Lo que se llevó el
río
Óleo s/
madera
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Hay muchas cosas
que se esconden, falsamente, detrás de una línea gruesa
y gris, que cualquiera puede ver, si quiere. Porque, aunque esté
-está-, mirarla o no, es una elección de la voluntad,
y porque hay más de lo bello y alegre en este paisaje, que
no es único sino la primera parte de lo que como futuro se
sugiere, y como presente que se hace presente en una mano gordita
y suave de tonos rosados.
Todo
es abierto, amplio, fresco, y, en el encuentro de las pieles y las temperaturas
incluyendo las sonrisas temerosas, un pequeño animal de tonos
blancos empuja hacia la salida.
Pero, esa línea gris que esconde y perturba... ¿Qué
hace ahí? ¿Será un recuerdo? ¿Pronto a abandonarse?
¿...De qué manera...?; pregunto, me pregunto, le pregunto,
nos pregunto.
Es una línea gris, me responde siempre sabio el sentido común.
Abstracta,
recta y... Gris. Con un ángulo en la sección áurea
de la suma de varios momentos que concluyen en vida, lo cual me da la
chance de presagiarme 90 años, venturosos. No sé quién
pueda vivir tanto tiempo, pero me alisto a la batalla....
Dejando esa línea que atraviesa todo el panorama, el trasfondo
surcado de aguas cristalinas o turbias pero agitadas; no dejemos para
mañana este momento incomparable, detrás del cual un astro
–no se sabe si sol o luna, amanecer o crepúsculo- calla,
y nadie sabe por qué. Quizás por esos niños de
una sola madre o por ese hombre solitario que tiende una flor escarlata
en el aire, al aire, o aquella mujer desnuda, incomparable, que atraviesa
una ventana para caer; no se sabe adónde. Nadie de los videntes
sabe nada, y no quedó aire para la esperanza. Nadie sabe, y al
igual que el pan es pan y la rosa sin porqué, no se debe reclamar
a la espina ni a la zarza.
Parece afirmar con su silencio el varón que no hubo dama más
bella, y no por gentileza; parece llorar, de espaldas y sin piernas.
Como si se confundiesen en su traza endeble y poderosa la blasfemia
y el clamor.
Eso es todo o algo del algo que aquí dentro sucede, tan profundo
como para que la vista pueda penetrar sin resguardo de los sentimientos,
y se desea que también penetren la imaginación y la libertad;
si el riesgo es el libertinaje, bienvenido sea.
Lo demás es simple: un ave, un animal de feo aspecto pero gran
corazón y un horizonte, y unos paños multicolores. Sin
mencionar el doble rostro de la hipocresía y una puñalada
certera, hábilmente disimulados en la quebradura del tiempo,
a la izquierda, desde donde una columna misteriosa se eleva para indicar
el trayecto infierno-tierra-cielo o viceversa.
Y esas tres mujeres, que son cinco porque dos son niñas, le conceden
el toque final de ternura junto al animalito de algodón (que
antes tuviera nombre propio), y enseñan diferentes maneras de
ser feliz, y, como la naturaleza humana, crecen hacia el oeste.
Pero no se ve, y lo verán seres más hermosos, que nada
prevalecerá tanto como esa mujer dorada y de textura espesa que
brilla y seguirá brillando, a pesar de la eternidad. Asentada
sobre una diagonal descendente, la del derrumbe, se le inventa sin embargo,
gracias a un recuerdo inventado, la majestuosidad del mármol
y el color de la carne, la dignidad de los ojos que la miran.
La estría gris, impertérrita, no se conmueve. Es una herida
fría, que no molesta. Que invita a mirar más allá,
al fondo, más profundo, más adentro, a llenarse la mirada
de líneas que acarician y un vaivén acompasado de amor.
En paz.
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