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El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones como el río del tiempo
¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa conjunción de los astros, en qué secreto día que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa y singular idea de inventar la alegría?
El vino y la alegría son la misma aventura, declara el poeta, sosteniendo una botella abierta de rojo espumante. Vino, alegría, buen humor. La revelación no es de Poe, ni de Hemingway. Tampoco de Bukowsky. No corresponde a ningún célebre bebedor. Borges es quien entona estos versos. Sí, ese, el de la poesía intelectual. Acaso arrastrando demasiado las erres, alargando in-ne-ce-sa-ria-men-te algunas palabras en una extraña música más cercana a aquella recitación que se produce en una bacanal que en un congreso de la lengua castellana. Insiste: “En el bronce de Homero resplandece tu nombre, Negro vino que alegras el corazón del hombre”. Ya no hay dudas, se trata de un canto de invocación a la Musa, a la única Musa que existe: aquella que embriaga. ¡Oh, vino! ¡Oh, dios de la alegría! Los griegos siempre supieron que el artista no era más que el mero instrumento de los dioses El artista nada podía hacer sin la intervención de la musa. Así, toda obra comenzaba con una invocación, con un pedido de auxilio. El grito más famoso, “canta diosa, la venganza fatal de Aquiles de Peleo”. Borges prefiere mostrarse aggiornado y menos elusivo que Homero, y expresa sin pudores de sobriedad: el vino es fuente de todo saber y alegría. Esta nota promete ser un alarde de ingenio y creatividad. Pero no nos conviene tentar nuestra suerte. Nunca es bueno desatar la ira de los dioses provocándoles envidia. Mandamiento número uno: honrarás a la musa de fino cuerpo torneado. Un hombre inteligente elige con mucho criterio a sus enemigos. Estaremos a salvo si seguimos los procedimientos burocráticos de rigor, bebiendo desde la primera “a”. ¡Salud! Para que la Musa se sienta a gusto con nuestra compañía, en esta nota prefiguraremos, prometeremos una buena idea, y luego la frustraremos voluntariamente. Así, el vino se sentirá partícipe de nuestra gloria. ¡Oh, bendito elixir del olvido, ayúdame a evitar anacolutos, cuida que mi gramática respete a Rafael Seco, a María Moliner, a Ortega y a Gasset! Alguno notará, a esta altura de la noche, que solicitud y concesión son lo mismo en esta nota. La invocación etílica de inspiración ya es la nota de graduación alcohólica que se anhela. Deseo y realización son una única cosa. ¿Nuestra respuesta a aquellos sinsentidos? Que más les vale seguir bebiendo. Aún no han alcanzado el estado espiritual necesario para comprender las sutilezas que se esconden bajo la superficie, hábilmente disfrazadas bajo la máscara del mamarracho. Sea como sea, habrá que hacerle caso a quienes saben. Cuenta Rabelais que cuando nació Gargantúa no gritó como otros niños: ¡Mi! ¡Mi! ¡Mi!, sino que gritó en voz alta: ¡A beber! ¡A beber! ¡A beber! ¿Qué fue primero, la sed o la bebida? Rabelais tiene su propia respuesta a tan complicado intríngulis: “Yo no bebo sin sed, si no presente, futura; la prevengo, como comprenderéis. Bebo para la sed venidera”. ¡Cantinero!, ¿no ve que mi copa está vacía? Guindado, por favor. Me gustaría probar ese guindado que tanto ha alabado aquel caballero, el de la mesa junto al hogar. ¿Quién? Sí, ese, Montressor. Ya lo decía Víctor Hugo en su canción báquica:
Amis, vive l´orgie, J´aime la folle nuit, Et la nappe rougie, Et les chants et le bruit, Les dames peu sévères, Les cavaliers joyeux; Le vin dans les verres, L´amour dans tous les yeux!
¿Qué? ¿Qué no han entendido un pito? Evidentemente siguen sin prestarme atención: alcáncenme sus copas, yo mismo vigilaré que me sigan el ritmo. La sobriedad les nubla el discernimiento. Recuerdo ahora otro poema de Víctor Hugo. No sé por qué me resulta tan familiar… juraría que acabo de escucharlo.
Amigos, viva la orgía, Amo la noche desenfrenada, Y el mantel colorado, Y los cantos y el ruido, Las mujeres poco estrictas, Los jinetes alegres; El vino en las copas, ¡El amor en todos los ojos!
Víctor le canta al vino… y a algún que otro dulce exceso provocado por el alcohol. También lo hace Goethe cuando grita “¡Nos acusan de embriaguez!”. Al parecer, el vino era una compañía preciada, pues le dedicó varios poemas. Y si no me creen, lean, lean. ¿Recomendaciones? El poemario Diván de oriente y occidente… si lo encuentran. ¡Ay, ay, ay, estos benditos editores que pretenden señalarnos qué leer con sus catálogos de ocasión!
Aquí estoy, solo ¿Dónde podría estar mejor? Bebiendo en soledad mi vino Sin nadie que me imponga límites Me hago de pensamientos propios
¡Cuánta razón tenía Goethe! Por eso sigo su ejemplo. ¡Salud! Aunque volviendo las páginas noto que aún no se me ha caído una sola idea propia. Temo que hay una parte de su consejo que me estoy salteando. No faltará quien me acuse de plagiador. ¡Ignorantes! ¿Nunca escucharon hablar de la intertextualidad? Si quisiera, podría ser más vivo, y citar textos anónimos, para que no me tachen de escritor poco inspirado. Podría citar el siguiente, por ejemplo:
Los reyes de Egipto y Siria querían que embalsamaran sus cuerpos para durar más tiempo muertos. ¡Qué locura! Bebamos a nuestro gusto, Hay que beber y beber más, Bebamos, pues, toda nuestra vida; Embalsamémonos, que este bálsamo es bueno
Si yo no les dijera que es un texto anónimo del siglo XVIII, bien podrían caer en la trampa y creer que es mío. Todos aplaudirían mi fabulosa ocurrencia, y me idolatrarían de aquí en adelante. Hasta se crearían clubes de embalsamadores a lo largo y ancho del globo. Una pena… ya les avisé que era de algún otro, porque de alguien tiene que ser. A la basura todos mis sueños de fama. La vocecita de la conciencia me dice que tengo que dejar de beber, que el vino me hace hablar demasiado. Qué raro: creí que la había ahogado. Pero otras voces me cantan al oído versos de Juan de la Enzina. ¡Versos que me llaman, que me tientan!
Hoy comamos y bebamos y cantemos y holguemos que mañana ayunaremos.
“Comamos, bebamos tanto” me cantan, “hasta que reventemos”. ¿Cómo resistirme a esas palabras? Y ya voy por la copa número… A esta altura perdí la cuenta. Como si importara. Si Baudelaire mismo me ha recomendado embriagarme, no me voy a poner a sumar copas vaciadas. “Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: esa es la única cuestión.” Luego agrega: “Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.” Y como yo soy muy ambicioso, me embriago de los tres… mientras tenga tiempo. ¡Vaya si adscribo las palabras del Rubaiyyat de Khayyam!
Lo mejor es que abandones tus estudios y rezos. Abrázate a una novia que despierte en ti el éxtasis. Escancia en tu copa la sangre de los racimos antes de que las horas derramen la tuya.
Si fuera Stevenson, diría que “el vino es un poema en el vaso”. Hoy me toca ser Apollinaire, y debo decir con solemnidad
“mi copa se quebró como una carcajada”.
© H. Luccini Alcalde Rey |
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© Revista Axolotl, Número 14 |