Con el corazón en la mano
(Algunas observaciones críticas sobre la pseudoliteratura
en Internet)
"Sin duda, detrás
del acto de escribir tiene que sentirse como indispensable
la presencia invisible del prójimo, de otras almas presentes
y futuras; porque sólo cuando lo escrito se reviva en ella alcanzará
la evidencia de lo que ya es, de lo que existe por sí."
Pedro Salinas
En ocasiones me he preguntado
cuál es el origen de esta pandemia que azota las retinas de los
internautas amantes de la literatura de continuo, y que podría
resumirse así: "todos podemos escribir". En verdad,
la macro-pandemia es "todos podemos hacer de todo", pero me
conformo con echar alguna luz -si fuera posible- sobre la parcela que
más me toca; aunque sospecho que en otras disciplinas del arte
y del quehacer humano sucede algo similar (basta que a alguien le pongan
una cámara delante para que, de inmediato, comience a hacer morisquetas
con las que está convencido de estar superando a un Alfredo Alcón;
o bien, que a otro le refrieguen un micrófono por los morros
para que, sin previo aviso y sin el menor sentido de la sonoridad, se
largue a "cantar"), la proliferación de "escritores"
(las comillas valen por una sonrisa irónica, puesto que el término
adecuado sería 'escribidores' o 'plumíferos', por no citar
epítetos de más grueso calibre) que inunda el cibermundo
llega ya a niveles de saturación máximos.
El meollo de la cuestión radica, según lo veo, en dos
factores que, conjugados, dan por resultado la actual -y lamentable-
banalización
del acto de escribir, y su consecuente conversión en "pseudoliteratura".
El primero de esos factores es la gran facilidad de acceso que otorga
la red de redes: basta tener una computadora a mano (ni siquiera propia:
puede ser prestada o alquilada por un módico precio en cualquier
locutorio), para que el segundo factor encuentre su vía de acceso
y se eche a rodar la gran bola de pseudoliteratura al ciberespacio.
Dicho factor es la confusión galopante que existe entre la escritura
como mera descarga terapéutica y la escritura que aspira a tener
algún grado de contenido y calidad literarios.
Sentado a la PC, con el mouse a su diestra, el escribidor terapéutico
siente que no necesita nada más y entonces empieza a lanzar su
vómito existencial (en nada parecido a aquellos "relinchos
de angustia" del poema girondino) sin el menor reparo: versos cortados
como con un hacha; sintaxis falta de toda lógica; comparaciones
burdas o por lo menos desafortunadas; orgulloso desconocimiento de la
ortografía y de la gramática, amparado, en muchas ocasiones,
en las supuestas faltas e incorrecciones de escritores como Arlt o Cortázar
-un argumento que no resiste el menor análisis, por otro lado-;
saturación y exacerbación del yo; conocimiento nulo del
ritmo y la cadencia y, por ende, de la métrica castellana; perífrasis
alocadas; ignorancia supina en el manejo de la metáfora y otros
recursos estilísticos no menos importantes; catarsis mal asimiladas;
adjetivos sobreabundantes e infectos; clicheríos a babor y estribor;
congregación de lugares comunes elevados a la máxima potencia;
desprecio ensoberbecido por cualquier cosa que huela a "técnica"
o a "regla"; palabras altisonantes, pomposas, bombásticas
y supuestamente "prestigiosas" reunidas en el mismo renglón
o puestas contra su voluntad en el mismo verso; rimas chirriantes, esparcidas
con la misma destreza con que las esparciría un simio que tuviera
los rudimentos de la escritura; prejuicios deleznables acerca de los
grandes escritores de la literatura universal, sustentables únicamente
por el pequeño detalle de no haberlos leído jamás;
fórmulas gastadas y manidas desde el vamos; discursos del tipo
"yo nunca corrijo" o "soy sólo un aficionado",
como si eso justificara algo, e insoportables cantilenas acerca de lo
mal que me siento y de lo solo que estoy en el mundo, para colmo aderezadas
con insufribles poemas de amor al amor, y rematadas con numerosas e
indignantes faltas al más mínimo decoro literario recorren
cientos y cientos de páginas, foros y sitios literarios de la
red.
Pero antes de seguir, una salvedad, puesto que nobleza obliga: lo anteriormente
enumerado es, no obstante, una etapa por la que todo escritor que se
precie de tal ha pasado y debe pasar. Todos hemos escrito horrorosos
poemas de amor, hemos abusado de la rima y de la anáfora, hemos
cometido toda clase de desmanes sintácticos tratando de imitar
a algún grande; todos hemos metido la pata hasta el caracú
creyendo ser los más originales del universo y alrededores. Pero
siendo una etapa absolutamente necesaria para nuestro crecimiento posterior,
una vez superada, el escritor en ciernes comienza a vislumbrar, por
sí mismo o con la ayuda valiosa de colegas que no le teman a
la crítica constructiva -ya que no complaciente- o de algún
buen tallerista, que todo ello era indispensable para ahora poder "despejar
equis" y así liberarse de toda la hojarasca sentimentaloide,
o pretendidamente absurda o freak, y de todo ese bagaje negativo -una
caricatura rancia de la "bohemia", de los "poetas malditos"
y de "me siento a escribir la mejor literatura de mi época
o me mato"- que le permitirá, en fin, empezar a escribir
de verdad, tarea que todavía le demandará toda su vida.
