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Las ciudades y las noches Una vez encontré un barrio debajo de las nubes. Atardecía en Quito y la oscuridad descendía como un tul pegajoso sobre el valle de la ciudad. Llegaba la noche y allí, al final de unas cuantas avenidas, encontré ese barrio al fondo de un abismo. Se distinguían, diluidas en la bruma, las luces de las callecitas del Guápulo. Bares, casas antiguas, aires bohemios, esquinas cerradas, elementos que forman ese extraño lugar al que se llega no por menos de cientos de peldaños. El precio para visitarlo es descender esa escalera. Caía la noche y la única manera de llegar al Guápulo era atravesando la niebla, zanjar cada milímetro de ese aire condensado en un marzo húmedo. En ese recuadro nocturno y aterrador era imposible que no pasara nada. La noche en esos barrios se torna siempre misteriosa. Cuando uno camina solo en la oscuridad observa con detenimiento cada puerta y cada ventana, cada lugar desde dónde pueda aparecer el terror. Pero ese terror nocturno, como la bruma del Guápulo, es necesario. El hombre de ciudad tiene miedos diferentes al hombre de campo, el hombre de la metrópoli tiene menos tiempo para escapar. El horror de la noche puede acorralarnos contra una pared, puede escribir incluso un graffiti con nuestra sangre. Entonces, desde ahí, desde ese sentimiento extraño de inseguridad nocturna, recalan los pensamientos audaces. Porque el miedo nos podrá aterrar, pero es romántico. A San Telmo, siguiendo el camino del prototipo perfecto, lo prefiero peligroso. Hoy en día los que penamos a través de Buenos Aires por las noches, sabemos que San Telmo no es lo que era. Un barrio empedrado, de conventillos y casas antiguas, puertas herrumbradas, plazas desiertas, ventanas tapiadas. Un facón amenazante, el caño de un revólver, al menos un alma en pena, es lo que uno esperaba encontrar al doblar en cada esquina. Aventura. Ahora hay shows turísticos, seguridades especiales para los visitantes, tango moderno, y ni un solo facón. El que quiere miedo, allí no lo descubre. Esa Buenos Aires oscura es la que genera el desdoblamiento de una personalidad. Digo Buenos Aires, por no decir Quito, o La Habana. Porque los balcones de La Habana Vieja, de noche, también asustan. Sé que cuando La Habana duerme, esos balcones albergan sombras, susurros, gemidos y llantos. Los balcones de La Habana Vieja son peligrosos cuando no hay gente conversando sobre ellos. Funcionan como las esquinas de San Telmo, como la niebla del Guápulo. ¿Quién que estuvo en esos sitios aterradores durante las noches no tuvo temor? Y gracias a ese temor la persona se parte al medio. Por un lado, la cautela, por el otro la osadía de los poetas. La poesía nace en la noche, y en esos momentos es cuando se escriben los versos más osados. La poesía necesaria, urgente, se cobija en los miedos, detrás de las esquinas, penetrando la niebla o llorando en los balcones. Uno pudo ser poeta en La Candelaria bogotana, en el San Telmo porteño o en La Habana Vieja. Allí estuvieron dadas las condiciones alguna vez para mis versos y los de muchos otros miedosos. De esa manera escribía mis poemas, me escapé de cada uno de esos lugares con estrofas profundas, estrofas de las que me arrepentía a la mañana siguiente, sonrojado por tanta osadía. Y esa osadía que surgía con el miedo a la muerte que traen consigo las oscuridades, es la que extrañamente perdí. Acaso porque alguien me convenció alguna vez de que a partir de ese momento de la historia me tocaría ser el asesino. Otro alguien, ya muerto, me confesó después que yo lo había matado. Entre ese antiguo miedo de los barrios viejos y esta espera cautivante del otro lado de la historia, forjé ese lado oscuro de mi personalidad, soldé cada parte de mi hemisferio poeta para dejarlo como nuevo. Y es esto lo que logré. Es lo que ahora, esperando escondido entre la niebla del Guápulo, sosteniendo con mi mano los facones que me mataron en San Telmo hace ya tantos años, soy: un inventor de poetas, un asesino. © Martín Di Lisio |
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© Revista Axolotl, Número 19 |