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Talladora de huesos, talladora de versos
En los alrededores de la propiedad Báthory corren rumores que se estrellan contra la nobleza de ese apellido. Sin embargo, el rey acumula pruebas suficientes como para condenar a la condesa a reclusión perpetua en su propio castillo. Érzebet Báthory, la protagonista del relato, está inspirada en un personaje histórico del siglo XVI, que nuclea un mundo femenino sufriente. En las profundidades del castillo, ante su trono desfilan doncellas que jamás gozarán del amor: temblorosas muñecas de fría cera obligadas a contraer nupcias con el sufrimiento a través de la tortura con maquinarias perversas. “Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes —su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años— y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un geiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo(…)También los muros y el techo se teñían de rojo.”
La poeta argentina dice acerca de Valentine Penrose: “Excelente poeta (su primer libro lleva un fervoroso prefacio de Paul Eluard), no ha separado su don poético de su minuciosa erudición. Sin alterar los datos reales penosamente obtenidos, los ha refundido en una suerte de vasto y hermoso poema en prosa.” También es excelente el texto de Pizarnik. Entre sus prosas poéticas, tal vez sea esta la más oscura. Érzabet Báthory me recuerda en forma directa a otro personaje de Pizarnik, que en algunos poemas, se llama Madame Lamort, y en otros simplemente “la muerte”. Se trata de una dama lúgubre que juega con una niña, como en el siguiente texto: Devoción Debajo de un árbol, frente a la casa, veíase una mesa y sentadas a ella, la muerte y la niña tomaban el té. Una muñeca estaba sentada entre ellas, indeciblemente hermosa, y la muerte y la niña la miraban más que al crepúsculo, a la vez que hablaban por encima de ella. —Toma un poco de vino —dijo la muerte. La niña dirigió una mirada a su alrededor, sin ver, sobre la mesa, otra cosa que té. —No veo que haya vino —dijo. —Es que no hay —contestó la muerte. —¿Y por qué me dijo usted que había? —dijo. —Nunca dije que hubiera sino que tomes —dijo la muerte. —Pues entonces ha cometido usted una incorrección la ofrecérmelo —respondió la niña muy enojada. —Soy huérfana. Nadie se ocupó de darme una educación esmerada —se disculpó la muerte. La muñeca abrió los ojos. Así encontramos en la obra de Alejandra Pizarnik la proximidad de la muerte, talladora de huesos, con la poesía, talladora de versos. Parentesco que en La condesa sangrienta se enriquece con la perversión y el crimen. Esa atmósfera se podría rastrear en muchos otros versos de la autora, quien nos invita a un viaje de lecturas inagotables.
*Alejandra Pizarnik, obras completas. Corregidor, Buenos Aires, 1999.
© Andrea Geslin
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© Revista Axolotl, Número 20 |