Ya no hay locos

 

 

Felices los valientes,

los que aceptan con ánimo parejo

 la derrota o las palmas.

Jorge Luis Borges.

        

En aquel lugar perdido de la Mancha he visto a Don Quijote pasar. Un velo de melancolía cubría su semblante, pero aún sostenía la lanza en ristre, porque su sombra nos vigila desde la sombra, en un lento caminar empañado de amargura. ¿Qué locura secreta ocultará su andar? ¿Qué será aquello que vemos brillar en su yelmo? Tal vez no es más que un destello del sol manchego. Pero tal vez, sólo tal vez, aquello que lo hace brillar es un ideal. El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha resplandece porque es la representación perceptible de una realidad. Pero la realidad representada aquí es el idealismo, que viste su yelmo de ilusión. Don Quijote es el idealismo. Es un símbolo que supera el tiempo y el espacio. Su visión del mundo no está subordinada a un contexto, sino a la más universal de las expresiones: ese ideal que engalana su armadura.

¿Qué no se ha dicho ya del ingenioso hidalgo? Parece que su universalidad ha abarcado todos los confines de la llanura manchega. Y aunque hay quien asegura que lo ha hecho, no debemos olvidar la importancia de leer Literatura a la luz de la Literatura misma. Es este mundo mágico el que lleva a nuestro caballero a vestirse de ilusión, esa ilusión que también viste las páginas de eternas novelas de caballería. Entonces, ¿por qué no leer al Quijote a través de la poesía, símbolo de la magia literaria? Esta magia es, en verdad, una cualidad intrínseca del hombre: ¿no encontramos hoy, como en aquel ayer, la sombra del Quijote, turbia de idealismo? Pero la trascendencia de este idealismo no es –con el perdón de la derivación– ideal. Es un idealismo que termina en la derrota, en el patetismo. No es aquel que culmina en la realización de la fantasía, sino aquel en que la fantasía es real porque nunca deja de ser ilusión. Es decir, la ilusión del Quijote se transforma en su realidad porque no existe un quiebre en la conciencia del personaje que le permita reconocer la fantasía como tal. De esta forma, el ideal debe ser real porque no existe otra realidad, y esto es justamente lo que mantiene al Quijote en permanente ilusión o locura, como algunos prefieren llamarla.

Nuestro ilustre caballero se convierte, entonces, en una figura patética, aprisionada por el idealismo extremo. Su sombra yerra bajo el sol quemante porque lo han rendido ante la “verdad” y ha caído de su caballo en una justa contra la realidad que lo rodea. De estos matices tiñe al Quijote León Felipe en su poema, Vencidos. El yo poético en primera persona se identifica con el Quijote: “(…) hazme sitio en tu montura, que yo también voy cargado de amargura y no puedo batallar!” Sí, Quijano, hazme sitio en tu montura, pues ha muerto el idealismo de los hombres. No sólo se ven derrotados los ideales de España, sino que muere el hombre que lucha por el coraje y la pasión. Así muere el idealismo y con él, Don Quijote, cometiendo el más loco de sus actos: dejarse morir. Pero aquí entra en juego el concepto de héroe. ¿Acaso es Don Quijote un héroe, su sombra cargada de amargura merodeando sin rumbo por la llanura manchega? Su figura patética y derrotada está lejos de ser heroica. Aun así, el Quijote representa al heroísmo sin el éxito: la valentía. Valiente, sí, porque acepta la derrota de su ilusión, porque su figura se ve pasar una y otra vez, porque se aferra a esa ilusión más allá de todo. Y aunque algunos califiquen estos actos de locos, yo prefiero llamarlos valientes.

