Axolotl investiga

Discutimos acerca del caso del Concurso literario, aún no logramos ponernos de acuerdo con el veredicto. De pronto el tren de las tres de la mañana parece atravesar nuestro balcón. Vibran las ventanas y la escalera de incendios como en un terremoto. Un gato negro se descuelga desde un rincón oscuro, nos mira de reojo, y desaparece en la noche.

Como parte del mismo fenómeno nocturno, una carta misteriosa sin remitente ni fecha se desliza por debajo de la puerta de la oficina. Corremos al pasillo, pero es tarde, no hay nada allí más que las siluetas de humedad en las paredes.

Nos gustaría saber quién fue el anónimo, más aún: quién pagará por el trabajo. Igual abrimos el sobre. La carta nos insta a averiguar conexiones escabrosas. El papel es fino y lleva perfume de mujer. ¿Cómo negarnos?

Nuestro cliente no acusa, pero sugiere que un tal Chesterton ha dicho que en cierto modo el crítico literario se parece al detective de los cuentos policiales. El tono de las palabras es neutro, cuesta saber si eso, para la dueña del perfume, es un elogio o un reproche.

Neutro, sí, pero la mujer —o aquellos que la mujer representa—, ven algo más en esas palabras, acaso una amenaza. No quieren que encuentre por ellos una cita textual, lo quieren a él, al autor.

Luego de hurgar sin éxito en clubes y tugurios literarios al fin llegamos a la pista del Ruso Todorov, un pez gordo en el ambiente.

Preferimos no meternos con el Ruso, es mejor permanecer lejos de sus oscuras influencias. Cuando uno cae en su influjo de encantador de serpientes es difícil mantener la objetividad en la investigación.

Pero todos los indicios parecen conducirnos al él una y otra vez. La investigación se hace tortuosa y sólo contamos con informantes en los pasillos de la Academia. Algunos confunden los términos y dicen que lo que dice el Ruso en realidad lo dijo Piglia. Hablan de las dos historias que componen toda literatura policial. Pero nosotros buscamos otra cosa. No les importa, insisten: está la historia del crimen y la historia de la pesquisa. La primera cuenta lo que efectivamente pasó, mientras que la segunda explica cómo el narrador (o el lector, mejor dicho) toma conocimiento de ello. La historia de la pesquisa no tiene ninguna relevancia, sirve solamente de mediadora entre el lector y la historia del crimen. La importante, la única auténtica, es la primera.

Ya resignados compramos unas cervezas y volvemos a la oficina a encerrarnos a dejar pasar el tiempo. Nos viene bien para pensar. También para evitar que nuestro inquilino venga a reclamarnos la cuenta del cuartucho que ocupamos en un edificio de mala muerte en la periferia del puerto.

Las vísperas de la investigación ya son la investigación misma. Entonces debemos aguzar nuestras dotes deductivas, sospechar ardides desde un primer momento. ¿Qué mejor que ir a las fuentes?

Entre olvidadas tazas de café y pilas de expedientes llenos de incertidumbres y polvo encontramos los papeles de Chesterton que nuestra secretaria nos ha dejado en una silla, debajo de su carta de renuncia. Apenas hace un mes que no le pagamos en término.

Se trata de los consejos de Gilbert para conseguir un buen relato policial. Por un segundo consideramos que nada tiene que ver con el caso, no es lo que nos han pedido.

Sin embargo las hojas están marcadas con subrayados en tinta nerviosa, signos de admiración en los márgenes. En la hoja número 3, evidencias de un mensaje cifrado y una inscripción incomprensible: “el criminal es el artista creativo, el detective sólo el crítico”.

Es claro: las líneas en código de Chesterton no hacen más que anticiparnos un desenlace trágico. Sabe que andamos tras sus pasos por encargo, sabe que es mejor tenernos de su parte.

Consideramos nuevamente el sobre perfumado y nos toca decidir. Podemos atrapar a Chesterton y entregarlo a sus perseguidores. Pero por otro lado el artista nos cae simpático, entendemos la creatividad y, como a él, no nos gustan del todo las taxonomías de críticos y detectives. Además, diga lo que diga Chesterton, queremos evitar lo peor, sabemos que no hay criminal más impiadoso que un crítico despechado.

 

 desde la redacción

Buenos Aires, 1 de junio de 2007

© Revista Axolotl, Número 20