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CRÓNICAS DE HORROR EN LO COTIDIANO |
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A mitad de la noche
Me despierto. Soñé que me hacía pis encima. Me muero de ganas de ir al baño. Abro los ojos, me envuelve una terrible oscuridad. En la ventana veo el cielo azul oscuro, sin luna, ni una nube. Una sombra negra cruza en medio de la ventana. Gustavo se revuelve inquieto entre las sábanas, quisiera despertarlo. Es como si intentara avisarme, advertirme que algo está por ocurrir y yo pienso que ya tendría que haberme acostumbrado a este horror en mitad de la noche. El reloj digital de la mesita de luz marca las tres y treinta en números rojos. Me doy vuelta y me tapo, es casi la tercera vez esa semana en que me despierto justo a las tres y treinta. Pero no aguanto. Miro una vez más a la ventana, como rogando que la noche no se sienta invadida porque me desperté. Me siento en la cama. Agarro la bata, las chinelas y me paro, el rugir del viento se cuela por debajo de la ventana, apuro el paso. La escalera de madera en forma de caracol me va acercando al frío de las habitaciones de abajo. Enciendo la luz y por alguna razón suspiro. Voy camino al baño frotando mis manos que parecen congeladas. Entro y salgo casi de inmediato. Y vuelvo sobre mis pasos, haciendo el recorrido a la inversa. Apago la luz y la casa vuelve a sumirse en la oscuridad. Subo la escalera, el olor de la madera está también congelado. Escucho el movimiento de Gustavo en la cama. Tengo un presentimiento: algo malo va a suceder. Me salteo un escalón a propósito, pero ya es tarde. Muy tarde para volver a acostarse esa noche. Los pasos de él en la habitación me relajan. Está despierto, ya no soy la única intrusa en la noche. Tres escalones me separan de la puerta de mi habitación, cuando lo veo asomarse. Parado en el umbral, mirándome, con las manos a la altura de la cara, sus puños cerrados y su cuerpo tapando todo el ancho de la entrada. —¿Te despertaste? —digo sin poder evitar el temblor de mi voz. Pero él no responde y empieza a batir sus brazos en el aire, tanteando con un pie el escalón de abajo. —Gustavo… Gustavo, ¡soy yo, Juanita! Pienso en retroceder, en gritar con más fuerza, pero ¿y si eso lo asustara? —Mi amor —insisto, tratando de tranquilizarme, calculando mis movimientos, midiendo los de él—. Mi amor, soy yo. He decidido subir. Él me empuja contra la pared y yo grito. Y grito “¡Soy yo!, no pasa nada ¡Soy yo! No me lastimes”. Caigo unos escalones y no sé cómo me detengo en el aire cuando ya empezaba a dar vueltas. Él me sostiene. Por primera vez siento que me mira. —¿Estás bien, mi amor? —me dice mientras me ayuda a levantarme y nos volvemos a acostar—. Tenés que tener más cuidado en la escalera. —Sí, estoy bien —le digo, todavía algo nerviosa—, mejor dormite. Le acaricio la espalda y pienso que nunca voy a acostumbrarme, nunca voy a dejar de tener miedo a “la mitad de la noche”.
© Juana Schultz
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© Revista Axolotl, Número 4 |