|
La Invasión de las Tropas del Espacio |
![]() |
La batalla entre seres humanos y criaturas extraterrestres son algo muy común en el género fantástico. La piedra angular fue la novela La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells, pero también podríamos nombrar miles de otros libros, así como películas, comics, videojuegos, etc.
Uno de los más valiosos exponentes del subgénero se llama Starship Troopers, y antes de convertirse en un film injustamente criticado, nació como material literario, de la pluma de Robert Heinlein.
Escritor en tierra extraña
Antes
de ser uno de los más respetados escritores de ciencia-ficción, el
estadounidense Robert Anson Heinlen (1907-1988) fue alumno de la Universidad de
Missouri y de la prestigiosa Academia Naval de Anápolis. Su pasión era el mundo
militar y sirvió años en la armada de su país, de la que debió retirarse a los
treinta y dos años por tuberculosis.
Volvió a sus estudios, ahora en la Universidad de California, se desempeñó en distintos trabajos y hasta estuvo involucrado en política.
Su carrera literaria empezó en 1939, al leer el anuncio de un concurso de relatos de Thrilling Wonder Stories, una revista pulp, por entonces muy populares en todo el mundo. Dicho concurso ofrecía cincuenta dólares por el mejor cuento. Motivado, Heilein escribió “Life-line”, que terminó enviando a la revista competidora: la legendaria Astounding, dirigida por John W. Campbell Jr., porque pagaban un centavo por palabra (el cuento tenía 7.000). Y de ahí en más no paró de escribir, salvo durante la segunda Guerra Mundial, época en la que volvió a colaborar con la Armada en investigaciones científicas.
El estilo de Heinlein era directo, fácil de leer, con argumentos y personajes de lo más verosímiles, aun cuando la acción estuviera ambientada en planetas remotos. Si bien la obra estaba dirigida al público más juvenil, cada tanto lograba colar un libro más adulto. Algunos exponentes: Amo de títeres (The puppet masters, 1951), The door into summer (1957), la muy controvertida pero superexitosa Forastero en tierra extraña (Stranger in a strangeland, 1961) y la que hoy nos incumbe, Starship Troopers (1959).
Publicada en castellano como Tropas del espacio, la novela está narrada por su protagonista, Juanito Rico, un adolescente nativo de Buenos Aires en un futuro en donde la sociedad mundial funciona como una federación. La milicia tiene todo el poder, y quien no se sume a las Fuerzas Armadas no puede votar. De hecho, ya desde el colegio se educa a los alumnos con el propósito de que algún día den la vida por su planeta. Siguiendo a sus amigos, Juanito se une a la Infantería. Tiempo después, la Tierra entra en guerra con el planeta Klendathu, habitado por unos bichos espantosos con ansias de destrucción. Tras un incidente de práctica, Juanito decide retirarse de las fuerzas, pero cuando el enemigo destruye su Buenos Aires querido, cambia de idea y sale a combatir en el frente de batalla.
La historia se centra en la dura formación del joven Rico y la relación con superiores y colegas, como Carmencita Ibáñez, Carl Jenkins y Dizzy Flores. La lectura que se desprende es la de una oda al militarismo y lo que significa ser un soldado raso. No por nada la prensa tildó de fascista a Heinlein. Él nunca lo desmintió. Es más: admitió que escribió la novela al enterarse de que Estados Unidos estaba considerando cancelar las pruebas nucleares. Según el autor, si eso sucedía, el Comunismo tendría oportunidad de imponerse. En un pasaje del libro, uno de los superiores de Juanito dice: “La violencia, la fuerza bruta, ha arreglado más cosas en la historia que cualquier otro factor, y la opinión contraria constituye el peor de los absurdos. Los que olvidan esta verdad básica siempre han pagado por ello con su vida y su libertad”. Y en otra página, el capitán Raszak, otro superior del protagonista, dice: “El hombre no tiene instinto moral. Se adquiere a través del entrenamiento, la experiencia y la transpiración”.
Pese a la controvertida ideología, Tropas... fue un suceso de ventas.
La adaptaciones a la pantalla vendrían más adelante.
De película
Durante décadas Tropas del espacio resultó muy
influyente tanto para el cine como en la televisión. Antes de filmar Alien,
el regreso (Al
iens,
1986), el director James Cameron le hizo leer la novela a los actores, quienes
justamente interpretarían a marines aniquiladores de extraterrestres malos. Más
acá en el tiempo, la serie Space: above and beyond también trataba de
militares intergalácticos. Pero la primera adaptación oficial del libro vino por
parte de Japón. El animé Uchu no sensei/Star soldiers (1988)
estaba compuesto por seis episodios de media hora y supo tener seguidores.
Pero todavía faltaba la película de Starship troopers-the movie.
