CRÓNICAS DE HORROR EN LO COTIDIANO

 Una tarde de oficina

 

Tendría que haberme ido del trabajo hace ya media hora, pero a nadie parece importarle. Estoy sentada en la silla giratoria de mi escritorio, me pongo los anteojos, me hago un rodete con la gomita que hace juego con mi pulóver rosa y atiendo la última llamada del día (o al menos espero que ésta sea la última llamada).

Me siento especialmente relajada, anoche no podía dormir así que tomé dos valiums, después todo fue una especie de sueño esponjoso y agradable hasta este mediodía, cuando sonó la alarma del despertador.

Mientras le explico a la vieja del otro lado del teléfono que no puede entrar gratis al parque, que cobrar un arancel no es cosa de ladrones y que deje de hablar como una vieja retrasada, entra en el pasillo una gorda: sus labios brillantes, carnosos, pintados de rosa fuerte, comienzan a moverse cuando aún sostengo el auricular en la mano. Sin importar las señas que le hago, ella sigue hablando.

Ahora no escucho ni a la vieja del teléfono ni a la gorda.

—Aguarde un momento, por favor —le indico a la señora del teléfono—. En cuanto termine de hablar —digo esto señalando el tubo que todavía está en mi mano y mirando a la gorda con desprecio—, apenas cuelgue la atiendo. Si quiere, mientras tanto, puede tomar asiento ahí —señalo un sillón de los del fondo del pasillo.

La gorda no se mueve de mi lado y me mira. Empiezo a hablar más lento, a darle a la vieja más explicaciones de las que me pide, a ser más amable y servicial que lo que nunca había sido hasta ahora. Pero la gorda sigue ahí, sin moverse.

La mujer del teléfono dice adiós sin que yo pueda retenerla ni un minuto más. Escuchando el tono del teléfono, me pregunto si ya debo colgar el auricular  o si mejor finjo seguir hablando, pruebo, quizá la gorda se cansa de esperar y se las toma.

Pero al rato tengo la sensación de que el teléfono pesa más de tres kilos y de todas formas el murmullo inentendible y agotadoramente monotonal de la gorda no para.

Cuelgo.

Ahora se me acerca. Veo sus aros dorados colgando de su oreja, deformando el agujero que se convierte en una raya. Sus cejas pintadas de negro, las uñas rojas, un saco a la cadera, de lana, también rojo. Y me duele la cabeza.  Y ella trae consigo un par de bolsas sucias de las que saca otra bolsa más pequeña y un álbum de fotos. Dice algo de su hijo, que está buscando trabajo o algo parecido.

—No debería meterse en los asuntos de su hijo —le digo. Enciendo la computadora en algún programa que desconozco y empiezo a probar las funciones (siempre hago eso cuando me aburro).

—Es que… yo —dice la gorda—, yo… soy la mamá y yo vi a muchas madres que ayudan a sus hijos a conseguir trabajo y ellas se lo consiguen así nomás y…

Por el pasillo se acerca mi jefe, tengo la esperanza de que me pida algo, viene con un diario bajo el brazo y sus anteojos colgando del cuello. Lo miro, él me mira, me hace una seña y sigue de largo, apurando el paso.

—No creo que su hijo esté contento sabiendo que usted se mete en sus asuntos —le digo a la gorda.

El programa de la computadora que abrí hace un rato queda colgado en alguna página sin que pueda salir, así que reinicio la máquina.

La gorda dice algo más y saca otra foto, una de su hija, que no necesita trabajo porque ella, (la gorda rinoceronte) le enseñó bien, y la casó con uno de plata. Mi cabeza da vueltas y la cara de la gorda se me aparece  multiplicada, como en un prisma: los ojos – la nariz – la boca – los ojos – la nariz – la boca…

La gorda hace una pausa, espera que yo diga algo, pero no lo hago y la miro y pienso que este mastodonte me está haciendo perder el tiempo.

