¿Cómo nació el nombre La Abadía de Carfax?
Se nos ocurrió que podría llegar a ser un nombre excelente porque
articula muy bien con lo que somos. Y el lema que lo acompaña surgió
después de largas cavilaciones, y es: Círculo de escritores de horror
y fantasía.
¿Qué significa Carfax?
La Abadía de Carfax alude también como chiste a lo que son las
“capillas literarias”, los grupos de pares que se unen para hacer una
especie de movimiento entre temáticas afines. La abadía de Carfax era
el escondrijo de Drácula. Drácula tenía su vecindad con el manicomio
donde lo encerraban a su sirviente Renfield. Aparte, se trata de un
título muy sonoro, ¿no? Tiene una riqueza implícita, al margen de la
alusión a papá Stoker.
¿Cómo nació la idea de crear La Abadía de Carfax?
Hace poco, un tallerista me dijo que había un momento en la vida de
un grupo, y más como está constituido el Taller de Corte & Corrección,
en que naturalmente tenía que devenir en un movimiento literario. A mí
la idea me sedujo, seguramente por mi medieval tendencia a la
hermandad. El grupo intermedio, la comunidad de hermanos, por más
pequeños que sean… qué formidables refugios en estos tiempos de
abstracto individualismo. Gente que, a despecho de los mercaderes y
del liberalismo triunfante, se oponen al control, cada uno con su
distinto talento y su distinta inclinación temática, pero sí ligados
por una estética común y por comunes objetivos. Cuando vos tenés un
grupo constituido alrededor de una persona y en el que todos tiran
para el mismo lugar, es muy difícil que el enemigo pueda llegar a
doblegar a esas personas. El gran fracaso del liberalismo es,
justamente, haber llevado la individualidad de cada uno a un grado
absoluto en que cada cual es dueño de sí mismo y cada cual se arruina
la vida como quiere. Eso sí, libremente, entendida la libertad como un
hacer lo que se me canta y no lo que realmente debo hacer, que eso es
la libertad.
¿Entonces, cuál es la propuesta de este movimiento?
La propuesta de Carfax está en su mismo nombre: La Abadía de Carfax,
círculo de escritores de horror y fantasía. Pero hay algo más, y
podremos verlo bien si partimos de la siguiente base: todos los
integrantes de Carfax son gente formada en nuestro Taller de Corte &
Corrección. Pues bien, como coordinador de dicho taller no propongo
una estética determinada, pero sí un modo de ver y entender la
literatura. Y también de entender la lectura, y también de entender la
vida literaria. Abominamos, por ejemplo, de lo que se ha dado en
llamar la literatura light, hecha de novelas intrascendentes, sin
trama, sin estilo… y sin lectores, por supuesto. Obras pedestres,
parasitarias de la realidad, que sólo intentan acercarse temáticamente
a todo lo que tiene que ver con el aquí y el ahora. La literatura como
reflejo de la realidad es una de las tantas maneras de sovietizar la
cultura: el arte al servicio del partido o de la ideología imperante,
para modificar conciencias como Gramsci y el Diablo mandan.
Un ejemplo.
En Crítica y ficción, Ricardo Piglia habla acerca de Roberto Arlt y
sus adláteres. Resulta que los escritores que rodeaban a Arlt se la
pasaban tratando de escribir como Arlt, hablando de temas
absolutamente coyunturales. Cuando la coyuntura terminó, estos
arltitos ya no tenían nada que parasitar… porque ya había pasado
aquella coyuntura. Y bueno, también pasó la literatura que intentaba
ser un reflejo de esa realidad. Pero el que no pasó fue Arlt. Más que
las cosas, a Arlt lo que le interesaba era la trascendencia de las
cosas. Volviendo a Carfax, nosotros empezamos a ver que dentro del
Taller de Corte & Corrección había un buen número de autores de entre
los que estamos nucleando desde hace tantos años, que son afectos a
una literatura que podría definirse como de Horror y Fantasía.
