Carfax:

historias de horror y fantasía

  

La fantasía, en una de sus acepciones, está definida como el grado superior de la imaginación. El diccionario nos dice con claridad que hace falta mucho más que el puro imaginar para sacar a flote una historia fantástica. También podemos encontrar a la fantasía definida como un pensamiento elevado e ingenioso. Me tranquiliza saber que no cualquier divague ingresa en el marco del difuso género fantástico. El horror, en cambio, se nos presenta como un sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso. Conclusión: una historia de horror fantástico mete miedo sólo con el nombre.

Por lo tanto, si un escritor nos propone un relato de horror —o fantasía—, y logra atemorizarnos con las actitudes de un monito de peluche, puedo conjeturar que el cuento supera ampliamente su cometido. Cosas como esas ocurren en las páginas de “Cuentos de La Abadía de Carfax”, una selección de historias que alternará —fusionando en ocasiones— la diversión con el estremecimiento, el espanto con la locura. En definitiva, el libro tratará de erizar los pelos del lector que se aventure en los relatos, y lo logrará.

Ejemplos como el del monito hay de sobra. Podemos inquietarnos con el horror —a veces sobrenatural— de una isla solitaria plagada de criaturas pavorosas, de una esposa que habla todo el tiempo de Jehová, de abuelas que saben demasiado y se esconden en la oscuridad de sus habitaciones, de tapices mágicos y orientales, de cerdos que tiran de un carruaje como si fueran caballos blancos, de bombarderos de la segunda guerra, de un duelo de facones en la oscuridad de un monte y hasta de una casa en venta que a pesar de las apariencias atrae —inexorablemente— compradores.  

Con el libro por delante, los naipes del horror estarán dispuestos al reverso sobre el paño verde de una mesa de juegos. El apoderado de esta abadía mezclará todas esas cartas e invitará a seleccionar alguna, cualquiera de ellas, mientras mira de soslayo desde la penumbra. Se intentará elegir entre las trece historias —vaya número—, escritas en el anverso de los naipes, teniendo en cuenta —mi queridísimo lector— que, una vez dentro de Carfax, el extraño croupier no aceptará como apuesta más que la sangre de los jugadores.

  

Martín Di Lisio

 

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© Revista Axolotl, Número 17