La verdadera Máquina del Tiempo

 

Nos distrae el zumbido típico de los aerotransportadores subsónicos de la Corporación K. Cerramos nuestro destartalado Fahrenheit 451 casi con devoción. Ya no se consiguen esos libritos azulplateados de Hispamérica en la feria de Clones de Nueva Plaza Italia.

Mientras aguardamos que la cocina nos prepare un capuchino, se nos ocurre pensar que desde siempre el hombre ha mirado más allá, desde siempre las ficciones del hombre han buscado perpetuar la realidad o evadirla.

Los primitivos de las cavernas ya conocían el mecanismo de las bellas mentiras para ensalzar cacerías imposibles. De ahí en adelante, cada era ha plasmado en la memoria de los siglos sus obsesiones y temores. Primero, con la narración oral que imaginó demonios en las catástrofes naturales; luego, con cosmogonías de dioses vengativos. En las estrellas inalcanzables brillaban para ellos, eternos, los misterios del universo.

Pero el hombre fue perdiendo el miedo, ganando la iluminación racional, y entonces inventó héroes ajenos a las reglas de los dioses. Con el tiempo llegó la hora del hombre-dios: había nacido la máquina. Del ingenio había surgido una criatura a imagen y semejanza del hombre: un motor de vapor que respiraba por su cuenta, una bestia de sangre lubricante y alimento muerto o mineral.

Y el hombre vio que la máquina era buena, y supo que podía obtener energía de la máquina. Era el Siglo XIX y el hombre avasallante, imparable y sin temores, inventaba La Luz.

En aquellos años se pueden leer en las ficciones los primeros indicios de la revolución. Julio Verne planea máquinas extremas, sueña hombres extremos que ya no ansían la Luna: van hasta ella. La euforia iluminada se extiende a muchos autores, el hombre-dios parece haber vencido por fin la oscuridad. Se jactan a voces: ¿Dónde se esconderán los demonios ahora que dominamos la luz?

Pero ya en ese entonces, muchos autores desconfían del hombre-dios y su omnipotencia, pero sobre todo desconfían de la autonomía sin alma de sus creaciones. Algunos hasta ensayan una respuesta que resultará acertada: los demonios se esconden -o han vivido siempre- en las acciones del hombre y no hay lámpara de vacío que logre exorcizarlos.

¿Cómo no desconfiar de entes desalmados que se activan por sí solos a cualquier hora y funcionan a hierro y fuego? Máquinas que producen más máquinas que producen más máquinas. La locura. El hombre-dios relegado al confortable limbo artificial de las ciudades. Metrópolis que rasgan el cielo y deslumbran la bruma por las noches o Metrópolis de callejones sin salida y multitudes grises, mecánicas.

Luego, las máquinas van a la Primera Guerra y arrastran a los hombres. Las batallas abarcan el mundo sin el lastre de las viejas propulsiones a sangre. Ahora son las máquinas incansables las que cavan las trincheras, producen los fusiles, cargan las balas, queman las madrugadas. Las máquinas cruzan el cielo y quiebran la urbanidad de las Metrópolis.

Entonces, el hombre descubre que está solo, que las estrellas siguen siendo inalcanzables. En la cima de la evolución de la herramienta (desde aquel puñal de hueso hasta este misil a distancia) el hombre vuelve a sentir horror. Y ya no le sirve dormir con la luz encendida, porque la luz es otra expresión de la máquina.

Pero los autores de ficción lo han prefigurado antes, nos han advertido desde sus páginas que el demonio del hombre aprende pronto los trucos de la evolución. Y hasta precognizan el advenimiento de engendros biológicos, humanoides hechos de retazos muertos o hechos de animales vivos o hechos de metales nobles. Otros deciden hacer ficción con lo científico, explorar las zonas oscuras donde la ciencia no se anima a teorizar.

Pocos se hubiesen atrevido a vaticinar una Segunda Guerra, ni la supremacía de las máquinas, ni las miserias humanas, ni el poder atómico desatado.

No es casual que ese nuevo temor haya derivado en historietas Comics y en la Ciencia Ficción tal como la conocemos. Hijos bastardos, mutantes de las ficciones de la Ciencia Triunfal Moderna. Géneros hermanados en su búsqueda de héroes en la calamidad postnuclear, considerados ambos como géneros menores. Como si los átomos en un pedazo de papel de pulpa no fueran dignos de despertar las inquietudes metafísicas más urgentes.

Con el temor omnipresente de la Guerra Fría y la extinción espontánea, el hombre volvía a mirar las estrellas con una nueva fe: alcanzarlas.

Pero en la Ciencia Ficción hay un engaño, un complejo sistema de reflejos y espejismos. No importa cuán arriesgado es el viaje al espacio más profundo o al tiempo más lejano o al mundo más extraño. En Marte te alcanzarán los recuerdos de los veranos largos de tu infancia, en los océanos masivos de Solaris deberás resignarte a los juegos de tu mente primitiva. En los mundos de los anillos exteriores variarán dialectos y jeroglíficos, pero los titulares de los diarios serán los mismos. En las futuras ciudades de metal pasteurizadas habrá un asesino en cada esquina, tendrás suerte si es humano.

Vivirás mil años, tu memoria seguirá latente de clon en clon, viajarás a los confines. Y siempre que estés solo volverás a hacerte las mismas eternas preguntas y mirarás a las estrellas, acaso tratando de adivinar en cuál de esas lejanas galaxias brilla tu viejo y querido Sol.

 

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