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—That's one small step for
a man; one giant leap for
mankind —dijo Armstrong,
un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad. Una especie
de niño adulto disfrazado de astronauta daba saltitos por la Luna, habían hecho
falta cinco mil años de civilización para llevarlo hasta ahí arriba. Algo así me
pasa con las películas que disfruto cuando me quedo en la sala el tiempo
suficiente para ver pasar los títulos del primero al último (ese número
romano ininteligible y más abajo la marca del fabricante del celuloide).
Cuando se comprende la dimensión de tamaño emprendimiento hay una sensación
de vértigo. ¿Qué clase de organización hace que toda esa gente trabajando un
año termine resultando en una película? Para mí es
un misterio, algo que miro de soslayo cinéfilo sin atreverme a ahondar. Ni
hablar por ejemplo de El Señor de Los Anillos o Piratas del Caribe que son triologías filmadas con precisión una tras otra como
relojitos. ¿Cine industrial? Puede ser, pero recuérdenmelo mientras me agarro
al asiento de adelante en una de las huidas trepidantes del Capitán Sparrow. En busca de
una clave, tal vez conviene arrancar en pequeño. Ir de a poco, paso a paso.
Preguntarse: ¿Qué implica filmar un corto de un minuto y medio? O mejor
dicho: una película que quepa en treinta metros de cinta. Algo así me
pregunté aquella vez que me colé en la sala del quinto Festival Buenos Aires
Rojo Sangre y entre cortos de variada calaña arrancó uno en blanco y negro
con una musiquita dulce y una dulce colegiala que le da de comer a su gatito Michifus… Martillazos, le da de comer.
Y para
contestarme, nada mejor que asomarme al making of del corto en cuestión de la mano de su director,
Matías Orta. “Me puse a pensar
en algo mínimo, pero también potente e impredecible”, dice. Cuenta que en su
primer boceto “el protagonista era un niño que, sentado en el patio, decide
agarrar a un pequeño gatito de meses y meterlo en una bolsa de terciopelo (o
de un material resistente, ahora no lo recuerdo bien). El niño se va y vuelve
con un martillo, que, muy feliz de la vida, descarga sobre la bolsa con gato
y todo.” Pero Matías
no estaba solo. Lejos de horrorizarse, fue su hermana Pamela la que
sentenció: “Va a ser más siniestro si la asesina es una nena”. No conforme
con la teoría, Matías hizo una prueba de martillazos delante de sus
compañeros del Cievyc. “Quedaron alucinados”, dice. Pamela es
seleccionada para interpretar a la nena del martillo. El otro protagónico, el
del gato, generó contratiempos. Tal vez el papel estaba maldito, no se sabe
bien. Lo cierto es que la segunda gata elegida, María Celeste, era vieja,
tenía varias lastimaduras y había sufrido un parto de gatitos muertos. Sin
embargo personificó a Michifus sin chistar, con
toda la energía de un animal recién retornado del Cementerio de Animales. Se define
el script del corto y una semana más tarde, entre
desórdenes sentimentales y personales, el director emprende el rodaje. Orta
nos cuenta: “Michifus se filmó el domingo 31 de agosto de 2003. La
locación, mi casa —más precisamente, la cocina—. El rodaje duró de las 11 de
la mañana a las dos de la tarde, y
trascurrió sin problemas, aunque hubo un momento en el que María Celeste
se negó a beber la leche que había puesto en el platito.” Para el
equipo, tal vez demasiado interiorizado en el género gore
no fue difícil encontrar una pronta solución: “Al final, alguien del equipo
sugirió reemplazar la leche por la carne picada que había comprado para
entretener al animal. Funcionó.” El corto le
debe mucho a esa Gioconda sadista que interpreta la
dulce colegiala, y eso lo reconoce Orta. Dice: “Pamela estuvo espectacular.
