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Inquietudes Una tarde de verano de 1992 estaba estudiando Análisis Matemático para el ingreso de Ingeniería Aeronáutica en la Universidad Tecnológica Nacional. Recuerdo que no me costaba mucho, eran derivadas y otros temas que ya había visto en el industrial. Mi viejo llega del trabajo y dice “pusieron una bomba en la embajada de Israel”, encendimos la televisión y vimos lo que todo el mundo vio: escenas de terror, de miedo y desesperación, solidaridades, gritos, desconcierto. Miraba mis derivadas (la derivada de una constate siempre es cero), miraba el televisor… La pregunta por la derivada siempre tenía respuesta, lo que estaba viendo por la televisión (esa diminuta ventana al mundo) en cambio, no. “En este mundo
había líneas rectas y caminos rectos que conducían al porvenir; había el
deber y la culpa, el remordimiento y la confesión, el perdón y los buenos
propósitos (…) En este mundo debía uno mantenerse para que la vida fuese
clara y limpia, bella y ordenada.” (1) Poco después, una vez
aprobados todos los exámenes de ingreso a la Tecnológica, terminé de
decidirme, no sería Ingeniero, sería (soy ahora) Licenciado en Sociología.
Ahora miro por encima del estante y allí está “el rollito” que me acredita
como tal. No me daría (no me da) de comer, me provee otro tipo de alimento.
Un alimento para inquietudes, de
esas que derivan en otras inquietudes de mayor complejidad. La disyuntiva entre
las derivadas y la embajada no fue determinante, pero quedó como símbolo.
Porque todo esto se trata de símbolos en busca de interpretación, de
construir un significado a las cosas, darle un sentido, pero no cualquiera. Un episodio como el
de la embajada despertaba inquietudes
más allá del cuestionamiento sobre la psicología del que se inmola, mi
pregunta era ¿Cómo es posible generar tal odio destructivo? Si la estructura
genética del ser humano es una sola, si la química que circula por nuestro
cuerpo es la misma, debe haber algo más allí que organice tal o cual
comportamiento, a veces destrucción, a veces solidaridad. Una quietud llevaría a concluir que es
algo dado por obra de la providencia, una locura de excepción, pero no me
resultaba suficiente. Era una inquietud,
una curiosidad que no podía (no puedo) sacarme de la cabeza. ¿Somos animales
de la polis que buscan resolver sus
diferencias? ¿O somos individuos sueltos a los que no les queda otra que
convivir? ¿Nos mueve una fuente de consenso, una fuerza centrípeta? ¿O nos
mueve una fuente de conflicto, una fuerza centrífuga? A un señor llamado
Émile Durkheim se le ocurrió decir que había fuerzas a nivel de las acciones
y relaciones sociales que tenían una dinámica propia, más allá de las
voluntades de los individuos. Él pretendía estudiarlas con el método
científico, aquel que también aplica para la Ciencia de los Números, donde
siempre la derivada de una constante es igual a cero. En eso siguen
debatiéndose las Ciencias Sociales, siguen inquietas entre la inalcanzable pretensión de perfecta
rigurosidad científica y su liberación hacia tendencias filosóficas y
políticas. Otro señor llamado
Pierre Bourdieu (fallecido no hace mucho) afirmaba que la sociología es
cuestionada y se cuestiona a sí misma su condición de ciencia justamente
porque organiza un cierto tipo de conocimiento que es molesto. “¿Por qué?
Porque revela cosas ocultas y a veces reprimidas”.
Porque saca del campo del sentido común ciertas correlaciones provocativas y
hasta escandalosas. Por ejemplo, declarar una relación entre éxito académico
y pertenencia de clase, demostrar que, por más que se esfuerce aquel niño
curioso y aplicado en la escuela de la villa miseria, jamás conseguirá el
título de médico que su madre añora, ni aún mediando toda la educación
pública, ayuda económica y becas disponibles. Se trata de verdades que
incomodan, hasta llegan a doler. Desnaturalizar estas relaciones, llevarlas a
un terreno explicativo es definitivamente molesto, inquieta a cualquiera. El hombre se
encontraría con una cuarta herida narcisista: “Darse cuenta que lo rigen
leyes sociales que van más allá de su voluntad y naturaleza”. ¿Hasta qué
punto hay libre albedrío? ¿Dónde es
que el agente se convierte en actor? Un actor que debe ejecutar un
rol predeterminado ante el escrutinio permanente. Incumplirlo implicaría
sanciones, la presencia del hecho
social. La revelación de esta “fuerza oculta” que acecha, que estructura
y que da forma al sujeto social es, por cierto, hiriente e inquietante. “El otro mundo comenzaba, sin embargo, en medio de nuestra propia
casa y era completamente distinto, olía de otro modo, hablaba de otro modo,
prometía y exigía otras cosas. En este segundo universo había criadas y
aprendices, historias de aparecidos y rumores de escándalo; había una
abigarrada marea de cosas monstruosas, atrayentes, terribles y enigmáticas,
cosas como el matadero y la cárcel, hombres borrachos y mujeres escandalosas
(…)” (1) La irrupción de este otro mundo nos empuja
por un camino de inquietudes. Un
camino, ya no recto, que nos puede llevar hacia la construcción de
interpretaciones que sólo unos pocos grandes pensadores pudieron plasmar en
sistemas organizados (impresos en respectivos mamotretos ilustrados y no
tanto), a veces construidos sobre alguno anterior y a veces destruidos o
deconstruidos por otros. Y el curioso, el inquieto, está en medio de esta
vorágine, aprendiendo, aprehendiendo, cuestionando, buscando su propia
interpretación, haciéndola creíble (primero) para si mismo. Es un inquietante camino de búsqueda de
preguntas cada vez más precisas para respuestas cada vez más exactas y por
supuesto, inquietantes. © Demian Yacussi (1) Demian; Hesse, Hermann; Compañía General de Ediciones; México; 1971; pp. 15 y 16
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© Revista Axolotl, Número 18 |