El poeta debe morir
“…la poesía es como una maldición o como una bendición
que nos salva del diario morir”.
Jaime Sabines
Martiniano Colombretti no fue un poeta. Deseaba serlo, es verdad, pero no por amor a la poesía. Se me acercó en una de tantas tertulias y me dijo que su meta era llegar a la inmortalidad. Quería que sus versos traspasaran los tiempos y su nombre fuera reconocido en las letras de la humanidad toda. Pero Martiniano se negaba a leer poesía, a corregir sus escritos o siquiera a intentar el oficio de escribir. Él decía que todo eso no era importante. Me aseguró una vez, que el poeta tenía la obligación de suicidarse. Pensé, entonces, que la POESÍA, eso que yo llamo poesía, que habla de la existencia y dice el decir más profundo; esa que siempre conmueve es, ni más ni menos, uno de los actos de VIDA más hondos, mas comprometidos. Parir desde la palabra. Parir vida y muerte: profunda manifestación de caos, de armonías. Eso que sentimos, eso que siente el poeta y que transcribe como una creación deliberada desde sus pasiones, sus miedos, sus amores. Eso es poesía y justamente eso hace a la vida, la manifiesta y la reinventa. El poeta vuelca en su poesía todo cuanto siente, le dije, y el sentir es propio de la vida.
Lo cierto es que Martiniano Colombretti no tenía ningún talento. Había nacido, el pobre, carente de toda habilidad y pensó, quizás después de leer algunos seudo-poemas publicados en internet, que escribir poesía era fácil, demasiado fácil. Hay que elegir palabras lindas y apasionadas, y ya está, decía. Supongo que le presté especial atención por lo grave de su caso: padecía I.A.T (Ignorancia artística total).
Intenté explicarle que la belleza es una de las características de la poesía pero que, sin embargo para el poeta, la belleza de un texto no es fruto de una emoción desmedida. Para el poeta, la belleza brota de una forma racional de manifestar esa excesiva pasión; porque la poesía es el arte de expresar; de fundir experiencias, expectativas; de moldear cuerpos y almas con la máxima meticulosidad en el empleo de las palabras. Tallar un texto, embellecerlo y perfeccionarlo hasta que sangren las manos de tanto trabajo, hasta que duela el cuerpo y los ojos lloren de cansancio y podamos decir lo que decimos de la forma más completa.
Pero Martiniano me expresó su certeza: nada de eso era importante para lograr su fin. Solo tenía que escribir algo un poco loco o romántico y después morir. Pero no morir de viejo, para eso le faltaba mucho. Morir trágicamente como tantos poetas y ahí, junto a ellos, permanecer en la perpetuidad.
Muchos poetas murieron de forma trágica, recuerdo haberle dicho. Es cierto también que muchos de ellos se han instalado en la memoria perpetua de la poesía. Pero esa muerte por absurda o drástico no es el porqué de sus presencias. Lo que persiste no son sus nombres, ni siquiera la desdicha de sus muertes. Lo que queda es la vida de sus versos, sus poemas. Si no hubiesen escrito lo que escribieron hoy no serían más que un “no recuerdo” de alguien que tal vez existió. Y son muchos los ejemplos que respaldarían esto que digo, que le dije a Martiniano. Pero tal vez, sea suficiente la mención de uno de ellos y la muestra de aquello que escribió.
Cesare Pavese se suicidó.
Pero no es su muerte lo que queda en nuestras memorias, sino la intensidad y la belleza de una muerte nacida desde sus palabras, de unas palabras que no pueden hacer más que perdurar:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo—. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito callado, un silencio...
Al contrario, y eliminando así todo vínculo entre la permanencia y el suicidio o la tragedia, encontramos a otro poeta italiano: Salvatore Quasimodo. Su vida fue de lo más normal. Murió a causa de un problema de salud, a una edad considerable y, sin embargo, poemas como Y enseguida anochece no pueden más que perpetuarse para siempre:
Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida anochece
No se trata entonces de la muerte y sus circunstancias, de la vida y su intensidad: sin las palabras, sin el amor a la poesía y la búsqueda de la belleza en lo que se escribe, no hay posible inmortalidad.
Desde hace ya mucho tiempo nada sé de Martiniano Colombretti. Despareció de pronto de las tertulias y de los café literarios. Sólo me dejó el recuerdo de su nombre, de la gravedad de su padecer, una carta que no sé en dónde puse y tres versos que no recuerdo.
© Karina Sacerdote
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