Porque escribir de verdad implica hacerlo sin redes, saltando al vacío
asido sólo de su pluma o de su teclado. Sin trampas, sin formulitas,
sin tics, evadiendo como al mismísimo diablo los clichés
y las frases hechas, y con la seguridad de que cuenta con todas las
herramientas (o está en vías de adquirir la mayor cantidad
posible de ellas, sólo mediante la lectura y el trabajo constante
con el lenguaje) para detectar cualquiera de los gazapos enumerados
que se le quiera colar en su escritura (porque los gazapos viven de
querer colarse siempre en la escritura).
Sin embargo, la red ha operado un fenómeno extraño, al
hacer que toda esa etapa, que solía quedar bien resguardada en
los cajones más recónditos, cuando no presa de las llamas,
quede ahora expuesta en primer plano y, por extensión, justifique
la idea de que "todos podemos escribir" y todas las patrañas
autoayudistas que de allí se derivan (por ejemplo, que escribir
"es bueno para el alma", cosa que tal vez lo sea, pero que
en nada tiene que ver con la literatura, en mi opinión). Esta
pseudoliteratura cibernética ocupa espacios que tal vez serían
mejor aprovechados si la idea del trabajo del escritor como el de un
orfebre continuo sobre el lenguaje, si la idea de que lo literario poco
tiene que ver con un mero desahogo emocional o catártico, se
hicieran carne entre los cibernautas incautos, para que dejaran de alimentar
al Proteo electrónico, siempre ávido de más carroña
fresca. Vale aclarar que no se juzga aquí el valor intrínseco
que una escritura de ese tipo tiene, sino el que se intente hacerla
pasar por un texto literario cuando claramente no lo es ni lo será
(aunque es sabido que nada se puede predecir en este sentido: los alegatos
judiciales del abogado romano Marco Tulio Cicerón hoy son leídos
como textos literarios). No está mal que todos escriban, si así
lo quieren: lo que irrita y fastidia es que nos quieran hacer tragar
lo intragable, que se crean que los lectores son meros receptáculos
de información textual, que no participan en el acto creativo
y que, por ello, tienen que acatar pasivamente cualquier ramplonería
que flamee en sus pantallas.
Una consecuencia desagradable y seguramente previsible de este fenómeno
es el aplauso indiscriminado: todo es bello, todo es bonito, todo llega
a los repliegues más profundos del alma. Todo es de una calidad
superlativa, que nada tiene que envidiarle a ningún pope literario.
Si todo es bonito y si todo recibirá el aplauso -casi siempre
inmerecido- se desprende entonces que escribir literalmente cualquier
cosa es lícito y, más aún, que será bienvenida
esa cualquier cosa escrita, siempre que haya sido escrita "con
el corazón en la mano". Como si escribir con la cabeza,
que es como de hecho lo hace la mayoría, fuera algún crimen
imperdonable. Como si el escritor debiera extirparse el músculo
cardíaco, depositarlo en su escritorio a guisa de tintero y embeber
allí la pluma como garantía irrevocable de escribir "bien"
y de "llegar" al otro. Esta concepción ñoña
y light de la escritura no tiene en cuenta que hay una única
herramienta disponible para cualquier escritor, que es el lenguaje,
su idioma propio. No hay otra, por mucho que se busque. No se ha encontrado
otra herramienta nunca, desde los tiempos de Gilgamesh hasta ahora.
De nada sirve escribir con el corazón en la mano si no se conoce
primero el lenguaje y si no se lo dota de algún contenido trascendente
después. De nada sirve perder un latido escribiendo si no se
fomenta una sinapsis que dé sus frutos óptimos sobre el papel.
Y si todo es bonito y si todo está escrito con la noble tinta
del corazón, se produce otro fenómeno no menos importante:
se anula, de plano, toda posibilidad crítica. Los plumíferos
del ciberespacio encontraron la fórmula mágica que durante
siglos buscaron muchos escritores para evitar los amargos embates de
los críticos, y para aventar, de paso, toda posibilidad de crecimiento
o bien de reflexión sobre la propia praxis, instancia fundamental
para todo aquel que quiera hacer algo medianamente perdurable en el
campo de las letras. Si había una consecuencia funesta en esta
suerte de Olimpo simplón por el que nos toca navegar a quienes
amamos la literatura, no podía ser más funesta que ésta:
anular toda intervención crítica sobre un texto que circula
en forma pública (otra cosa que los dichos ciberescribanos parecen
olvidar) es asestar un golpe mortal al lector más o menos informado
y consciente de su papel en el acto creativo. Es cercenarle la maravillosa
posibilidad, que durante siglos estuvo relegada a unos pocos y no siempre
a los mejores, de la reciprocidad, de la respuesta inmediata, incluso
de la corrección o de la rectificación en caso de ser
necesario. Es cerrar la puerta antes de abrirla y, por las dudas, tapiar
también todas las ventanas. Es fomentar las caricias lascivas
al ego, no vaya a ser cosa que salga herido por algún desalmado
que quiera "imponer" sus reglas y sus técnicas ajenas
al corazón escribidor. Es, por último, dejar en claro
que la mediocridad, como en otras tantas áreas, también
campea a sus anchas por la red.
Aunque, por suerte, esa misma red ofrece varios oasis donde pernoctar
y poder disfrutar de uno de los máximos paraísos en la
tierra: la escritura literaria de calidad.