Lo que ya no es

 

 

No quiero cantar olvidos

ni recordar lo que amaba

porque son como dos muertes

el olvido y la distancia.

 

“Regreso a la tonada”

Armando Tejada Gómez

 

Hay sitios que parecen muertos. Asoma al visitarlos cierta sensación latente: uno se cree testigo del momento equivocado, de que otro tiempo muy diferente pobló ese lugar, y ese tiempo desapareció llevándose historias y costumbres, miradas, respiraciones y palabras. Tal vez sea esa su mística que atrae como un imán gigantesco. A partir de esos abandonos, con los que uno se topa, se sacuden —se quitan el polvo de lo guardado— las propias quimeras, las fantasías que imaginan las posibilidades del pasado, cómo fue, cómo sucedió. Al contemplar las supuestas panorámicas del esplendor anterior, se despiertan las visiones que navegaban un letargo antes de detenerse en el umbral de lo desconocido.

¿Por qué esos sitios parecen muertos?,  ¿por qué no es lo que ya no es?, ¿por qué existen lugares en el mundo que corrieron ese extraño azar del abandono? Esas preguntas conducen a otras: ¿dónde queda guardada la historia de un pueblo cuando muere el último de sus habitantes?, ¿quién se encarga de recolectar las pequeñas anécdotas que se pierden día tras día al apagarse la última mente que las conservaba vivas?

Existen respuestas de las personas que resisten en esos sitios, que viven su vida nostálgica en la puerta de sus casas, debajo de zaguanes derruidos y sombríos, esperando que algo pase. Dentro de sus pensamientos conviven tantos recuerdos que, apiñados, forman algo más fuerte e inmutable que un muro de hormigón. Y esas frases, esas palabras que oyen los visitantes, los viajeros, se infiltran, se acomodan en los huecos y no se van nunca: Pibe, vos no sabés lo que era esto en las buenas épocas, o tal vez cuando el ferrocarril pasaba por acá, o acaso este era un barrio fabril y los sonidos de las máquinas se escuchaban hasta en la noche.

Existen momentos donde se fotografía el abandono y sucede cuando una persona con su cámara desea plasmar algo que ya no es. Se quiere lograr, tal vez, un rescate definitivo de esas estructuras viejas, de esas calles de polvo desiertas, de esas plazas sin juegos y sin niños, de esas estaciones de tren inutilizadas y sin encomiendas. Y al revisar las fotos, y recordar las frases de la gente que sigue allí, se rearma el rompecabezas de la mejor manera posible, inventando en los espacios libres, esos espacios de los que ya no quedan ni noticias. Cada detalle en esas imágenes es un vestigio. Puede ser una puerta que atravesaban los maestros de un pueblo cuando había clases, puede ser el mostrador de un almacén donde se compraba la leche recién ordeñada, acaso la barra de un bar donde codo a codo se exprimían ginebras, tabacos y penas.

¿Y si inventáramos un listado de recuerdos que estén a punto de extinguirse para resguardarlos? Correr para llegar antes que la muerte, y así poder registrar esas líneas de tiempo que se llevan consigo los ancianos. O tal vez no tenga sentido correr sobre ruinas. Acaso se deba actuar cuando las arterias de un pueblo estén llenas y circulen su sangre junto a sus sonidos, cuando todavía estén vivas las risas y los llantos, y no sólo sean ecos que retumban en las paredes descascaradas.

Prefiguro que llegará un día en que un fotógrafo curioso tocará la puerta de nuestras casas y preguntará si nos puede sacar unas cuantas fotos. Sepan que el día que toquen a mi puerta correré a esconderme, enmudecido, para que no quede ni un solo eco de lo que pudo evitarse.

  

© Texto y fotos: Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

 

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