El objeto sobre el que descargaba los martillazos era el almohadón de uno de
los sillones del living”. No quiero
imaginar cómo es cuando le pega a algo de verdad… Luego vino
el verdadero hacer cine después de filmar: el montaje. “Tras aproximadamente
un mes —dice Orta—, pude ver el transfer del corto
en un laboratorio de Cinecolor. Todo lo que
habíamos filmado estaba ahí. (Los cortos de varios de mis compañeros tuvieron
inconvenientes: o la película se salió del carrete de la cámara, o la cámara
se jodió...)” El armado
estuvo listo para octubre de aquel año y Orta decidió cumplir su deseo
original de musicalizar el corto con el tema central de la película Forrest Gump. Hasta los
detractores y aquellos que dudaban de su efectividad quedaron encantados con
el contraste de la música tintineante y la estética filosa de la imagen. A la hora
de la proyección también surgieron, como en toda obra interesante, voces a
favor y en contra. Adscribo a la opinión de Orta cuando dice: “Como no podía
ser de otra manera, hubo gente a la que no le gustó Michifus,
sobre todo por el lado de los docentes. Tal vez ellos hubieran preferido
cortos más socialmente comprometidos, o algo tan experimental que no lo
entendiera ni el loro. Pero bueno, yo no filmo ni filmaré para gente con
semejante estrechez mental.” Así como lo
ven, este pequeño gatito comenzó a recorrer salas a partir del 2004. Primero
fue semifinalista en el III Festival de Cine Fantastico
Crepusculum. La misma tarde de la proyección Orta
se entera de la muerte de su gato fetiche: María Celeste. Meses
después, encuentro a Michifus en la sección Cortos
argentinos 1 del V Festival Buenos Aires Rojo Sangre. En
febrero de 2005 Orta dio con las bases del concurso UNCIPAR y mandó de paseo
a Michifus. De ser seleccionado, el director sería
notificado a principios de abril y su corto proyectado en el ciclo de Uncipar en Villa Gesell durante
los días de Semana Santa. Orta arregla sus vacaciones en Villa Gesell, pero llega abril y nadie lo llama para
confirmarle si su corto ha sido seleccionado. Sin
embargo, decide ir a Gesell a descansar y a ver
películas en el festival. Para su sorpresa, al final del listado de la
sección Pantalla Abierta fuera de competencia ve que figura: “MICHIFUS, de
MATÍAS ORTA”. Esa noche
asiste a la función de medianoche. Se entera de que son proyecciones donde el
público opina (a veces de manera destemplada) acerca de los cortos que se
exhiben. Orta no se amilana ante ese monstruo y además se anima a declararse
padre de la criatura (en tanto otros directores presentes en la sala
prefieren la seguridad del anonimato). Entre otros
cortos se proyecta Michifus y aunque la copia es
pobre el público enloquece con los martillazos. Alguien le alcanza el
micrófono a Orta, pero no sabe qué decir, cómo responder al alud de
preguntas. Mientras tanto el público corea por un bis. Al final de
la tanda de cortos el público vuelve a pedir que se repita el corto del
gatito. Orta de nuevo recibe el micrófono y esta vez sí habla para agradecer
a su público. Después, a la salida, lo intercepta un grupo de fanáticos del corto.
Más tarde
Orta definirá esa noche en pocas palabras: “¿Alguna vez se sintieron
Superman?” Pero aún le
restaba conocer las alegrías del segundo día. Para distenderse un poco asiste
a la proyección de más cortos de Pantalla Abierta, pero ya desde el principio
el público pide Michifus y vuelve a insistir una y
otra vez incluso entre cortos. “Está bien”, dice el proyeccionista, “A pedido
del público, MICHIFUS para el final. Porque si lo pongo ahora se van todos”. Cumplió lo
prometido. Tres veces, como el bis rabioso de esas bandas que nadie quiere
ver bajar del escenario. Sobre el
cierre del festival, en la atmósfera inmejorable de un fogón de amigos junto
al mar, Orta descubre que su corto ha impresionado a más gente de la
imaginada. Hasta los que no lo vieron lo recomiendan y otros tratan de
contarlo al que no lo vio todavía. Igualito a esas películas de culto a las
que le basta el boca en boca para ser suceso. Impulsado
por las repercusiones de ese festival, en 2005 el gatito trepa alto. Orta le
escribe a sus amigos: “Michifus también se coló en
el III Festival del FEISAL, que reunió los mejores cortos de escuelas de cine
de Latinoamérica. El evento tuvo lugar entre el 23 y el 26 de junio de 2005,
¡en el Malba! (Museo Argentino y Latinoamericano de
Buenos Aires). Por el cine del museo —ubicado en uno de los barrios más
elegantes de Palermo—, proyectan obras de genios como Orson
Welles, Hitchcock, Kurosawa, Scorsese, Coppola, Buñuel, Fellini, Polanski, Carpenter, Romero, Cronenberg...
No podía creer que Michifus fuera proyectado en
aquella misma pantalla. Superó cualquier sueño.” Tanta
actividad en la pantalla grande no pasa desapercibida en las revistas del
género. Primero fue
zonafreak, ellos registraron la participación del
corto en Crepusculum. En mayo de 2005 fue la
revista Haciendo Cine, la nota era sobre Uncipar.
Meses más tarde se publica una reseña en la revista La Cosa. Así se
filma un corto de un minuto y medio. Ojalá que en algunos años, cuando alguien
revise la filmografía completa de Orta, encuentren esta, su primera cinta, y
digan: “Un pequeño salto para Michifus, un gran
salto para Orta”. Luis Cattenazzi
Blog de Matías Orta >> Aunque esta nota peca de spoiler (¿cómo hablar de un corto de un minuto y medio sin adelantar su final?) no es ocioso que vean el corto ustedes mismos, de la mano de su director, Matías Orta, en su propio blog. |
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© Revista Axolotl, Número 17 |