CRÓNICAS DE HORROR EN LO COTIDIANO

 

 

La sábana protectora

 

 

¿A cuánta gente le pasará esto? ¿Cuántos sufrirán del mal del miedo, del miedo a la soledad, a la oscuridad, a los espectros de la noche? No me gusta (no  puedo) acostarme a la noche —cualquier noche— sin cubrirme siquiera con la sábana. Acostarme desnuda, como Dios me trajo al mundo, en posición fetal, pero sin taparme, aunque más no sea los pies, con la sábana; aún esas noches en que la temperatura no baja de treinta y cinco grados.

Me acuesto con la sensación de muerte, siento un frío helado que me eriza la piel y me estremece el cuerpo —mi cuerpo desnudo—, apenas cubierto con la sábana que en ese momento me tapa hasta el comienzo de los labios.

Es quizá el motivo o tal vez la probable consecuencia, la que me lleva a levantarme de golpe, a recorrer la habitación antes de ponerme el pijama y asegurarme de que la cama está armada. Abro un costado, me acuesto y de inmediato me tapo. Y como soy la última en acostarme —le pregunto a mi compañero ¿dormís?.  No me responde—, entonces ya no puedo dormir.

La sábana deja de ser suficiente, pero no puedo sacármela de encima, ni quiero en realidad. Me protege contra los malos ruidos de la noche —afuera una mujer pega un alarido, los perros no cesan de ladrar, un niño llora y sobre mi casa, en el techo, hay ruidos de pasos—, y la sábana me cubre desde los pies hasta el mentón, pero los ruidos persisten.

Algunas veces me creo valiente —mi cuerpo y mi corazón moviéndose a destiempo—, me levanto de la cama y adquiero un poder inusitado, me siento gigante en medio de la habitación ¿A qué le habría temido antes? Salgo al pasillo armada con una escoba o un plato o, al menos, con un puño cerrado, apretado y rojo, y recorro la casa.

El temor más terrible se cumple: todo está igual, nada ha cambiado.

Ahora vuelvo a la cama, sabiendo que soy la única persona que está despierta —la única persona viva—, que si me quedo dormida el fantasma me asaltará en el sueño y tendré pesadillas, profundos sueños de los que tal vez jamás podré despertar.

De repente entiendo el problema: pasé casi la mitad de la noche mirando el techo en la oscuridad. ¡La luz!... sí, la luz. Enciendo el velador y mi compañero se despierta.

—¿Qué pasa?

—No es nada —le digo, aliviada de sentir una vida distinta a la mía, aliviada de no estar loca, sola en el mundo, en mi casa—, dormite.

El velador sigue encendido, la sábana me tapa hasta la nariz, puedo sentir mi respiración, oler mi aliento de hielo seco, oler el miedo. Abro un libro e intento leer.

En la ventana asoma una claridad: Es de día… Ya es de día. Me destapo, tiro la sábana a un costado de la cama, como si la despreciara, la hago un bollo y con la punta del pie la pateo al piso. ¡Bendita sábana!

Siento el cuerpo pesado mientras me preparo para ir a trabajar.

 

© Juana Schultz

 

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© Revista Axolotl, Número 2