Entonces, justamente ese es el eje a partir del cual se me empezó a
ocurrir convocar, hace apenas dos meses, a la creación de un grupo de
las mencionadas características. Al margen de la temática infinita que
ofrece el fantástico, lo que proponemos es una literatura con
elementos sólidos, con argumentos que lleguen al lector. Con trama,
con intrigas que pueden seducir a alguien a quien le guste, todavía,
seguir leyendo historias, seguir leyendo cuentos y no meras
descripciones de estados de ánimo o aburridas e intrascendentes
sesiones de diván.
¿Y cómo sería, entonces, una verdadera obra literaria en oposición a
la obra light?
Escribir es ir a la profundidad del ser, abrirse, abrir las criptas
y contar novelas como Madame Bovary, El proceso, Ulises, Un mundo
feliz, El cazador oculto, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr Hyde,
Drácula… La literatura es la intensidad del lenguaje llevada a su
máxima expresión. Eso es lo que la distingue del lenguaje utilitario.
Es sumamente difícil que una temática ramplona, común y cotidiana
pueda llegar a estimular la percepción artística de un creador, para
que con ese material haga una obra de arte. Podrá servir para indagar
en la profundidad de la condición humana. Aunque, si vamos al caso, el
ensayo es una herramienta mucho más útil y práctica para sondear la
mente y el corazón del hombre. En la novela light el lector medio,
apenas, se refleja. Pero de ahí a que disfrute con el lenguaje y se
modifique y se mejore hay una gran diferencia. En la gran novela los
planteamientos existenciales están; pero, desde luego, se hallan
implícitos dentro de un discurso narrativo al que te subís y sólo
podés bajarte cuando el maquinista quiere. Novelas-trenes a las que
uno se sube sin saber cuál va a ser la próxima estación. Vamos a poner
un ejemplo actual, para no parecer un dinosaurio: Anatomía humana, de
Carlos Chernov. ¿Quién puede negar que la condición humana —e
inhumana— está expresada como muy pocas veces se ha visto en la
literatura nacional? Esa novela contiene, como toda obra de arte,
planteos ontológicos, salidas, callejones, laberintos, pero
entrevistos en una historia realmente apasionante, en la que yo leo un
homenaje a las grandes novelas del género que nos nuclea. En la vereda
de enfrente, vos sabés de antemano que en una novela-diván vas a
encontrar, sin lugar a dudas, “mensajes” que, hoy por hoy, son
dictados por los mandamases de aquello que se ha dado en llamar lo
políticamente correcto. ¿Por qué será que durante mucho años la
crítica ha despreciado las obras de la literatura fantástica? Si
ustedes ven, por ejemplo, las grandes enciclopedias de literatura no
hacen referencia a Bram Stoker y su Drácula. Eso es inconcebible.
Cualquier persona que ha leído esta maravilla de novela puede darse
cuenta perfectamente de su grandeza literaria. Oscar Wilde decía que
era la novela más hermosa que había leído, y no era ningún palurdo.
¿Por qué pasan estas cosas, por qué es desestimada la literatura
fantástica?
Por una cuestión de jerarquización de temas. Es mucho “más serio”
escribir una novela que hable sobre la alienación en las grandes
ciudades que escribir sobre un vampiro, o un hombre lobo, o un muerto
resucitado. Son temas para los chicos, cosas que se pueden vender en
colecciones de infantil-juvenil. Desde luego, sin tener la menor idea
del publico al que se lo estás llevando. ¿Cómo le vas a dar Drácula a
un chico de once años? Es imposible. Sólo podés penetrar en las cosas
que, como catáfilas de una cebolla, te va haciendo tentar Bram Stoker,
cuando ya tenés cierta madurez lectora. Para gran parte de la crítica,
la literatura fantástica es una especie de pariente pobre de la
literatura. Digamos que no le dan cabida, no hay una posibilidad de
trascender en el mundo de la literatura si uno escribe textos así.
Fíjense por ejemplo cuándo recibió el Oscar Spielberg: cuando saca La
lista de Schindler, una película seria. Ojo, convengamos que es una
excelente película, pero es mucho mejor Tiburón, si vamos al caso. Y
mucho mejor es la primera película que hizo: Reto a muerte. Pero no.
