El tiempo axolotl

Cuesta despegarnos de la modorra del oso —o del axolotl— que hiberna. Apenas salimos (abrigados, claro) a recorrer librerías de viejo o acompañamos a un amigo que prefiere las riñas de gallos a los burros.

El pronóstico de días puertas adentro promete reuniones de vino y literatura, lecturas de algunos bocetos y cuentos que llegan con falsas promesas de estar terminados. Siempre con la sensación de que mañana dedicaremos un buen rato a leer o escribir, "Cinco horas al hilo, ni una menos", nos prometemos o engañamos, ocupados finalmente en otras tareas más mundanas y urgentes.

Será por eso que algunas de nuestras páginas maduran pronto en blanco y negro, bastan un par de horas; otras, germinan lentamente, crecen uno o dos párrafos por día, brotes dispersos. Cada autor maneja su propio ritmo de escritura, robándole tiempo al tiempo, si es necesario, para entregar su nota en el plazo establecido que, por lo que pueden comprobar, se ha vuelto un tanto flexible.

Lo cierto es que cuando el axolotl parece hibernar, solo ha cerrado los ojos para pensar mejor todo aquello que tarde o temprano pasará en limpio en la pantalla, porque no sólo se escribe cuando se está "escribiendo".

Se trata de un otro tiempo. El narrador o autor vive ese tiempo cuando escribe, una dimensión definida por pliegues, que se puede estirar o condensar. También los lectores lo conocen. Al leer, uno sale del tiempo personal y cotidiano, y se sumerge en ese otro, fabuloso, si se quiere, con un ritmo (narrativo) diferente.

De alguna manera, el lector y el escritor pretenden eludir o anular el tirano tiempo personal o histórico que nos consume y lo logra, al menos ilusoriamente, a través de la lectura y los mundos imaginarios.

Mientras preparamos nuestro próximo viaje virtual a Oriente, desde Axolotl los invitamos a recorrer este último número invernal, encontrarán lectura y mundos imaginarios ideales para perdernos gozosamente en los juegos del tiempo.

 

desde la redacción

Buenos Aires, agosto de 2008