Del lado del crimen

Un sobretodo oscuro, en ocasiones gris sucio, una gorra a lo Sherlock Holmes o más barata, una pipa o un cigarrillo, una cara de póker, una libretita ínfima donde anotar los indicios que luego resolverá gracias a su mente brillante, son algunos de los elementos que nos machaca el estereotipo inglés sobre el asunto de los detectives que toman café y dejan la marca de la taza en cada papel que pasa por sus manos.

O el caso norteamericano. Nunca me gustaron esas novelas, esas historias fabricadas en molde donde el criminal termina siendo siempre el mismo, donde hay una venganza o simplemente todo es obra de un loco, donde encontramos detectivismo barato, un investigador fracasado que tiene una última oportunidad antes de dar un paso hacia el abismo de los días, para luego darle al whisky berreta acodado en la barra del prostíbulo con peor reputación de todo Nueva York.

Entonces, lo que nos queda es salirnos del estereotipo de esa historia repetida. ¿Acaso ustedes imaginan que un investigador de crímenes de la pampa Argentina  o de las provincias del litoral pasará desapercibido con esos elementos? No se salva ni la libretita, créanme. Me los imagino tomando mate en camiseta, escuchando la radio local a todo volumen, leyendo el diario de ayer. Me los imagino digo, porque ni siquiera sé si existen.

A esta altura tampoco creo interesante introducirme dentro de esas mentes. ¿Qué tan seductor puede ser el pensamiento y las elucubraciones de un miembro de las fuerzas de seguridad organizadas? ¿Qué tan audaz puede ser un detective que elige brindar su inteligencia a un Estado aburrido, despilfarrador y corrupto? No no no, de ninguna manera me pongo de su lado, esas personas, por brillantes que sean, al menos una vez en su vida eligieron muy mal.

¿Qué nos queda?

Pues, ponernos del lado del criminal, en esas personas está el misterio (el enigma) a resolver, el creador, el creativo, siempre será el que comete el crimen y no el que lo resuelve. Así es la diferencia entre quién inventa un teorema y quién lo utiliza como fórmula preestablecida.

Nos interesa, entonces, la mente asesina.

La duda mayor, la intriga, es saber en qué piensa un hombre antes de cometer un crimen. ¿En qué minuto exacto decidió matar? ¿Cómo articula esa premeditación y su vida cotidiana? ¿Cómo se organiza para sus crímenes seriales? ¿Conocerá cuales serán sus víctimas desde un primer momento?

Hay asesinos organizados y desorganizados.  El organizado es metódico, nada de cabos sueltos. Tiene un plan, elige su arma preferida, conoce muy bien a su presa, mata lentamente, sin sobresaltos. El desorganizado, en cambio, tiende a ser impulsivo, la carnicería que resulte de sus actos se parece más a una compra de shopping, al voleo, desordenada, como un pago enorme al contado con billetes chicos.  El arma aparece en el momento: un cuchillo, un metal, un hacha, una caída de un piso alto.

Un asesino cuenta con una lógica propia, interna, única e irrepetible, su marca de calidad la sella con cada crimen que comete. No hay que confundir lo serial con lo múltiple, el asesino múltiple actúa por emoción: muchos en poco tiempo, como en un juego de bowling.  

La zona oscura que comienza a formarse en la mente de un asesino serial, durante su fase de formación —aunque fase suene muy académico para mi gusto— es la zona donde ese hombre crea su historia, su derrotero de muertes. La idea de ese primer crimen se va gestando, el embrión de un cuento policial, con suspenso y acción. Luego de ese primer momento donde fantasea con lo que vendrá, busca y selecciona a una víctima. La seduce, para ser más preciso.

Un asesino serial es, antes que nada, un gran seductor.

Y por supuesto que esa construcción del fetiche, ese climax logrado por el homicida, es una faceta artística, un trabajo fino que hay que elaborar con mucho detalle. No cualquiera asesina con elegancia, el placer de matar, en síntesis.

Pero muy pocos piensan como yo. Esta mañana me vestí de la mejor manera para seducir a quién me de la gana. Todavía puedo pensar en frío a pesar de las zonas oscuras que me acechan. Trataré en todo caso, conociendo de antemano mi comportamiento futuro, de hacer una labor impecable para que la historia me regale al menos una película de bajo presupuesto.

Es grato saber que en unas horas mi mente sólo estará poblada de fantasías.

 

© Martín Di Lisio

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