Norte.

Puna.

Aquí la tierra es dura y estéril: el cielo está
más cerca que en ninguna otra parte y es azul y vacío.
No llueve, pero cuando el cielo ruge su voz es aterradora,
implacable, colérica. Sobre esta tierra, en donde es penoso
respirar, la gente depende de muchos dioses.

Héctor Tizón
(De Fuego en Casabindo)

Tuve la sensación de que la historia ya se había contado, que los hechos en este páramo sucedieron alguna vez, y ahora sólo quedaban vestigios de un derrotero del tiempo. Tuve la sensación de que todo lo que veía y tocaba era el pasado.

Voy a contarles una historia triste, habló el hombre sentado en el fondo del ómnibus. Es la historia de mi vida, continuó y comenzó a recitar una prosa doliente, durmiéndose de a ratos, sin ocultar las huellas de un áspero carnaval que aún no concluía. Habló el hombre, entonces, y luego silenció.

El vehículo avanzaba comiéndose el polvo del camino, la aridez de la puna entraba por las ventanillas, y ella comía también pero de afuera hacia adentro. Perfume de la coca y aroma del vino, las fragancias completaban los asientos vacíos, llenaban los espacios muertos. Muertos. Una guirnalda serpenteaba a través de los vidrios cada vez que las ráfagas de un viento mudo la hacían danzar. Y separándose de las ventanillas danzaba, como si fuera parte de una de las comparsas que luego escucharía, en el silencio. Voy a Cochigaste, habló de nuevo el hombre del fondo durante uno de sus huecos de lucidez. Aquí nomás me bajo, aunque una vez me quedé dormido y desperté en Casabindo.

Casabindo, escuché, Casabindo, donde el ómnibus se dirigía, para luego reposar la siesta en Tusaquillas, más allá, al sur. Y Casabindo apareció detrás de una lomada, un pueblo rodeado de tonos ocres, colores de unas piedras desiguales, tan grandes como para que ni siquiera un dios pueda moverlas de allí. Son las peñas del salva-pueblo, me dirían después sobre esas piedras doradas, escoltadas por la cruz salvadora en su cima. El hombre del fondo ya se había bajado, me pareció verlo a lo lejos, caminando sus kilómetros, portando en su mochila un palo oscuro, que luego se me develaría en plena noche.

Casabindo de cuatro siglos, de quinientas almas vivas que lo habitan, dueño de una bandita de llamas que sonríen en su entrada cuando uno, cualquiera sea que llegué a esta porción de puna, se asoma entre la polvareda que deja el transitar de las cuatro ruedas por el camino. Esos animales exhiben las marcas de la señalada en sus cuerpos, cintas naranjas, rosadas, rojas, amarillas. Los únicos colores que necesita este páramo para atardecer. El adobe de las casas —monocromático— se posa sobre el Kollasuyo, sector sur del imperio incaico. El adobe de las casas descansa sobre el antiguo camino del Inca, sobre los restos de aquella Panamericana que se recorría a pie. Veo, aun desde un ómnibus que no llegó a destino, la sombra negra de la iglesia pálida. Una sombra fina, delicada, que se le escapa al cenit, que elude su brazo, ese haz de luz que hace desaparecer las oscuridades. Dentro del templo, Nuestra Señora de la Asunción, patrona de Casabindo. Dentro del templo, también, siete Arcángeles Arcabuceros, coloridos y armados.


El ómnibus me deja, me abandona en la entrada del pueblo. Camino, camino cuadras desiertas y me paro frente a la iglesia. Rodeo la plaza de toros. En los agostos, el pueblo rinde homenaje a su patrona. Imagino el bullicio, la gente subida a las paredes que resguardan la plaza verde, la gente subida en las torres de la iglesia, en las gradas, sobre los techos de las casas lindantes. Misachicos, Sikuris, danza de los Samilantes, toreada, una vincha con monedas de plata que hay que arrebatarle al toro sin lastimarlo. Aroma de la coca, perfume del vino.

Pero no ahora, no en este momento. Porque hoy es la mitad del carnaval, lo recuerdo de repente. Una música de trompeta, acordeón y cajita me hacen recordarlo, un revoleo de banderas en una callecita del horizonte me trae de nuevo al mes de febrero, un hombre tirado en la calle, residuo de un festejo infinito, me mira dormido.

Y en Casabindo hay quinientas almas, hay un cementerio con flores de papel, hay un almacén abandonado lleno de botellas vacías, hay una escuela y una hostería donde paso la noche. Hay una noche donde la gente festeja el carnaval, suena la música pegándose en mi ventana. Descorro la cortina y no los veo, pero los escucho. Cajita, bombo, trompeta. Me duermo con la música invisible de fondo y sueño con el hombre del ómnibus. Escucho su voz cansada, borracha. Escucho la historia de su vida, triste vida que transcurrió en este páramo. La noche de ese sueño traerá una tormenta sin agua. En esta puna extraña, misteriosa e infinita, no llueve así nomás. Pero yo escucho truenos, entre párrafos de la historia triste estallan truenos, relámpagos tocan la ventana de mi habitación silenciando aquél carnaval invisible.

Ahora lo sé.

El estrépito del arcabuz, ese palo oscuro que llevaba en su mochila, hizo temblar todo el Kollasuyo, ese fogonazo que cayó cerca de mi habitación fue la luz de aquél disparo. Me doy cuenta, o adivino, que el octavo Arcángel Arcabucero anduvo de paseo, viajó conmigo y ahora retorna a su cuadro, dentro de la iglesia pálida. El Arcángel rebelde se emborrachó, y se refugió a los tiros en la oscuridad de la noche.

Tal vez se estampe en ese lienzo, frente a la patrona, hasta el próximo carnaval. O tal vez, tan sólo hasta la siguiente noche.

Texto y fotos: Martín Di Lisio

martindilisio@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 18