedando sin voz y continué:

—Los extremistas del Imperio tomaron el Secretariado, ya sabe, con la excusa de lo que pasó en África. Desde adentro no se podía hacer nada. Al que se oponía, lo enviaban a la Delegación Oriente. Perdí a varios amigos allí. Logré al menos posicionarme como auditor para venir a advertirle.

—¿Y qué pretenden? ¿Por qué me atacan a mí? —su expresión era patética, como un niño al que le acaban de sacar su juguete preferido. Se llevaba sus pequeños puños al pecho, implorando. Pero pronto se dio cuenta que no era a mí a quien tenía que pedir misericordia. Ni siquiera intenté ser sutil cuando seguí explicándole, ya no había tiempo:

—Ellos prefieren otros métodos más directos para resolver conflictos, prefieren girar el dinero hacia otra carrera de armas y, por supuesto, permanecer en Medio Oriente —no me miraba, tuve que sacudirle el hombro—. ¡Entienda algo, Viertensel! Sus logros se convirtieron en una amenaza para ellos. Se lo iban a sacar de encima tarde o temprano.

Zafó su brazo de mi mano que lo sujetaba, tomó un paso de distancia:

—¿Y esto?— me dijo mostrándome la carpeta que le había dado.

—Quédese tranquilo, reporté su inexistencia.

Se suponía que la quinta isla formaba parte de un experimento personal de Vierteinsel, sin patrocinios, para ensayar lo que en teoría sería un “sistema perfecto”. Según algunos rumores, funcionaba hacía años con una selecta generación de voluntarios que nunca salieron de allí. Prácticamente no ha habido filtración de información. Los de la Organización dudaban de su existencia.

Parecía empezar a entrar en razón y aceptar lo inevitable.

—¿Y qué quiere usted con esto? ¿Qué pretende a cambio?

Como funcionario no era la primera vez que estaba en posición de adquirir un “retorno” como retribución a una “actitud voluntariosa”, si se lo puede llamar de algún modo elegante. Siempre admiré al Ingeniero y desde mis tiempos de estudiante universitario tuve la convicción de que éste era el camino para cambiar cierto estado de cosas, que consideraba injustas. Ahora estoy más curtido, no creo en utopías, así que sin mayores escrúpulos le dije lo que quería a cambio del salvoconducto que le había facilitado.

 

Reflexionó por unos momentos y aceptó:

—Está bien… ahora debo irme. ¡Adiós!

El ingeniero se alejó del aerotransportador y, corriendo sin gracia alguna, desapareció a toda prisa detrás de las puertas del centro de operaciones. Despegué de inmediato para salir de la línea de fuego.

Mientras me alejaba a toda velocidad recordaba mis primeros años en la Organización, la mayoría de los recién llegados nos habíamos entusiasmado con el proyecto del ingeniero Vierteinsel, es cierto que algunos tuvieron ciertos reparos por la manipulación de sujetos humanos, pero cuando aparecieron los primeros resultados positivos, las críticas se acallaron. Durante muchos años se apoyaron los ensayos aunque había opositores que los consideraban una pérdida de tiempo y dinero y, también, otros extremistas que los veían peligrosos. Hasta que ocurrió lo de la falla en África y se desencadenó La Segunda Gran Matanza. Eso cambió la perspectiva que varios funcionarios tenían sobre estos estudios y las relaciones de fuerza en la Organización se invirtieron. Me adelanté al cambio de Secretario y logré posicionarme en Auditorías. Por mi alto rango no me resultó difícil ser comisionado para el cierre final y certificación de la clausura de La Corporación de Vierteinsel.

Todo esto fue una distracción, un divertimento para ganar tiempo ante lo inevitable. Ahora puedo esconderme entre el humo de las bombas que caen, bombas sin aviones, lanzadas desde lugares remotos, apuntadas con matemática precisión hacia el blanco, sin más esfuerzo que teclear las coordenadas en el Arsenal Central. El panorama es desolador, los estallidos son ensordecedores aunque ya estoy lejos, camino a la quinta isla, donde espero encontrarme con Vierteinsel (apuesto que con su “Guernica” a cuestas). Esta es nuestra última oportunidad frente al Imperio.

 

© Demian Yacussi

 

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