Un enigma sin resolver

Se suele acordar que el género policial nació hacia mediados del siglo XIX. Para entonces estaba culminando la etapa de las revoluciones políticas, sustentadas filosóficamente por la Ilustración. La humanidad se aprestaba, por fin, a apoderarse del universo. El ejercicio de la Razón brindaba el conocimiento y las herramientas necesarias para dominarlo todo. Al ver rodar la cabeza del rey de Francia, el Hombre fue abandonando poco a poco a Dios, dejó de temerle. Las nuevas divinidades de la ciencia y el pensamiento le daban a este nuevo ser una sujeción más cómoda. Los misterios de la fe religiosa pasaron al plano de las degradadas supersticiones, abriendo paso a un nuevo tipo de fe, basado en las certezas de la percepción y el conocimiento empírico. Esta nueva cosmovisión, este nuevo Orden, nos llevaría hacia un gran porvenir. Se trata, claro está, del Progreso, culto de la era moderna. Por supuesto que el preciado progreso había que buscarlo en las ciudades. Los campos debían alimentar las usinas industriales urbanas, no ya a sus antiguos habitantes, que se vieron obligados a migrar hacia las modernas metrópolis, reducirse a la mínima subsistencia, o vagar como parias.

 

Las ciudades entonces se convirtieron en complejos escenarios sociales, miríadas de individuos desconocidos entre sí se cruzaban sin siquiera reparar en el otro, cada uno ocupado en sus propios asuntos. El otro, el desconocido, de repente se convirtió en una amenaza, e inmediatamente, en sospechoso. La convivencia siempre transitaba por un filo de difícil equilibrio. Los márgenes de maniobra social, en ese contexto, eran demasiado estrechos. La desviación de una determinada conducta aceptable, podía hacer peligrar ese fino equilibrio.

 

El policial como género parece devenir como respuesta literaria a este problema. Aparece un otro, en principio absolutamente desconocido para nosotros, que nos hace daño, actúa misteriosamente amenazando nuestra sana convivencia, pudiendo llegar incluso a cometer los crímenes más execrables, los más temidos por el mundo moderno: aquellos que atentan contra la propiedad privada y el peor de todos: la muerte violenta. Utilizo adrede el concepto en clave hobbesiana [1], porque el miedo a la muerte violenta es típico de momentos de caos. Y si hay algo que el mundo moderno no puede permitirse, es perder su orden, base primordial que sustenta al preciado progreso.

 

Se hace entonces necesaria la aparición del héroe, no ya aquel caracterizado por su fortaleza física y su destreza con las armas, sino por su capacidad de observación y su gran poder analítico, según lo afirmado por el mismísimo Edgar Allan Poe en las primeras páginas de “Los crímenes de la Rue Morgue”, quizás el primer relato del género. Este héroe, conocedor del pensamiento racionalista, de las posibilidades de las ciencias, es quien puede sacarnos del estupor, de la parálisis que nos genera el encontrarnos ante el horror. Él es quien puede desenredar el ovillo, desentrañar el enigma, arrojar luz sobre los abismos de lo desconocido, lo inalcanzable para los simples mortales: encontrar la verdad. Las poderosas herramientas de la razón lo asisten, él sabe cómo maniobrarlas. El héroe no puede ser cualquiera, no basta con una integridad moral, no basta ser un buen parroquiano que brinda su vida en virtud del bien común. El héroe debe ser un profesional, debe tener pleno conocimiento de las artes del pensamiento, de la física, de la química y de la psicología, por nombrar solo algunas asignaturas cuyos diversos corpus cognitivos se agrupan en la disciplina conocida como criminalística. Debe poder analizar fríamente, sin ataduras afectivas para con las víctimas ni rencores excesivos para con los victimarios, esas emociones lo desconcertarían, le nublarían la visión de la realidad, no le permitirían trabajar sobre la resolución del enigma. Es menester tener un perfecto dominio de sí mismo, ese mismo dominio que su poder de raciocinio ejercerá sobre el misterio que rodea al enigma. Una vez resuelto el enigma, el verdadero culpable es atrapado, y el orden es reestablecido. Pero no solo por eso nos tranquiliza, sino por haber despejado todo atisbo de misterio y de oscuridad sobre el caso. No es cualquier orden el que se ha reestablecido, sino aquel que dictan los designios de la razón. Es un orden que se reestablece gracias a un delicado trabajo quirúrgico, como el que extrae un tumor del centro neurálgico sin dañar nada más.

 

Este nuevo héroe viene a aliviarnos de la angustia que significa convivir con nuestros propios enemigos, porque al llegar a las ciudades nos dimos cuenta de eso, que aquellos que nos dañan no son los de afuera, los bárbaros, sino que se mezclan y se ocultan entre nosotros, por ello es imposible distinguirlos claramente. Por más que intenten escabullirse, el héroe sabe como encontrarlos y desenmascararlos.

 

Pero uno de los elementos más perturbadores se encuentra por ejemplo dentro del arquetipo que encarna a Jack The Ripper. Esto es, darse cuenta, aceptar, que el asesino más sangriento, aquel capaz de los peores crímenes, sea uno de nosotros. Justamente alguien que también domina el conocimiento, la ciencia y los poderes de la Razón. Jack estuvo frente a las narices de los investigadores, pero nadie sospechó de él porque no tenía “aspecto” de asesino, peor que eso, sus crímenes denotaban altos conocimientos de anatomía y su modus operandi (término policial por excelencia) denuncia que se trataba de alguien de buena posición económica. Probablemente por eso George Lusk no pudo atraparlo, lo tenía tan cerca que no lo vio.

 

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Y cuando me sumerjo en las profundidades más recónditas de mi alma, donde todo se oscurece y se confunde, me pregunto, me cuestiono, si yo, que siempre me consideré un pacifista de convicción, si yo podría llegar, en algún momento y en determinadas circunstancias, no importa cuales; si yo podría llegar a cometer el crimen más aberrante jamás imaginado, aquel donde desate lo más básico y violento de mi ser, que logre desplegar todo el odio que llevo en mi interior, que la adrenalina me provea la fortaleza suficiente para destrozar, devastar, descuartizar… Y temo mi propia respuesta, la temo porque la pienso, ahora que tengo control sobre mí. Pero siento que sí, que es posible, y sé que una vez que ocurra, que cuando estalle la furia y las fuerzas de destrucción se liberen dentro mío y lo haga, será solo el comienzo, que no podré parar, que será una carga insoportable e incontenible, que repetiré una y otra vez esa coreografía, esa danza de sangre y fuego, que no me detendré hasta verlo todo rojo y sacie circunstancialmente mi hambre.

 

Sé también que llegará ese momento, lo imagino, será cuando esté sentado en el borde de mi lecho, reponiéndome del éxtasis de mi última masacre, y mientras sufro los embates de la angustia que se corporiza en un nudo de dolor extendiéndose entre el pecho y la garganta, que me oprime hasta el límite del desvanecimiento. Será justo en ese momento que escucharé los pasos que, pausadamente pero con decisión, subirán la escalera hacia mi habitación, y que será entonces que me sentiré finalmente liberado, cuando entre por esa puerta mi redentor, el mismo que tantas veces he mirado a los ojos cuando aún podía enfrentarme al espejo del ropero.


Notas:

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[1] “(…) lo que es peor que todo: miedo continuo, y peligro de muerte violenta (…)” (Hobbes, Thomas; Leviatán, Capítulo XIII)

© Demian Yacussi

 

 

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© Revista Axolotl, Número 20