Lecturas:

Plop, de Rafael Pinedo

 

 

 

A pesar del hambre, la brutalidad y las luchas, el mundo que se vislumbra en esta novela tiene sus ritos, sus leyes, sus costumbres. La gente vive en Asentamientos, en grupos liderados por un Comisario General. De ahí para abajo hay una jerarquía cuyo último peldaño lo ocupan los esclavos de Voluntarios Dos, que mueren o son sacrificados como insectos. La vida no parece tener valor, y, sin embargo, lo único que importa es sobrevivir. Las esperanzas de encontrar algo distinto entre tanto paisaje gris y húmedo, un refugio donde sentirse mejor protegidos, son mínimas. Pero los hay que sueñan con un mundo diferente, no un mundo que pueda construirse desde la devastación, sino uno que ya existe y que los espera lejos, muy lejos. El riesgo de viajar hasta allá vale la pena, eso es lo que afirma el Mesías. Al principio lo escuchan unos pocos, bajo la lluvia terca, permanente; días después ya son una veintena. Pero alguien se encargará de que el sueño quede mutilado, como si no estuviese permitido soñar.

Plop, aparte de ser el título de la novela, es el nombre del personaje principal. Un ser que vemos nacer y crecer entre el asombro y el miedo. Uno siente cierta simpatía por el niño, y es imposible no sentirla, por la necesidad que uno tiene de aferrarse a algo o a alguien. No hay nada en el horizonte, salvo barro y lluvia. Algunos elementos nos revelan que alguna vez el mundo fue distinto, que hubo otras leyes, otra gente de la que ya no queda nada, ni siquiera el recuerdo.

En ésta, su primera novela, Pinedo (Buenos Aires, 1954) escribe con frases cortas y duras, como las que utilizan la mayoría de los personajes para comunicarse. Eso le da contundencia a la historia, hace que las ideas y expresiones nos lleguen como dardos.

Plop, nuestro personaje, no se resigna como sus amigos, y gradualmente lo vemos convertirse en un ser ambicioso... pero del poder a la crueldad hay sólo un paso. Esta reflexión me trae a la memoria la novela de W. Golding, “El señor de las moscas”, donde los chicos, dada una situación límite, se van embruteciendo hasta que ya no los reconocemos.
No puedo evitar la sospecha de que la crisis que vivimos los argentinos, hace pocos años, tuvo su influencia en la concepción de esta obra. Y está bien que así sea; la realidad a veces nos supera y los escritores sentimos la necesidad de hacer algo con ella, por catarsis, por razones estéticas o por lo que fuere.

Uno, quizá de modo inconsciente, asocia algunas situaciones de la novela con el oscuro mundo de los cartoneros, con los carros cargados y hediondos, con los saqueos, las matanzas. Claro que no hay ninguna referencia concreta que nos remita a esa época. La novela es intemporal. Pero por eso mismo, porque deambulamos a tientas por la devastada llanura, necesitamos salir de la abstracción, anclándonos en el pasado o, por qué no, en el futuro.

En este tipo de novelas, donde el mundo es completamente distinto del que conocemos, el autor debe ir explicando los juegos y las reglas, algunas de las cuales nos parecerán absurdas. Es la única manera de empezar a comprender la vida de los seres involucrados. De más está decir que nunca la comprenderemos del todo; primero, creo, deberíamos ser capaces de comprender nuestro propio mundo.

Plop obtuvo el Premio Casa de las Américas de Novela en el año 2002.

 

© Daniel De Leo

© Revista Axolotl, Número 2