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CRÓNICAS DE HORROR EN LO COTIDIANO |
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Foto familiar
Cuando me encerraron hice una promesa… a veces hago esas cosas. Prometí no hablar con nadie del incidente y jamás volver a nombrar a mi prima, y sin embargo ahora lo hago: Muriel. Nunca imaginé que un juego de chicos pudiese determinar mi futuro. Supongo que de haberlo sabido no lo hubiese hecho, aunque quizá me equivoque, tal vez repetiría cada detalle. Muriel tenía entonces unos doce o trece años; yo era la menor, ocho; mi hermana Marina (una belleza que desde chica se robaba toda la atención), diez. Aunque Muriel y yo la odiábamos, los adultos, sin importar que Marina hiciera algo tonto o algo común, la amaban, quedaban alucinados hasta por su forma de andar en bicicleta; cada vez que ella iba al mercado le regalaban golosinas; si pasaba frente a algún muchacho seguro que recibía un piropo. Su belleza era indiscutible, objetiva. Y yo quería ser como ella, lo deseaba con desesperación, pero era imposible. Marina había nacido así: magnífica; en cambio yo: nariz en forma de pico, ojos oscuros, rolliza… Y Muriel, ella sí que era fea. Aquella tarde, Muriel festejaba su cumpleaños y mientras viajábamos hacia su casa en el auto, mamá y papá discutían por los actos escolares del lunes siguiente. Como Marina y yo íbamos a distintos colegios, ellos debían dividirse: los dos preferían ir al acto de ella. —No importa —les dije—, vayan los dos al de Marina, el mío es un acto chico, sin importancia… Me miraron, mamá sonrió. El viaje continuó en silencio. Al llegar a la casa de Muriel el papá se acercó a la vereda para recibirnos, para recibir a mi hermana, y después nos invitó a entrar. En el patio, la familia ya había empezado a comer y el papá de Muriel propuso un brindis en honor a Marina: todos aplaudieron y ensayaron elegios mientras mi hermana, acostumbrada a recibirlos, ni siquiera se sonrojó. En cambio a Muriel, sentada en un rincón de la mesa junto a la abuela paralítica y sorda, nadie la felicitaba. Ella y yo intercambiamos miradas, y aunque aún no lo habíamos hablado, ya sabíamos qué hacer. Esperamos el momento oportuno, el de la foto familiar, y todo sucedió en cuestión de minutos. En la parte de atrás de la casa Marina jugaba al elástico con mi primo Hernán a quien fue fácil convencer de que se fuera, le dijimos que habían servido los dulces y él corrió a buscarlos. Marina sonrió, y al verla casi me arrepiento, pero su precioso vestido rosado (el mío marrón, con volados en el cuello) y los zapatos de charol (los míos, unos zapatos ortopédicos negros heredados de Muriel) y su peinado de peluquería, me devolvieron la energía. Con la excusa de hacer un acto de magia, Muriel y yo amarramos con el elástico a Marina que ni siquiera se quejó por la fuerza con la que la ajustamos a la silla o por el pañuelo en la boca. Unos minutos después todo había terminado. Desde el patio oímos que los grandes buscaban a Marina para que soplara las velitas, nadie buscaba a la nena del cumpleaños, nadie llamaba a Muriel, sólo gritaban por Marina. Entonces Muriel la desató y entre las dos la cargamos, sus brazos rodeaban nuestros hombros, como si fuésemos tres grandes amigas. Al llegar al patio, las exclamaciones de los adultos no se hicieron esperar: Mirá qué linda, Marinita, cómo quiere a su prima y a su hermana… Nadie sospechaba, no podían ver que Marina estaba algo más pálida y que Muriel y yo sosteníamos su cabeza en alto. Y entonces nos dispusimos para la foto: los más chicos sentados en el suelo, los primos medianos arrodillados (nosotras entre ellos) y los adultos de pie. El fotógrafo fue el primero en enterarse, le pidió a Marina que sonriera, porque si no iba a arruinar la foto (la familia entera contuvo la respiración), se acercó a ella y le rozó la mejilla y luego, con un dedo, le limpió la sangre que caía por su nariz. Las filas se deshicieron en gritos, el papá de Muriel lloraba desconsolado sobre el pequeño cuerpo de mi hermana tirado en el piso, y hasta la abuela sorda gritaba y estiraba los brazos para rogarle al cielo. Mientras alguien avisaba que la ambulancia ya venía en camino, vimos que Hernán, señalándonos a Muriel y a mí, hablaba con mi papá que permanecía sentado y pálido. Recuerdo lo que pensé entonces: al fin me prestan atención.
© Juana Schultz
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© Revista Axolotl, Número 8 |