A comienzos de los ’90, el productor Jon Davison y el guionista Ed Neumeier se juntaron a pensar un proyecto de ciencia-ficción inspirado en Tropas... Resultado: el tratamiento de un guión titulado Bug hunt. Davison acudió a la productora TrioStar, pero no pasó nada. Neumeier rescribió la historia, que pasó a llamarse Outpost 17. Si bien ahora hubo un poco más de aceptación por parte del estudio, a Davison se le ocurrió preguntar si los derechos de la novela de Heinlein estaban disponibles. Por suerte para él, no pertenecían a nadie, por lo que pudo comprarlos y, de paso, evitar posibles inconvenientes legales en el futuro.
Ahora faltaba contratar a un director.
A los 70 años, el holandés Paul Verhoeven sigue siendo uno de los realizadores más imaginativos y valientes del panorama cinematográfico. Para comprobarlo, basta con ver la recientemente estrenada Black Book (Zwartboek, 2006).
Si bien ya hablamos de PV en el Axolotl Especial de Erotismo —por la película Delicias turcas (Turks fruits, 1973)—, nunca viene nada mal hacer un poco de memoria. Verhoeven se crió en Ámsterdam durante la Segunda Guerra Mundial. Junto a su familia debían cuidarse de los ataques por parte de los nazis. Como contó una vez: “En mi ciudad, la gente prácticamente se moría de hambre, los cadáveres estaban por todas partes, las ventanas explotaban encima de nosotros mientras cenábamos cuando empezaban los bombardeos y los aviones caían abatidos entre llamas sobre los tejados de las casas”. Y agregó: “Creo que mi experiencia infantil es el origen de mi fascinación adulta por la violencia”.
De más grande, tras graduarse como matemático en la Universidad de Leiden, ingresa en la armada holandesa, para la que realiza documentales. De ahí pasó a trabajar para la televisión, donde hizo la miniserie Floris (1968), acerca de un héroe medieval encarnado por Rutger Hauer, su actor fetiche de aquel entonces. De la pantalla chica saltó a la grande, con las películas Wat zien ik? (1971), la mencionada Delicias turcas, Keetje Tippel (1975), El soldado de Orange (1977), Descontrol (Speeters, 1980), la mundialmente aclamada El cuarto hombre (De vierde man, 1983) y Conquista sangrienta (Flesh+blood, 1985). Películas que le dieron tanto prestigio y buenas recaudaciones como problemas con grupos ultracoservadores, de esos que intentan preservar la moral y las buenas conductas.
Como en Holanda casi no le permitían continuar filmando, Paul V. decidió probar suerte en Hollywood. Arrancó con el pie derecho: el film de sci-fi RoboCop (1987) fue uno de los éxitos de ese año. La buena racha siguió con El vengador del futuro (Total Recall, 1990), con un Schwarzenegger dando vuelta por Marte. Luego se despegó del género con el thriller erótico Bajos instintos (Basic instincts, 1992), con el que volvió a irle muy bien. Lo mejor de estas películas es que, a pesar de ser productos más de industria, Verhoeven pudo imprimirles su singular estilo traído de los Países Bajos: personajes con crisis existenciales, Buenos tan crueles como los Malos, mujeres de armas tomar y la obsesión por retratar el sexo y la violencia con el mayor realismo posible.
Tras fracasar con el drama de stripper de Las Vegas Showgirls (1995), el holandés optó por volver a las superproducciones de ciencia-ficción que tantas alegrías le dieron en su etapa hollywoodense.
La adaptación cinematográfica de Tropas... le vino a la perfección. Además, ya había trabajado con Davison y con Neumeier en RoboCop, dato que generaba aun mejores expectativas.
Según Verhoeven, lo que lo atrajo del guión fue la descripción de una sociedad fascista en medio de un clima de guerra, algo no muy diferente a lo que le tocó vivir de niño. “Ese era uno de los elementos más interesantes”, cuenta el director, “pero ciertamente no fue la razón por la que quise hacer la película. Más importante aún era la creación de esta especie de insectos. Creo que vi en el guión la posibilidad de crear un enemigo que fuera políticamente correcto, que se pudiera matar, como alguna vez lo fueron los alemanes en las películas. Es la actitud que los europeos y americanos teníamos sobre la Segunda Guerra Mundial: el enemigo era japonés o alemán, y eran intrínsecamente diabólicos; no eran vistos desde una perspectiva humana. Estaban totalmente deshumanizados”.
A
la hora de reescribir el guión, Neumeier y el holandés decidieron hacer algunos
cambios, pero manteniendo la esencia del libro de Heinlein. Juanito ahora se
llama Johnny (interpretado por Casper Van Dien), y tiene varios affairs con
Carmencita (Denise Richards) y con Dizzy Flores (Dina Meyer), que en la novela
era un hombre y ahora, una mujer, y para nada fea. Los insectos intergalácticos
son más salvajes y primitivos. En cuanto a la polémica ideología del texto,
Verhoeven y los suyos optaron por darle una vuelta de tuerca ultrasatírica. Todo
ese pensamiento militar fue llevado al extremo. De hecho, se apeló al mismo
recurso utilizado en RoboCop: el de las publicidades intercaladas entre
una secuencia y otra, en donde puede apreciarse el universo en el que transcurre
la historia. Una irónica visión de las propagandas nazis que el joven Paul debía
soportar en tiempos de guerra.
