Donde habitan los centauros

 

 

De origen griego, cuentan los libros, que los centauros fueron a habitar las montañas que lindan con las llanuras de Tesalia, y que comenzaron a extinguirse —por algún motivo desconocido— en Sicilia.

Son seres mitológicos descriptos con cuerpo de caballo, o de toro —según quien lo relate— unido a un torso con cabeza de hombre. Alguna mutación épica nos hace encontrarlos también como “minotauros” en el laberinto construido por Dédalo para el rey Minos, tomando la forma de un hombre con cabeza de toro.

Muchos coinciden en que representan la transición de la vida instintiva y bárbara, hacia la imagen cultural del hombre. Vemos en ese ejemplo al sabio Quirón, instructor de los grandes héroes de la mitología; y a Folo, un leal guerrero. 

Homero les da lugar en sus historias, y también lo hace Virgilio;  luego,  Dante relata como el centauro Naso los acompaña defendiéndolos por alguno de los círculos del infierno. Borges imagina un centauro cansado de su destino, entregándose sin luchar ante la ofensiva de Teseo. Otros arriesgan  la imagen de algún conquistador andando por las tierras de América montado a lomo de su caballo; y que al ver ésto, el indígena,  sin suponer la idea de un caballo domado por el hombre, lo asume entonces como un sólo ser con cuerpo equino y torso humano.

Hijos bastardos de Apolo para unos, hijos de alguna aventura en las que Zeus utilizaba la metamorfosis para seducir a cierta ninfa o mortal, para otros, o producto fallido de la unión de algún antiguo dios... de esas formas —así lo cuentan—  suelen nacer los centauros.

 

El perfil de un centauro tipo es algo como ésto: Utiliza la flecha y el arco, y cuando ataca, generalmente lo hace en grupo. Tiene instintos animales junto a costumbres humanas: Se alimenta de carne cruda, es impulsivo, irracional e irreverente. Gusta del vino y de las mujeres bellas, por las cuales suele  meterse en grandes problemas.

Las historias relatan cómo ellos leían mensajes en los astros, acostumbrando a mirar por las noches el cielo buscando su destino.

¿Habrá unido Quirón, en alguna oscuridad mítica, los puntos marcados por las estrellas que conforman lo que denominamos “constelación del centauro”? ¿Habrá encontrado, acaso de antemano, la visión del trueque en el destino de Prometeo, y su muerte en la flecha de Hércules?

 Los mitos se desarrollan en escenarios construidos en ese sitio épico y fantástico que ontológicamente las generaciones antiguas buscaron para encontrar respuestas, y estos seres representaron un papel secundario dentro de las epopeyas de los grandes héroes. Pero el tiempo pasó, y el ser humano pareciera no buscar más las respuestas en los mitos. La historia muestra como la religión, la ciencia, el psicoanálisis, ocuparon el aliciente moral que los antiguos encontraban en sus leyendas. Ya no hay magia: hay filosofía, hay ciencia, hay un estudio del inconsciente. Si el pensamiento empírico no puede responder a la pregunta sobre la existencia o no existencia de un Dios, juego, con ingenuidad, a pensar que tampoco puede hacerlo acerca de la evidencia de estos mitos. Y si la mitología surge del imaginario mundo del ser humano, me pregunto: ¿Dónde, entonces, habitan hoy estos terribles centauros? ¿Habrán muerto finalmente en Sicilia?  ¿Será que la “civilización” terminó de extinguirlos? ¿Será que Dios los habrá exiliado?

Sin embargo, en las noches oscuras y calmas, después de cerrar ciertos libros, yo los oigo galopar furiosos por las llanuras de mis sueños.

     

© Luciana Armanini

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