Fotoficciones:

Una fotografía + una ficción

 

Un beso, Cali y Gardel

 

 

Si por la Quinta vas pasando

es mi Cali bella que vas atravesando.

 

¿A cuántos hombres tengo que matar para poder darte un beso?

Le dijo el hombre, el argentino, con un tono porteño inconfundible. Se lo dijo dentro del baño de mujeres de Tin Tin Deo, ocultándose los dos, se lo dijo inmerso en toda esa cultura de la rumba.

Y es que Cali hierve, de noche y de día hierve. Y esa noche, en la calle Quinta, en el baño de mujeres de un bar salsero, ese argentino le preguntaba a una caleña ¿A cuántos hombres tengo que matar para poder darte un beso?, y los labios casi se rozaban, casi cosquillas, casi.

— ¿Qué hubo?

Entró una mujer y los vio y habló tan caleño, se persuadieron del lugar dónde estaban, se desarticularon enseguida, las bocas se alejaban, se separaron mucho más rápido de lo que querían, y salieron del baño, ella un minuto después acomodándose la falda por las dudas.

Salir a la calle Quinta todavía con la salsa resonando en los oídos.

—Lo veo en Baco mañana, bien tarde por la noche.

Le dijo ella, sin tutear porque en Cali no se tutea,  y le guiñó un ojo. Siguió hablando.

—El baile estuvo rico.

Y se fue con sus amigas y amigos.

Baco, ahí tenía que ir para encontrarla de nuevo, ¿qué lugar sería ese?, un lugar con el nombre romano de Dioniso, el símbolo de la fuerza vital y descontrolada de la creación artística. Baco, a la noche siguiente.

Y ella, la caleña, le decía que el baile estuvo rico, ¿y el beso? ¿Para cuando ese entrechocar los labios y los brazos y las pieles y el resto?

Rico. Todo era rico, ella, la noche caliente de Cali, la calle Quinta y las obras del MIO, a lo lejos los rascacielos del centro, al fondo el barrio de Siloé en plena ladera. El valle de Cali, dónde el América y el Deportivo, donde la salsa y el Cártel, el rio Pance y la parsimonia de aquel paseo, la Universidad del Valle y sus pintadas rebeldes. Santiago de Cali, y las caleñas.

Pasó todo un día al sol febril de la ciudad, y a la noche se dispuso a buscar lo que tanto quería.

¿A qué hora termina la noche en Cali?

Le preguntó el argentino al taxista que le paró de buena manera.

—Nunca.

Le dijo el conductor. Ya no había ni buses ni busetas a esa hora.

—Vamos a Baco.

Dijo el argentino, y el taxista entendió, porque en Cali todo se entiende.

El trayecto fue por la Quinta, y el porteño recordaba imágenes de la ciudad que transitaba. La plaza Caicedo, la San Francisco, la loma de San Antonio y las pilas de gelatina de pata, las Pony Malta, los helados de Paila. El taxi marchaba por la principal calle caleña, entre el asfalto levantado y las vallas públicas de las construcciones. Iban en dirección al centro de la ciudad, hacia Baco.

El taxi frenó.

—Baco.

Dijo el taxista y sus cejas señalaban la entrada de un bar-cantina. El argentino le pagó los casi 8000 colombianos que marcó el relojito, bajó y pisó Cali de nuevo, pisó la vereda de Baco.

En la puerta del bar, dos hombres jóvenes fumando. El argentino pasó entre ellos mascullando un saludo. Entró al bar.

Sonaba un tango. Cantaba Gardel.

Baco se mostró en todo su esplendor, porque el tango de fondo y porque las mesas, todas, estaban vacías, la ventana abierta, los jóvenes en la puerta, fumando, el viejo sentado detrás de la barra, el pelo encanecido, el cigarro, el viejo leyendo. Y a un costado del viejo, viéndolo todo, estaba Gardel. Un retrato de Gardel custodiaba Baco.  

El argentino se acercó a la barra, un sinfín de discos descansaban apilados en los estantes. El argentino los miró, los recorrió con la mirada. Murmuró.

—Pugliese, Gardel, Troilo…

—Son todos de tango.

Dijo el viejo sin levantar la vista del libro que leía, dijo el viejo sabiendo que todo eso era productor del azar del accidente de Gardel en Medellín.

Y ahí fue que oyó los tacos, los pasos inconfundibles de la caleña de la noche anterior. Apareció desde la trastienda del bar, vestida impecable, entre los cajones de cervezas y aguardientes. El argentino se separó de la barra y la miró de los pies a la cabeza, el tango seguía sonando.

—Qué rico verlo acá.

Susurró la mujer, y él dio uno, dos, tres pequeños pasos hacia ella. La mujer con un gesto lo hizo detener a mitad de camino, faltaban dos metros o tres para tocarla y besarla. Gardel miraba desde atrás de la barra, desde el retrato, y cantaba en los parlantes. Así cantaba Gardel.

—Cinco.

Dijo ella, bien claro lo dijo.

—¿Cinco?

Preguntó el argentino que tenía ganas de alcanzarla sin más preludio.

—A cinco hombres usted tiene que matar para poder darme un beso.

Y ahí fueron los pasos de los dos hombres jóvenes por detrás de él, y fueron las siluetas de otros tres por detrás de la mujer, y fue el viejo que no levantaba la vista del libro y fue Gardel que seguía cantando como si nada distinto fuese a suceder en el bar aquella noche.

 

© Texto y foto: Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

 

 

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