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El mar |
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Desde la sombra que la escasa vegetación (arbustos con espinas, una flora infranqueable) deposita en los médanos del fondo de la playa, observo situaciones de la costa (las escenas de la gente que se arrima a la costa para algo). Zoom. Más zoom. Tomo la cámara digital y hago zoom. Se ve de todo, pero entre la monotonía del paisaje costeño (Atención: no sé porqué a la palabra “costeño” nunca pude asociarla con la costa bonaerense, tengo la sensación de que la costa bonaerense no está poblada de verdaderos costeños, esos tipos con la camisa abierta que hablan fuerte, rápido y cortado de vereda a vereda, fuman y comen ceviche o cualquier otro pescado a toda hora, y tal vez los vislumbré en Perú, Ecuador, Colombia o Brasil, como si para ser costeño hiciera falta la pata del clima caluroso, la música a todo volumen y la cerveza caribeña siempre abierta. Entonces, el sinónimo de costeño para estas playas sería “gente que vive en la costa”, que no es lo mismo), repito: en la monotonía del paisaje costeño veo dos colores que me hipnotizan. Es una sombrilla color rojo y amarillo, que bien saturados son dos colores chirriantes, eso, chirriantes. Es que uno los ve juntos y ya aprieta con fuerza los dientes como diciendo “no puede ser” y se imagina un tren crujiendo en los rieles.
Rojo y amarillo, azul y blanco, verde y verde clarito, celeste y violeta. Elijo la sombrilla color rojo y amarillo, la lente apunta ahí, detengo el zoom en ese lugar para seguir descubriendo el mundo a través de una cámara. Clavo los ojos en los dos colores y me hipnotizan porque a la sombrilla intentan enterrarla y, en ese juego de entierro y desentierro, en esa lucha contra el suelo, en ese agujero en la arena por donde se podría llegar a China, los dos colores giran, miro el centro y el resto (las lenguas coloridas de la sombrilla) da vueltas como si fuese el techo de un carrusel visto desde el cielo. Estoy viendo una calesita desde el aire, soy un hombre muerto y recorro, como un angelito blanco, los lugares por donde pasé mi vida, empezando por la infancia. Pero no, aún subsisto en las sombras del verano. Estoy vivo. Lo que veo es una sombrilla que varios intentan enterrar en una playa de la costa bonaerense, y de eso quería hablar: del mar.
¿Qué significa el mar para la gente que no vive en el mar?
Hay una escena que siempre se repite cuando uno tiene lejos el mar. Ruta, ruta y más ruta. Llanura, llanura y más llanura. Y acá hay que prestar atención, porque un día me preguntaron qué significaba la magia para mí y casi respondo esto: no hay momento más emotivo y mágico (no hay y no hay, ya busqué por todos lados) que encontrarse de golpe con el mar (después de mucho tiempo o por primera vez en una vida). Eso. Ver el mar por primera vez después de haberlo visto hace mucho. Encontrar el mar en el horizonte de una avenida. Saber, por lo limpio del cielo, que al fondo de una calle no hay nada. Sólo agua, agua, agua y más agua.
Y después de dar unas vueltas, esa abertura del cielo limpio se pierde, pero vuelve en otra esquina y así. Saber que el mar está detrás, pese a que nosotros miremos hacia otro lado, es una tranquilidad, incluso cuando nos alejamos varias cuadras y ni siquiera oímos el bramido de las olas. La magia reside en ese detalle, en que somos capaces de aburrirnos durante un mes tratando de enterrar una sombrilla multicolor; pero no nos importa, porque el shock emotivo de volver a ver el mar es tan fuerte, tan fuerte, que nos deja hablando estupideces durante todo el verano.
Ya no veo a través de la cámara, bajo los brazos. El sol también bajó su guardia y una rama alta que antes lo tapaba lo dejó al descubierto; a ras del agua el sol me impacta de lleno. Esto es broncearse con el sol del atardecer, en las horas permitidas, cuando la arena se vuelve naranja y el mar turquesa. Los que enterraban la sombrilla ahora la ladean para evitar al viento que corta desde el sur. Viento sur: frío que vendrá, noche de frazadas en la zona de la costa. Y me quedo mirando al mar, como tantos otros, y ya es tan típica esta postal que hasta puedo reproducirla sin salir de la ciudad. Atardecer, mar, sombrilla ladeada, arena, olas; cada minuto que pasa hace más frío y es hora de ir pensando qué vamos a comer por la noche. Y así otro día más, y entonces pienso que el mar (ir al mar de vacaciones) se convirtió en una cajita china que vive dentro de otra cajita china. Ir al mar parece la rutina (como esa rutina de enterrar la sombrilla y luego ladearla para evitar el viento sur) dentro de la rutina. Ir al mar de vacaciones y estar allí, como puede estar un hombre mirando a través de la ventana de un bar durante horas, todo el día, teniendo enfrente esa pantalla gigantesca que forma el agua; entonces se convierte en el día a día de siempre, donde cada minuto reemplaza al mismo minuto del día anterior, jornada tras jornada.
Reemplazo de minutos, iguales, idénticos, reemplazar el minuto del día anterior por otro minuto más viejo, porque el tiempo pasa y lo minutos nuevos son para nosotros los minutos más viejos. ¿Es esta la repetición de los días? Repetirnos cada día hasta que seamos ángeles blancos y veamos nuevamente la sombrilla, el mar, la arena y todo el resto desde arriba. Como un carrusel que da vueltas, visto desde el cielo.
© Martín Di Lisio
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