OSTRAS FRESCAS

 

 

Un siervo de nombre Chej que había comprado su libertad y dignificado su apellido fue el abuelo de Antón Chéjov.

Chéjov falleció en un balneario alemán, donde se curaba de tuberculosis. Acerca de esto hay una anécdota tétrica y humorística que recuerda a sus narraciones.

Igual que Stevenson o Boris Vian, Chéjov llevó una vida de plenitud mientras escapaba de una muerte que sabía temprana. Aún estudiante, sostuvo a su familia gracias a su temprano éxito como escritor, escribiendo incansablemente cuentos de una rara maestría. Ya médico recibía gratis en su consulta a multitud de campesinos. Al final de su vida, viajó a la isla de Sajalin, la isla del infierno, y dejó un testimonio impresionante acerca de lo que había visto en este lugar de deportación.

En sus cuentos y en su teatro vemos seres atrapados en una existencia baldía, ya sin remedio, a causa de la crueldad, la ignorancia o la desidia. Pero no es un autor que se regodee en estos temas, sus cuentos están llenos de humor e idealismo.

Según refiere Gorki, el cadáver de Chéjov llegó a la estación de Moscú, procedente del balneario de Bardenweiler, en un vagón que llevaba el rótulo Ostras Frescas. Al mismo tiempo se recibía el féretro de un general caído en la guerra ruso-japonesa. La banda dispuesta eligió the wrong box (como la novela de Stevenson) y empezó a hacer los honores siguiendo el féretro de Chéjov, hasta que la confusión se aclaró. Poco más tarde, sólo quedaban cerca los pocos que habían ido a acompañarle. He aquí cómo los describe Gorki, como si fuesen los propios personajes de Chéjov, salidos de sus cuentos, que le daban un último adiós:

“Recuerdo a dos abogados moscovitas que parecían unos novios, con sus botas nuevas y sus corbatas de vivos colores. Al marchar detrás de ellos, oí que uno hablaba de la inteligencia de los perros, mientras que el otro describía las cualidades de su casa de campo y las hermosas vistas que la rodeaban. Una mujer, con traje malva y sombrilla de encaje, decía a un viejo: ‘¡Qué simpático era, qué ingenioso!’ El viejo carraspeó escépticamente varias veces.”

 

© Alan Breck

© Revista Axolotl, Número 2