Con un presupuesto de 100 millones de dólares, la producción de Starship tropper-the movie se puso en marcha a mediados de los ’90. Para su concreción se unieron dos compañías: Touchstone (perteneciente a Disney) y TriStar Pictures. Y poco menos de la mitad del monstruoso presupuesto se invirtió en los efectos especiales, cortesía el experto Phill Tippet, quien puso su talento en La guerra de las galaxias (Star wars, George Lucas, 1977), entre muchas otras. Un trabajo soberbio el de Tippet, ya que los monstruosos insectos espaciales, las naves y las batallas son de un realismo escalofriante. Como es de suponer, se recurrió en gran parte a la computadora, por lo que los actores debían actuar frente a pantallas azules o verdes, y fingiendo interactuar con algo que nunca está físicamente en escena (los extraterrestres se añadieron en postproducción). Casper Van Dien contó en un reportaje a la revista La Cosa: “Mientras filmábamos alrededor nuestro ponían pelotas naranjas o cuadrados azules como una guía de referencia para mapear más tarde los bichos que venían a masticarnos. Atrás de la cámara los asistentes usaban escobas o pelotas de tenis en palos para que nosotros pudiéramos visualizar la altura del bicho. Y si con toda esa información todavía no lo entendíamos, Paul se paraba atrás y abriendo los brazos gritaba: ‘¡¡¡¡ARGGGHHHHH, SOY UN BICHO, Y TE VOY A MATAR Y A COMER, ARGHHHHH!!!!’”.
Pero, a diferencia de lo que sostiene casi todo el mundo, la película no empieza ni termina con los FX. Invasión, tal como se la conoció en Argentina, es una película 100% Verhoeven. Para empezar, el ya mencionado sentido de la sátira. Luego, la obsesión por el realismo y la honestidad tanto en las relaciones entre los personajes como a la hora de retratar algunas de las secuencias bélicas más crudas, salvajes e impredecibles jamás filmadas, en donde hasta los personajes protagónicos pueden llegar a pasarla de lo peor. Según el director: “En esta película la gente muere. No es como una de esas cómodas películas en las que todo el mundo sobrevive”.
Curiosamente, las escenas más difíciles para los actores no tenían que ver con la masacre, sino con aquellas en donde los soldados —hombres y mujeres— debían bañarse desnudos y juntos. Paul V. reparó en el asunto y, para que sus dirigidos se sintieran mejor, él mismo se sacó la ropa.
Estreno y controversia
El camino de Starship troopers arrancó con el pie
izquierdo. Su estreno, previsto para el verano yanqui de 1997, época ideal para
tanques hollywoodenses pochocleros, debió posponerse a noviembre del mismo año,
debido a que los efectos especiales no estaban listos. Paro había otro motivo de
demora. Presionado por la MPAA
(Motion
Picture Association of America, el ente calificador de EE.UU.), Verhoeven debió
hacer cortes para que el film pudiera recibir una calificación adecuada y
pudiera ir más gente a los cines. “Lo que me pasó con Starship Troopers”,
recuerda el holandés, “es lo mismo que con RoboCop y El vengador del
futuro. La primera vez que presenté esas películas me dieron una X
(virtualmente porno, para ser exhibida en salas especiales) por la cantidad de
violencia”.
Cuando la película por fin estuvo en las salas, los críticos estadounidenses la despedazaron con la misma ferocidad que los insectos del planeta Klendathu. La acusaron de pronazi, de no ser más que meros efectos de computadora, de ser una basura sin sentido. Con respecto a lo primero, los elementos fascistas imperantes en la obra como las referencias a El triunfo de la voluntad (Triumph des willens, 1935), el documental de Leni Riefenstald que le cantaba las loas a Hitler y compañía, están puestos en clave satírica. Por otra parte, tampoco es cierto que la película se regodee en los Fx. Es más, es un perfecto ejemplo de equilibrio entre contenido y gran espectáculo.
“Estos críticos de cine nunca entienden nada”, diría el común de la gente, y no se equivocaría en absoluto.
Por desgracia, el público tampoco ayudó. La mayor parte no se enganchó con la doble lectura antibélica y otro tanto venía de estar saturado de films sobre invasiones alienígenas, moda que comenzó con la muy exitosa Día de la independencia (Independence day, Roland Emmerich, 1996) y siguió con la mejor pero desafortunada en la taquilla Marte ataca (Mars attack!, Tim Burton, 1996). Las pobres recaudaciones se repitieron en gran parte del mundo, salvo en países de Europa, donde sí entendieron los chistes.
A pesar de todo, la película tuvo una secuela menor, Invasión 2: héroe de la Federación (Starship troopers 2: hero of the Federation, 2004), dirigida nada menos que por Phil Tippet.
Diez años después de su estreno, Starship troopers es una de esas películas de culto, a la que todavía le cuestan convencer al gran público e incluso a muchos críticos. No importa. Es una obra maestra y el tiempo no dejará de darle la razón a Verhoeven.
© Matías Orta
matiasorta@revistaaxolotl.com.ar