Fotoficciones:

 

La siesta silvestre

 

 

Ocurrió en el Salto Oriental, uno de esos domingos que la gente del pueblo sabe aprovechar desde temprano, antes de que el sol arrecie y se extienda el dominio de la siesta al reparo fresco de paredes centenarias y altos techos.

Pero el turista de paso es incauto. Decidido a aprovechar el día recorrí el pueblo desde la estación hasta el río. Caminé por la calle Uruguay aún sorprendido por la actividad infrecuente para esas horas y, finalmente, paré a descansar en los bancos anchos de la plaza.

Pronto noté que los árboles perdían su sombra diagonal. Mi banco iba quedando cada vez más expuesto al sol y la brisa traía ahora un hálito caliente. Miré a la calle Uruguay y confirmé mis sospechas: los cautos uruguayos habían corrido a guardarse. Nadie en su sano juicio se entregaría a este sol de mediodía.

En esa soledad súbita sentí un temor instintivo, como si me hubiese perdido en los peligros del monte misionero. De quedarme al sol –pensé— quién sabe qué fiebre acabaría por desmayarme.

Con ese mismo instinto alerta detecté un conjunto de sombras allá en medio del pasto y los canteros floridos, bajo la fronda de un jacarandá. Al Este y al Oeste llueve y lloverá, una flor y otra flor celeste del jacarandá. Pero esas flores resplandecen en un fulgor lila, las caídas en el suelo son el reflejo plano de las pendientes en el árbol.

Me recosté cerca del tronco, la vista perdida en ese juego de niveles coloridos entre las ramas negras. Podía improvisar una siesta decente ahí abajo. Hasta la brisa parecía un poco más fresca en la sombra difusa.

Antes de pensarlo ya me había dejado seducir por la resolana tibia y mis párpados cedieron a su propio peso.

Al principio no le presté atención, parecía obvio que su aparición era parte de un sueño de duermevela.

—Vengo a advertirle —me dijo.

Encandilado por el fulgor que lo había precedido reconocí una silueta de hombre con sobretodo o capa. Con este calor y sobretodo.

—¿Advertirme?

—O si quiere: aconsejarlo.

En esa cara que ahora se facetaba en las sombras vi una expresión conocida, las facciones flacas, la barba un poco desprolija.

—¿Y qué viene a aconsejarme?

—Que deje de escribir.

Definitivamente, pensé, esto era un sueño. Divertido dije:

—¿Por qué habría de hacer tal cosa?

Quiroga, Horacio Quiroga, tal era el parecido que le encontraba a esa figura extraña de mi sueño. Nadie más que yo conociera podía encajar en el estilo decimonónico y esa mirada intensa, cercana a la locura. Lógico, seguí pensando, soñar con Quiroga en la ciudad que lo vio nacer y perderse en el exilio de mil junglas.

Ajeno a mis elucubraciones, el espectro de mi sueño se sentó justo enfrente, en el pasto de la plaza desierta. ¿Cuánto detalle puede uno soñar? Cómo reconocer imaginerías o realidad en esas arrugas asimétricas de las cejas, en esos pelos blancos escondidos entre las barbas, en las manchas ocres, rústico tabaco misionero tal vez, en las yemas de los dedos.

—Las razones de los hombres no explicarían el porqué —sentenció—. Pero es necesario que me preste su atención.

—Con todo gusto.

—Sabe usted, seguramente, que el autor anda por ahí dando vida a su antojo a infinitas creaturas. Imagina hombres y mujeres, vidas y muertes, nichos, mundos y universos. Les da voz a esas imaginerías, las difunde, las entrelaza, compone ficciones que aspiran a la inmortalidad. Dígame si no es cierto.

—Sí, es cierto.

—Por mucho menos, Dios castigó las ambiciones de los pueblos y su Torre de Babel. Anhelar ser Dios, el pecado inédito del Viejo Testamento.

—¿Entonces, según dice, cometo dos por tres el peor de los pecados?

—Hay peores, pero el Infierno se ha modernizado: no discrimina.

Horacio o su sosías no sonrió, había nombrado la morada del Señor de las Tinieblas con un respeto arcano. Realmente deseaba impresionarme, lograr en mí un efecto, pero…

—¿Por qué yo?

—¿Es usted o no escritor?

—Bueno, sí. Trato.

—¿Entonces?

—Hay tantas siestas mejores donde presentarse a dar estas advertencias. Digo, en este preciso instante Sábato cuenta ovejas ciegas en Santos Lugares. Chuck Phalaniuk, no sé la diferencia horaria, estará imaginando nuevas atrocidades para pasar en limpio. Hay miles de tipos allá afuera más talentosos, más publicados, más leídos…

—Y más condenados.

—¿Todos?

—Casi todos. Ya le dije: no busque las razones de los hombres. Me ha tocado a mí advertirle a usted esta verdad. Le encomiendo que la considere.

No llegué a decir nada más. Casi como había venido, pero sin fulgores de más allá, Quiroga se esfumó.

Y no desperté. Simplemente me quedé mirando ahí donde había estado él, hablándome a la distancia de un paso. Por una calle lateral pasó un anciano pedaleando una tricicleta cargada de cartones y botellas. FLETE, leí en un cartel garabateado en carbonilla.

De regreso en Buenos Aires sigo creyendo que en todo esto no ha habido ficción ni sueño ni alucinación. Un tipo ha venido de otro plano a hacer su trabajo y lo he escuchado. Lo he escuchado como quien atiende al telemarketer que destruye una siesta para ofrecer una dudosa verdadera ganga. No es que no crea en su advertencia, sería un cínico. Pero es que no puedo contra mi vanidad. Escribo estas líneas y pienso: ¿por qué algunos están condenados y yo a salvo? ¿Qué tienen ellos que no tenga yo? Mientras tanto escribo. Ya van a ver, malditos.

 

© Texto y foto: Luis Cattenazzi