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Los ingredientes de Pichon-Rivière
Otra tierra Nicolás Pichon-Rivière |
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La presentación del plato parece simple: libro de tapa dura, ilustración y una cinta con un mensaje —¿infinito?— difícil de descifrar. Pero los ingredientes de Nicolás Pichon-Rivière son variados.
Hay irreverencias simpáticas, como la de solicitar indulgencia divina por el acto hereje de resumir en una sola carilla los quince mil millones de años que llevó la Creación.
Algunas ilustraciones tras este resumen desmesurado, relatos en paralelo, pasajes de un recorte periodístico que cuentan una historia terrible, incluso una receta celeste: “… para obtener un sabroso planeta con vida y otros siete de adorno, mézclese en una sartén grande un poco de nebulosa solar, polvo cósmico, algo de gravedad y una pizca de fuerza centrífuga”.
Todo acompañado con una guarnición de apelaciones recurrentes al lector y puesta en abismo de los mecanismos narrativos: ciertamente, como bien dice Pichon-Rivière, contar lo que sucedió en el planeta hasta la aparición del primer invertebrado convertiría al cuento en algo muy aburrido. Sabe bien, como en el epigrama de Oscar Wilde, que el secreto de ser aburrido es contarlo todo, y así prefiere hacer “zapping”, cambiar de inmediato al “canal erótico” —las palabras no son mías, son de aquel narrador que asistió al principio de los tiempos— y nos muestra cómo una ameba confiesa el “te amo” fundacional.
De pronto, una “sobredosis de matemática” para un prodigio que se empeña en develar la influencia de los números en la creación, un genio que conjetura —por igual— que 6.585.600.000.000.000.000.000 es el peso estimado de la Tierra y que 178 es el promedio de semillas de sésamo en un pan de Big Mac de McDonalds. ¿Cómo no agradecer la audacia de mostrarnos fragmentos de esa tesis única que sigue la secuencia bíblica del Génesis de un modo tan inútil como revelador?
Y ahora, las malas noticias (sí, me reservé las malas noticias para el final). La primera página advierte: “Este libro debería haber llegado hasta tus manos por uno de dos caminos: o te lo regalaron o te lo encontraste”. No hay más medios lícitos —poéticamente lícitos, digamos— para gozar de un ejemplar de Otra tierra.
Una aventura de palabras e ilustraciones —este viaje, mi viaje— que no se agota en el punto final, en la luminosa página 219, que por fin explica cómo plegar y leer la cinta de Moebius que acompaña mi ejemplar. Recién es el comienzo. Las indicaciones son precisas, ineluctables, fatales: “Si te gusta el libro, regálalo; si no te gusta, libéralo”.
Las instrucciones están en www.otratierra.com, el meticuloso registro del diario de viaje para cada uno de los ejemplares.
La idea es atractiva, romántica, pero me va costar desprenderme de este libro.
Va a ser doloroso regalarlo y dejarlo partir.
© Miguel Sardegna