¿Dónde estarán aquellos locos, aquellos valientes? “Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo”; este es el retrato que pinta, con horror, León Felipe: ya no hay locos. Aquí se muestra la cordura como una condena, como aquello que no nos permite ver el absurdo a nuestro alrededor. Aunque en el poema se presenta la locura como una condición médica, lo que se propone es, en realidad, una pregunta: ¿cómo es posible mantenerse cuerdo cuando la realidad está loca? Don Quijote es, sin duda, considerado loco. Pero el loco es quien puede cuestionar, criticar esa realidad. El problema es que ya no hay locos. No hay quien cuestione el orden establecido, no hay quien se arriesgue a pensar por sí mismo, no hay quien diga que: “(…) Dios no ha puesto al hombre aquí, en la Tierra, bajo la luz y la ley del universo”. Sólo el loco, el valiente, es quien se atreve a enunciar absurdos. Y así es como Don Quijote se transforma una vez más en un valiente: es quien se atreve a enunciar los absurdos que se relacionan con su idealismo. Es quien afirma que los molinos de viento son monstruos o que la venta es en verdad un castillo. Y estas afirmaciones irracionales están subordinadas a sus ideales de un mundo caballeresco, donde él es glorioso en lugar de patético. La percepción de Don Quijote está dada a través de la antítesis: percibe lo contrario a lo que verdaderamente es, por su condición de idealista o –como una vez más suele llamarse– loco. Pero cuando muere el Quijote, ya no hay locos. Ni en su tierra existe quien se atreva a arrojarse al absurdo. ¿No es esto así hoy, como en aquel ayer? Llévame en tu montura, Quijote, pues ha muerto la locura de los hombres. 

¿Qué será de los hombres, entonces? “(…) casi estamos ya sin savia, sin brote, sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote, sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.” Así le ruega Rubén Darío al Quijano que ruegue por nos. En su poema, Letanía de nuestro señor Don Quijote, existe un desgarro en el yo poético: en una primera instancia está identificado con Don Quijote, pero luego deviene en la representación decadente del hombre sin alas, sin vida, sin Dios: sin nuestro ingenioso hidalgo. Aunque el poema está atravesado de la amargura que sufre la sombra del caballero, existe una sutil luz de ilusión, esa misma ilusión que guía al Quijote. Porque la ilusión y el ensueño de su armadura podrán ser vencidos pero nunca arrancados del alma de Don Quijote, del alma de los hombres. Una vez más, el Quijote está presentado como un discurso, aquel que puede librarnos de la oquedad: “De tantas tristezas, de dolores tantos (…) de cantos áfonos, recetas que firma un doctor, (…) de horribles blasfemias, de las Academias, ¡líbranos, Señor!” Se hace evidente la necesidad de un renacimiento espiritual y Don Quijote es el símbolo de aquel discurso, de aquellas palabras capaces de guiarnos hacia una nueva locura. Así nace este rezo, que grita por nosotros: “(…) que necesitamos las mágicas rosas, los sublimes ramos de laurel! Pro nobis ora, gran señor”. De esta manera vuelve a entrar en juego el concepto de héroe: “Noble peregrino de peregrinos, que santificaste todos los caminos con el paso augusto de tu heroicidad (…)”, aquí se rinde honor a tus hazañas. Don Quijote ha sido vencido, sí, pero su heroicidad se deja entrever en el valor que le permitió enfrentarse al enemigo más poderoso: la certeza. Digamos que está loco. Digamos que no enuncia más que sinrazones. Pero jamás neguemos la valentía que requiere vivir una ilusión y sostenerla. Y aquí hemos encontrado la heroicidad de Don Quijote.

 Y ese ayer vuelve al hoy: el carácter universal del simbolismo de Don Quijote puede a través de la poesía, místico espejo de lo atemporal. Ayer y hoy, la cruel derrota del idealismo. Ayer y hoy, la falta de locos, la extrema cordura. Ayer y hoy, la muerte del Quijano. Ayer y hoy, un ruego por él.

En aquel lugar perdido de la Mancha he visto la sombra de Don Quijote pasar. Súbeme en tu montura, Quijote. Porque quiero vestir de ensueños mi armadura, y llevar la lanza en ristre y la adarga al brazo. Encuentra tu lugar en la llanura manchega y enséñanos a soñar la ilusión.

 

© Tamara Hache

 

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