Diálogo sobre la lectura
“Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído”.
Jorge Luis Borges, Elogio de la sombra (1969).
Antes de entrar al consultorio, me miro en el espejo del pasillo. El traje, la camisa, el cinturón, los zapatos, incluso el tono de mi piel y, obviamente, el pelo: todo gris. Debo estar cansado —me digo—, esto es imposible.
Los ojos marrones de una chica de once o doce años penetran las páginas de un grueso volumen. Sentada sobre un sofá, viste un jardinero gastado con un parche rosa a la altura de la rodilla izquierda, una remera blanca y zapatillas rojas.
Somos los únicos en la sala de espera del odontólogo. Ella levanta la vista y me sonríe.
—Disculpe. ¿Se puede saber qué está leyendo?
—Me faltan doscientas páginas para terminar David Copperfield —me dice mientras marca la página con su índice regordete. Y es muy triste.
—Triste. ¿Por qué triste?
—Porque se acaba. Voy a extrañar a David, a Traddles, a Urías Heep y a Agnes, sobre todo a Agnes.
Miro mi reloj. Las agujas, grises, se arrastran. Ya van quince minutos de retraso. Nadie respeta mi tiempo. Nadie.
Enciendo un cigarro. Me encanta fumar en lugares cerrados. Y que el gusto a tabaco impregne los muebles, las paredes, las plantas.
Je, je.
Vuelvo a mirar a la chica. Ella retoma la lectura. Un resplandor amarillo se desprende del libro de Dickens e ilumina su piel suave. Tal vez, ella esté viviendo un momento mágico.
La interrumpo.
—¿Cómo se llama usted, señorita?
—Momo, señor hombre gris. Pensé que me conocía. ¿No leyó acaso la novela de Michael Ende que lleva mi nombre?
—¿Qué?
Ella deja el libro a un costado y me mira con sus ojos redondos e inteligentes, como si yo fuera su mejor amigo.
—Y usted, Momo, ¿para qué lee?, ¿no le parece una pérdida de tiempo?
Ella ensaya algunas perogrulladas: que le fascina la lectura, que se lo pasa en grande; pero que, además, la lectura es aprendizaje, enriquecimiento, nutrición. Que hay muchísima realidad en la fantasía.
—Soy huérfana, señor hombre gris, y le aseguro que Dickens me ha educado más que nadie.
Aspiro mi cigarro y largo un humo denso, de un fuerte aroma a gris.
—Además conocemos nuestra propia lengua de mano de los maestros del idioma.
—¿Los maestros del idioma? ¿Los del colegio?
—No, no. Me refiero a los buenos escritores. ¿Qué sería nuestro idioma sin ellos?
—Así como me ves —le hablo mientras me desabotono el cuello de la camisa— el fin de semana no tengo ni un segundo. Juego al tenis y al fútbol. Además, sigo el rugby, el golf, el básquet, a las Leonas, a los Pumas, y a los Pumitas.
—¿Le gusta el zoológico?
—No, no, querida, son nombres de equipos. Es todo por televisión.
Momo me sigue explicando las bondades de la lectura. Ella conoce el mundo gracias a la literatura. Incluso, ahora mismo está conociendo Buenos Aires, una ciudad de contrastes, algo más caótica que Baviera. Ha visitado Troya, la Tierra Media, Narnia, San Petersburgo, París. Y también ha deambulado por los círculos del Infierno en compañía de Virgilio.
Yo no puedo quejarme. Mi chequera y los negocios también me han llevado lejos.
—Además —la nena se ha inspirado— los buenos libros son sabios. Condensan, resumen lo que a otros les ha llevado una vida. ¡Cuanto más leo, soy más inteligente, señor hombre gris! Me hacen pensar, me ayudan a ponerle el nombre a las cosas.
Y la pequeña heroína toma una hoja rayada doblada en cuatro.
—¿Quiere que le lea algo ahora mismo en voz alta?
—Pero, ¿de qué se trata?
—Es una sorpresa. Confíe en mí.
—Si no hay más remedio…
Me ajusto mis gafas grises y espío su letra redonda, de colegiala. Parece un poema. Entonces ella —algo emocionada y con gran solemnidad— lee:
…Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Inteligencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!
—¿Quién es el autor?
—Juan Ramón Jiménez.
No se me mueve ni un pelo gris. ¿Quién será este tipo? Suena a un delantero de Banfield o de Huracán.
—Cada vez que me pongo a leer —continúa ella— me pregunto si la vida es así como la cuenta el autor, si realmente es así.
—¿Y?
—Y supongo que al autor le encantaría saber que muchas veces yo coincido con él.
—Me empieza a convencer, jovencita, pero lamentablemente no tengo ni un minuto para la lectura.
Momo arremete con nuevos argumentos. Está acostumbrada a las luchas contra hombres como yo.
—Uno necesita las palabras para todo. Para hablar, para escribir, para soñar. ¿Y dónde están las palabras sino en los libros? Están ahí, agazapadas, esperando saltar a nuestro interior.
Últimamente ha leído en inglés para afilarse con el idioma. El alemán y el español ya no tienen misterios para ella. Al principio, la lectura en otro idioma fue trabajosa. Algo así como un sacrificio, aunque parezca contradictorio. La “cosa” no fluía. Un auténtico parto. Por eso le debía tanto a Stevenson, a Lewis y a Rowling. Gracias a ellos, el inglés se le hizo amigable.
Se abre la puerta del dentista.
—Adelante, Momo. ¿Cómo estás, preciosa?
A la media hora ella sale. Nos despedimos.
—Adiós, Momo, fue un gusto hablar con vos.
Mientras me acomodo en el sillón, me doy cuenta de que acabo de tutear a Momo. Es una chica de lo más simpática.
El torno me tritura un diente como si yo fuera una calle que se debe reparar.
—Un buche y estamos.
—Bárbaro.
—Y durante las próximas dos horas no coma de ese lado. ¿Sí?
—OK.
—Y mejor, nada de deportes por hoy —me dice mientras nos damos la mano—. Puede llegar a latirle el arreglo. Se lo digo por si acaso.
Tendré que suspender el partido de tenis y buscar alternativas. Tal vez algún buen libro en esa librería de viejo, a media cuadra de mi casa. Claro que sí. Pediré algún libro que tenga colores. Colores y que hable de mi amiga Momo.
Una vez tomada la decisión, me siento extrañamente alegre. Aspiro aire de mar en plena Buenos Aires, aire fresco que renueva mis pulmones grises. Al cerrar la puerta, vuelvo a enfrentarme con el espejo del pasillo.
Sonrío al notar el inicio de una metamorfosis. Mis zapatos grises se oscurecen lentamente hasta llegar al negro puro. Mi corbata va recobrando el amarillo original.
© Michael Mullen
Michael Mullen en Revista Axolotl #27