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CRÓNICAS DE HORROR EN LO COTIDIANO |
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La casa por un bicho
¡aaaaaaaahhhhhhh! Desde el comedor escuchamos el grito agudo de Sol, la más chica de mis hermanas, y salimos en una carrera atropellada para socorrerla. El grito no cesó hasta que la encontramos: agazapada en un rincón, comprimiendo los ojos. —¿Qué te pasa? —le preguntó Jacqui, la mayor, mientras la apretaba contra su pecho consolándola—. ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? Sol apenas se animó a estirar el brazo, señaló las cortinas pálidas de los ventanales y volvió a cerrar los ojos. Miramos sin entender. Me acerqué despacio, moví la cortina y entonces la vi: ¡Era enorme! ¡Una avispa enorme! Negra, no… roja, sus patas delanteras colgantes y su cuerpo moviéndose, como si quisiera camuflarse entre los pliegues. Me pareció en el momento que mediría al menos veinte centímetros y era ancha; ancha; gruesa; gorda. Tal vez estaría embarazada o hinchada o… infectada. Retrocedí. Pude notar por el rabillo que mis hermanas se alejaban. Por un momento sentí que jamás podría alcanzarlas, la enorme avispa me mataría. Se bamboleaba, y con su aguijón hacía oscilar la tela de la cortina, asomando sus patas y el vientre inflado. Y yo apresuraba el paso. Y ella se asomaba más. ¡A poco sus antenas me tocarían! Escuché un portazo, seguido de la voz alarmada de Jacqui “¡Corré!”. Y un gemido de mi hermanita menor. Corrí, escapando de la avispa, sin lograr sacar de mi cabeza su imagen. Me vi rompiendo jarrones tratando de matarla, y la maldita avispa salvándose; tropezando con los sillones, mientras ella me atacaba; agitando mis pies bajo el ritmo de la maldita avispa embarazada. Maldita, maldita avispa infecta. Y corrí sin parar, temiendo a cada paso que me pinchara. Pero nunca lo hizo. Ya del otro lado de la casa, todo parecía despejado, limpio. Y sin embargo, mis hermanas tiritaban bajo el acolchado de mamá y papá. Y yo, todavía jadeando, me metí en medio de las dos. Entre nuestros sollozos, apenas logramos escuchar la puerta de entrada abriéndose. —¡Mamá! —gritó Sol, sin poder contenerse—. ¡Mamá! Las tres corrimos hasta el living, ella estaría en el piso… muerta, asesinada por la horrenda avispa. Para cuando llegamos, mamá ya le había echado uno de esos líquidos venenosos y la avispa caía. —Como un chorlito —, dijo mamá sonriendo. Aun así, la impresión, la huella había quedado grabada a fuego. Desde esa noche, y durante los meses que nos tomó vender la casa, mis hermanas y yo sufrimos pesadillas. El ruido de la avispa nos despertaba por las noches, el zumbido, el movimiento de la cortina ondulante a nuestro paso por el living. Hasta el último día nos mantuvimos alerta. Hasta la tarde en que nos mudamos y Sol quiso asegurarse de que la avispa no acechaba escondida detrás de la cortina. Descorrimos el costado izquierdo. El nido: un tubo alargado, tal vez de barro, negro. Y el zumbido, el terrible y agudo zumbido que ahora mismo oigo resonar entre las teclas de mi máquina, persiguiendo mis dedos.
© Juana Schultz
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© Revista Axolotl, Número 5 |