—Yo no soy madre de varones —dice de repente—. Lo mío son las nenas…

Y qué puedo hacer yo, ¿eh? Hubiese abortado, hubiese usado forro en lugar de quedar embarazada y arruinarle la vida a esos hijos que deben ser un par de estúpidos ahora.

—Aha —mascullo, y siento subir una ola de calor a mi cara.

—Yo quiero que tu jefe hable con el señor Moreira —sigue la gorda, sin remedio—, porque la secretaria de ahí me dijo, porque yo a la secretaria la conozco porque le vendo bijouterie a la madre aunque no sabía que era la hija ni me lo imaginaba…

La mujer no para de hablar y yo estoy a punto de tirarle la botella de agua por la cabeza, estoy a punto de escupirle y de gritarle que si sigo escuchándola hablar un minuto más ni siquiera voy a pasarle el mensaje a mi jefe y olvídese del trabajo y deje tranquilo a su bendito hijo y mejor vaya a dar de comer a las palomas en la plaza Constitución.

Pero en lugar de eso sonrío.

Siento unas gotas de transpiración recorriéndome la frente. Saludo a Mariano, creo que es Mariano aunque no logro distinguirlo bien por el vidrio ahumado del pasillo. Ahora sé que soy la última persona que queda en toda la oficina, yo y la gorda.

Vigilo la hora. La gorda se acodó en mi escritorio y ahora me pide un mate.  Ya pasan de las seis de la tarde.

Mi computadora sigue sin arrancar, me arrepiento de haberla reiniciado, ahora voy a tener que quedarme hasta que encienda, y sólo para apagarla. Y no tengo nada para hacer salvo irme, y sacar a patadas a la gorda y su grasiento estómago de rinoceronte.

—Qué bueno que vos me escuchás —dice la gorda y se levanta.

La miro mientras se va por el pasillo y llama el ascensor.

—¿Vos decís que me va a dar bola? —pregunta asomándose.

—No sé —le contesto, pero no parece suficiente—. No sabría decirle.

Ella se va alejando, yo escucho mis músculos descontracturándose.

—¿Cómo es tu nombre? —la Gorda me agarra con la guardia baja, así que me levanto de un salto.

—Johanna —le digo, y guardo mis cosas y pienso en la posibilidad de que reaparezca. Recuerdo la lima de metal que tengo en la cartera y me veo clavándosela en el ojo derecho y tirando hacia fuera, y después veo el ojo en mi mano. Y luego el cartel en la oficina: “Esto es una recepción, no un consultorio terapéutico, no queremos saber de sus problemas”, y debajo, pegado con cinta scotch, con la pupila mirando hacia fuera, el ojo.

La gorda sigue hablando a medida que se aleja. El ascensor abre las puertas, pero ella lo deja pasar. Saco la lima del bolso.

—No te preocupes —me dice y presiona el botón para llamar el ascensor que abre sus puertas de inmediato porque todavía está ahí, porque no hay nadie más en el edificio—. Mañana vengo a ver si lo engancho a tu jefe y le hablo yo misma, porque el fue el padrino de mi boda ¿sabés?

Corro por el pasillo con la lima en la mano y la cartera colgándome de un brazo, sintiendo el metal ya recalentado entre mis dedos.

—¡Espere! —le grito—. ¡Espere!.

La gorda detiene el ascensor, entro. Me apeno por ella cuando las puertas se cierran y el murmullo de su voz sigue royendo mis oídos.

—¿Ya era tu hora de irte? —pregunta y sus labios rosados me miran sonrientes. Cuento hasta tres mientras el ascensor anuncia que estamos en el piso nueve, pero no tengo paciencia. Lo detengo.

—¿Te olvidaste algo? —otra vez los labios.

—Sí —le digo secamente y creo que sonrío, acariciando la lima. Sacándola del bolso.

 

Tan sólo un minuto después salgo del ascensor. Camino a casa pienso que mañana a primera hora voy a llamar a la oficina para avisar que no voy, que no me siento bien. Y empiezo a ensayar mi voz de enferma.

 

© Juana Schultz

 

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