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Plantada en medio de la montaña, entre lagos y bosques nevados de la Patagonia Argentina, se encuentra San Carlos de Bariloche. Uno de los muchos atractivos de esta ciudad es Cerámica Bariloche, una fábrica de cerámica artesanal decorada a mano, pionera en su estilo. Fue creada por Luis (Gino) Razza en 1948. Hoy continúa la labor su hijo: Luis Razza. Ambos son también pintores y eligen el lápiz como símbolo familiar. Faltando pocos meses para el centésimo sexto cumpleaños de Gino, visitamos a su hijo para hablar de la historia familiar y conocer la obra de estos dos pintores ítalo-argentinos.
Gino, nacido en Trieste en el año 1900, cuando aún pertenecía al imperio austríaco, llegó a la Argentina en el año 1930, escapando del partido fascista. Tardó tres días en conseguir trabajo en una fábrica de maquinaria agrícola cordobesa. Vivió en Buenos Aires durante más de diez años, pero en 1931 un viaje a la Patagonia, donde se reencontró con sus montañas y conoció a Primo Capraro, lo invitó a abandonar la gran ciudad e instalarse en San Carlos de Bariloche. En el año 1943, tras la muerte de su padre, nada lo retuvo en Buenos Aires. Y decidió aventurarse hacia las tierras del sur argentino.
Gran amante de la naturaleza, es —al igual que su hijo— paisajista. Siempre recurre a ella como fuente de inspiración.
Cerro López
Al poco tiempo de llegar a San Carlos de Bariloche, creó en su garaje un horno de cerámica con Godfredo Hacker, para hacer estufas tirolesas, con la ayuda de un libro francés, puesto que ninguno de los dos conocía el oficio. Ya se prendía fuego un día antes y, durante el tiempo que durara la cocción de la cerámica, mantenían el horno prendido. Entonces no existía ni el día ni la noche. No se dormía hasta que la cocción hubiera terminado. Aquel horno resultaba hipnotizante para su hijo Luis de ocho años, quien permanecía fascinado observando la lengua de fuego escapando del horno hacia el cielo. Luis comenzó a modelar pequeñas figuras en cerámica: bustos, ceniceros. La costumbre se trasladó luego a sus padres. Los tres se sentaban después de la cena a modelar siguiendo ejemplos de las revistas Ilustración Francesa y Jugend. Con la ayuda de dos amigos ceramistas de nacionalidad polaca, crearon esmaltes y comenzaron a perfeccionar su producción. Al principio regalaban cerámica a sus amigos, pero el aumento en la demanda los llevó a poner precio a sus piezas y a crear lo que hoy es la fábrica de cerámica con más identidad en el país.
“Este te gustó más porque lo viste más tiempo y alcanzaste a descubrir cosas que yo no pude mostrar sino que me limité a sugerir, que sólo están insinuadas. Es el diálogo con el observador, una manera de jugar con su capacidad creativa”. Acaso sea ése el encanto de esta serie de bocetos. Aquello que le es reservado descubrir al observador. Tal es la propuesta de Luis Razza, con quien los axolotes no sólo parecemos compartir el gusto por el arte.
“El que habla de pintura no sabe pintar. La pintura se manifiesta por sí misma, transportarla a la palabra es destruirla. La crítica que pretende sugerir lo que el artista quiso decir no sirve. Cuanto menos pintor es el que pinta, más dialéctica pone en su arte”.
Lo que queda es el silencio. Disfrutemos su pintura.
© Mariana Alonso
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© Revista Axolotl, Número 4 |