CRÓNICAS DE HORROR EN LO COTIDIANO

 La maldición del vestido de novia

 

Luego fue verdad, no sueño;

Y si fue verdad, que es otra confusión

y no menor

¿Cómo mi vida le nombra sueño?

Pedro Calderón de la Barca

 

Era tradición que las mujeres de la familia de Gisel, usaran para su casamiento el vestido de bodas que había pasado por varias generaciones. Así que cuando Gisel anunció que se casaba y le pidió a su madre que la acompañase a comprar uno nuevo, su abuela la amenazó con no asistir a la boda y le aseguró que si ella no usaba ése vestido, el matrimonio fracasaría. Gisel creía que su abuela exageraba, pero quería que asistiera al casamiento y nada le costaba usar el vestido —que no era tan feo—, de modo que accedió, y con algún retoque acá y otro allá, quedó perfecto.

La noche anterior a la boda, Gisel estaba tan emocionada que quiso dormir con el vestido en su habitación: quería que fuera la última imagen antes de dormir y la primera al despertar. Y a pesar de las advertencias que su madre le hizo respecto de la mala suerte que podía traer, Gisel lo colgó de una percha sobre la puerta de su habitación.

—¿Vos conociste a la tía Ana? —preguntó Graciela, la madre de Gisel, cuando entraba a darle las buenas noches.

—Tú tía, la loca.

—Tu tía abuela —dijo Graciela impacientándose—, una vez ella estuvo a punto de casarse: pero nunca llegó al altar.

—¿Por qué me contás esto, mamá?

—Por el vestido, lo que dijo la abuela es cierto: puede caer una maldición si no lo usás, pero si dormís con el en la habitación, te aseguro que vamos a tener problemas…

Graciela se detuvo a mirar el vestido sin poder continuar.

—Es sólo un vestido, mamá.

—La noche anterior a su casamiento, Ana estaba igual de nerviosa que vos. Esperaba con ansias el día de su boda, pero de pronto (y esto lo escuché de la propia Ana), le pareció escuchar un tintineo. Ella pensó que provenía de la calle pero entonces vio que su vestido se había inflado, como si adquiriera una vida, como si alguien lo llevara puesto…

Nosotros estábamos ahí, Ana, convulsionada, se retorcía y gritaba que el vestido la había llevado hasta una cueva donde había un altar. Lo poco que entendíamos era que en el lugar había otros vestidos, todos maravillosos pero las novias que los usaban no eran mujeres normales… Me lo acuerdo todo como si fuera hoy: Ana, acostada en su cama, amarrada de brazos y pies, gritaba: “¡Saquen el vestido! ¡Quemen el vestido!”.

—Y claro, si está loca —dijo Gisel.

—Hasta entonces era la mujer más dulce que yo conocía. Pobre, tendrías que ver la cara de espanto… Recuerdo que contó que se encontraba en una sala iluminada, donde había unas increíbles pinturas en las que varios vestidos posaban como si fueran ángeles. De repente tenía un ramo de flores entre sus manos, y otro vestido, parado frente a ella, había comenzado a leer de un libro parecido a una biblia.

En ese momento entró el novio de Ana, si lo hubieses visto al pobre… ella siguió contando la historia, pero sin sacarle la mirada de encima. El vestido, permanecía suspendido en el aire, arriba de la cabeza de Ana, y contra su voluntad, sus brazos se levantaron y el vestido la engalanó.

—Fue sólo una pesadilla —le decía el novio—, un mal sueño.

Pero cuando él se acercó para besarla, ella lo mordió tan fuerte que lo hizo sangrar.

Y así, con la boca ensangrentada, dijo que ella aceptó, que sus piernas se arrodillaron, luego bajó la cabeza y tomó una copa de vino. Algo más tarde caminaba por el centro de la cueva, entre filas de vestidos de novia que gritaban: “¡Felicidades! ¡Hermoso vestido! ¡Buena elección! ¡Excelente, querida!”. Y ella se veía forzada a sonreír.

Ése pasillo la llevó de vuelta a su habitación, y tenías que ver cómo sufría porque no conocía el camino para volver a la cueva, y no porque ella quisiera volver, sino porque tenía que hacerlo… Pero el vestido se deslizó afuera y Ana con el mismo camisón que llevaba antes de salir, se encontró recostada y entonces gritó tanto que despertó a toda la familia.

Me acuerdo del padre de Ana, con la boca torcida y un cigarrillo a punto de caerse de sus labios; y la madre, que sentada en una silla le acariciaba el pelo, pero el pobre del novio no podía ni acercarse.

—Yo no creo en esos cuentos, mamá —dijo Gisel y levantó ambos hombros.

—No son cuentos hija, yo lo vi con mis propios ojos…

—Sí, pero el problema lo tiene ella, ella está loca, no yo. Y me alegro por el novio, peor hubiese sido tener que aguantar a una loca por esposa.

—Tal vez tengas razón… —dijo la madre, y al comprender que no podía disuadirla, le dio un beso en la mejilla y se fue a dormir.

Sola en la habitación, Gisel cerró los ojos, no había pasado ni un segundo cuando comenzó a escuchar una especie de tintineo…

 

© Juana Schultz

 

   

Otras publicaciones de

Juana Schultz

en Axolotl

© Revista Axolotl, Número 7