Mitos y subjetividad

 

 

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Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar sin importancia…

Una tribu formada por los primeros antropoides observa cómo su anciano líder, único guardián del derecho a cópula, usa y abusa de todas las mujeres. Cansados por años de postergación, sus hijos le dan muerte y toman a las hembras para sí. Pero el horror de lo hecho los lleva a pactar que sólo será legal poseer a las mujeres de las otras tribus, tomándolas como objetos de intercambio. A partir de ese día, el padre será recordado bajo la forma del tótem, animal sagrado al que se adorará, pero que eventualmente deberá ser asesinado y devorado, en un festín que conlleva tanto de éxtasis como de culpa.

Incesto, parricidio, intercambio de mujeres entre familias: ha nacido la cultura.

 

 

2

           

Durante años en psicoanálisis nos hemos servido de este mito para fundar toda una teoría de la subjetividad. Hasta allí llega el alcance de estos particulares cuentos que, de tanto repetirse, y merced a la verdad que encierran dentro de su ficción, se cristalizan como lo efectivamente acaecido.

Sigmund Freud hipotetizó en torno a éste mito en especial, creyéndolo real a partir de publicaciones antropológicas por él revisitadas, años antes de las Estructuras Elementales de Parentesco de Claude Levi Strauss. Buscaba una forma de explicar por qué en el análisis del inconsciente llegaba siempre a la misma conclusión: sus pacientes no hablaban de otra cosa que de… Edipo.

 

 

3

 

El rey Layo y la reina Yocasta, de Tebas, son advertidos por un oráculo: cuando crezca, su hijo matará a su padre y se casará con su madre. Ante este horror, y la seguridad en los dichos de la profecía, le atan pies y manos al nacer y lo abandonan en un monte para que muera. Recogido por extraños y llevado a otro pueblo, vive como príncipe y conoce los honores. Pero, una vez más, un oráculo pronuncia la fatal predicción, y Edipo se marcha de su nuevo hogar. En el camino, se encuentra con el rey de Tebas, le da muerte y lo reemplaza en su reino al casarse con Yocasta. Pero al ser la ciudad invadida por plagas, el oráculo se levanta y afirma que éstas sólo se detendrán al descubrirse al asesino de Layo. Edipo se ve confrontado con la predicción de su profecía, y se arranca los ojos.

La universalidad de los deseos inconscientes representados en Edipo, explicados en forma de cuentos, pero estructuradores de cualquier tipo posible de subjetividad, ya sea por presencia o ausencia, son tan sólo una forma de ponerle palabras a una verdad angustiante que precisamente carece de ellas: muerte y sexualidad son los únicos significantes que no tienen significación.

 

4

 

De mitos se compone el mundo, pero no el mundo como entidad abstracta, natural, dada, sino el mundo propio, ya que, en rigor, es el único que llegamos a conocer. Es más, es a partir de que cada uno estructuró con sus propios mitos su visión del existir que puede llegar a tener lugar algo tan elemental como… los diferentes puntos de vista y su imposibilidad de reducirlos a un acuerdo.

Hay un mito que por ejemplar puede tomarse como paradigmático: Narciso, joven hermoso que de tanto mirar su imagen en el reflejo del lago termina cayendo dentro (existen otras versiones). ¿Qué nos muestra el infortunio de este muchacho? El poder cautivante de la imagen.

Cuando se apela al cliché de que una imagen vale más que mil palabras, es esa una verdad de enorme valor, pero de un signo negativo, o que al menos debería prevenir a aquel que la sostiene tan libre de cuerpo. El registro imaginario (o las imágenes) presenta ideales de completud a un alto precio. Ya que el Yo se construye en la imagen de otro (la madre sostiene al bebé frente al espejo y le dice “ese sos vos”; el niño, inmaduro en su capacidad de autonomía, y por lo tanto fragmentado, se aliena en su reflejo, que sí aparece como completo), el otro, el semejante, será a partir de allí fuente de celos y rivalidad, al mismo tiempo que cautivante y seductor.

 

 

5

 

Nacimiento y muerte forman un sendero, en principio, sin sentido. Uno lo recorre tomando sus decisiones, y experimentando activa o pasivamente vivencias que conformarán su saga personal. De lo que se trata, entonces, es de armar un mito individual, la epopeya personal que ordene un universo que se presenta trastornado y caótico.

Y es allí donde los mitos toman valor de imagen, precisamente porque dan sentido, cierran en lugar de abrir. Por eso, cautivantes y engañosos, son igualmente necesarios. Los mitos nos ofrecen escenarios posibles ante el horror de lo absurdo.

  

 

© Juan Martín Serantes Peña

 

 

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