Reto a muerte habla de un conductor que está en la carretera y de
repente es cazado por otro conductor que, en vez de tener un auto como
él, tiene un bruto camión… y el espectador se da cuenta de que el tipo
ya viene de varias cacerías. No se le ve nunca el rostro. Y claro…
¿ese tema a quién le importa? ¿A quién le importa mostrar a una
persona en la ruta —la ruta de la vida— simbolizando la fragilidad de
la existencia humana? Es mucho más sencillo poner al Empleadito
martirizado por el Jefe. Como bien dice Carlos Gardini en su cuento
“La ciudad de los ojos”, la clase media todavía adora esas pavadas.
Pero la literatura fantástica muestra la condición humana...
Claro que sí. Yo me acuerdo que con Luis Chitarroni éramos
“kingófilos” de la primera obra. Sostenía yo, y Luis me daba la razón,
que si Stephen King en lugar de salir en Grijalbo o en Schapire
hubiese salido en Minotauro, los intelectuales estarían lamiéndole las
botas. ¿Se dan cuenta? Lo pondrían en un rango similar al de los
Asimov y al de los Bradbury. ¿Por qué Bradbury sí y Stephen King no?
Solamente por ignorancia se puede decir que la literatura fantástica
es una literatura menor. Solamente por ignorancia o mala intención se
puede decir que los temas que trate la literatura hacen que esta sea
mayor o menor. Pero bueno, ahí viene aquella reflexión muy poco
diplomática de Pérez Reverte cuando afirma que hoy la literatura está
en manos de gilipollas. Y a quien le quepa el sayo que se lo ponga.
Entonces, si esto no es una literatura para niños, la literatura
fantástica ¿para quién es?
Y... para gente muy adulta, gente con mucho coraje para meterse en
terrenos donde quizás otros géneros no pueden llegar tan directamente
como el fantástico. Hay cosas que uno le puede contar al psicólogo, al
mejor amigo, a su novia, a su madre, alguien con quien uno tenga suma
confianza... pero hay cosas que uno solamente se las puede contar al
sacerdote. No hay vuelta que darle. El confesionario es el lugar donde
el diván no llega, concretamente, donde vos te estás abriendo en tu
absoluta miseria humana con todas las letras. Pues bien, a semejanza
de esta realidad, el autor de una novela fantástica, por medio de sus
figuraciones y fantasmagorías, se ha puesto dos tanques de oxígeno de
este tamaño y llegó a lo más profundo, llegó a la zona donde uno no
puede llegar más. Y el que lo dude, que lea, por ejemplo, el Franz
Kafka de El proceso. Los mundos que uno puede visitar creando y
leyendo literatura fantástica no son los mundos a los que puede
acceder la materia.
¿La literatura fantástica, entonces, es sólo para valientes?
Si el hecho literario fuera una embarcación, la literatura de hoy
sería una especie de chalupa, una balsita en la que intentamos
mantenernos a flote a toda costa; en cambio, la buena literatura
fantástica de hoy y de siempre sería un submarino nuclear, porque te
permite justamente llegar a esa profundidad. Una cosa es verse
reflejado en el Empleadito; otra, muy distinta, es verse reflejado en
Mr. Hyde. Andá a sentirte representado en un Victor Frankenstein, a
ver si te atrevés. Ahí sí que hay que tener coraje para leer... ¡y ni
que hablar del que hay que tener para escribir! ¿Ven? Con sólo
recordarte que existe el Bien y que existe el Mal, la literatura
fantástica es políticamente incorrecta por definición. Es una especie
de trampolín para acceder a mundos muy olvidados hoy día: el mundo de
lo sobrenatural, el más allá, la vida eterna. Después de nuestra vida
natural temporal, tendremos nuestra remuneración: condena o salvación
eternas. El mal no es atribuible solamente a lo que uno pueda llegar a
ver en un gabinete psicopedagógico: los chicos se pegan y las parejas
se separan porque hay un ente diabólico trabajando en ellos. ¿Cómo no
combatir entonces una literatura que constantemente —directa o
indirectamente— te está recordando eso, cosa que a la gente le produce
urticaria? Hay que reventarla entonces. Ojo: no con balas de plomo,
sino con balas de silencio y balas de calumnia. Pero bueno, con la
Iglesia Católica se pretende hacer lo mismo todos los días, y desde
hace dos mil años la Barca de Pedro sigue navegando.
Karina Sacerdote - Miguel Sardegna
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