Los Pecados Capitales

de David Fincher

 

 

 

Dentro de pocos días, el talentoso y subversivo director David Fincher estrenará Zodiac, su esperadísimo nuevo opus. Se trata de la historia real de un asesino en serie que usaba signos del zodíaco, protagonizada por Jake Gyllenhaal, Mark Ruffalo y Robert Downey Jr.

No será la primera incursión del realizador estadounidense en el sombrío territorio de los serial killers. 

A mediados de la década de 1990, revolucionó el subgénero con un film siniestro, pesimista, que se convirtió en un clásico absoluto.

Estoy hablando de Pecados capitales (Se7en, 1995).

 

 

La estrella de David

 

David Fincher nació en Denver, Colorado, en 1962. Desde niño fue fanático del cine. Si hubo un film que lo marcó, ese fue La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977). Casualmente, su director, George Lucas, resultó ser vecino del joven David, quien más tarde le pidió una oportunidad en la industria del séptimo arte. Y Lucas no le falló: lo ubicó en el área de los efectos especiales, la por entonces naciente Industrial Light & Magic. Ahí fue supervisor de efectos ópticos en El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) y responsable de dibujar pinturas matte en Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the temple of Dome, Steven Spielberg, 1984). Al poco tiempo pasó a dirigir un aviso publicitario para una organización de lucha contra el cáncer. El éxito del corto, titulado Smoking fetus, lo llevó a encargarse de anuncios para empresas como AT&T, Nike y Coca-Cola. Varios de ellas fueron protagonizadas por personalidades como André Agassi y marcaron una bisagra en el terreno de las publicidades. Lo mismo hizo con los videoclips. Comenzó filmando los de bandas netamente ochentosas —The Motels, Steve Winwood, The Outfield, Johnny Hates Jazz—, para luego trabajar con artistas como Billy Idol, Michael Jackson, Aerosmith (el video “Janie's Got A Gun” es casi un antecedente de Se7en), George Michael y Madonna. Muchos de aquellos clips fueron hechos bajo el ala de Propaganda Films, la productora fundada por Fincher y su socio, y también cineasta, Dominic Sena.

“Los videos musicales son divertidos”, confesó Fincher en una entrevista. “No estás atrapado por la narrativa. No hay nada más gratificante que rodar, pegar y sincronizar algo que funciona”.

A comienzos de los ’90, David se decidió a dar el gran salto a los largometrajes. Tras rechazar una serie de proyectos, optó por meterse en una empresa complicada: Alien 3 (1992). La segunda secuela de la saga del extraterrestre escupidor de ácido estuvo plagada de problemas, con demasiados cambios de directores y guionistas. Es más: antes de iniciar la filmación, ya se habían gastado trece millones de dólares. Y el primer día de rodaje, Fincher disponía de unas pocas páginas del guión. A pesar del caos, DF logró una continuación tan aterradora, claustrofóbica e impredecible como la Alien de Ridley Scott. Lamentablemente, ni la crítica ni el público lo vieron de esa manera, y la película fue un fracaso. Fincher dijo que Fox, la compañía productora, le quitó el film de las manos y lo editó a su gusto. Así y todo, el resultado final contiene los elementos que caracterizarían la obra posterior del director: ambientes en penumbras, personajes empujados hacia sus límites, y un final de esos que no conviene arruinar contándolos.

Pero Fincher había quedado muy decepcionado con la experiencia. Según algunos comentarios, dijo que prefería tener cáncer de colon antes de dirigir otro largo. 

No obstante, la gente de New Line Cinema confió en él y le acercó un guión muy particular, más ligado a sus tenebrosas obsesiones.

 

 

Una historia violenta

 

El mencionado escrito corrió por cuenta de Andrew Kevin Walker. Aunque tiene créditos en una película de ciencia-ficción de los ’80, la carera de este señor comenzó a picar alto recién cuando empezó a redactar guiones. Mientras preparaba el de Se7en, trabajó durante tres años como administrativo en Tower Records. Al terminarlo, se lo llevó a su colega guionista David Koepp. Koepp es famoso por escribir grandes obras como Jurassick Park (Spielberg, 1993), Ojos de serpiente (Snake eyes, Brian de Palma, 1998), El hombre araña (Spiderman, Sam Raimi, 2002), La guerra de los mundos (War of the worls, Spielberg, 2005) —Más tarde escribiría para Fincher La habitación del pánico (Panic room, 2002)—. Bien, el ambicioso guión de Walker  no llegó a las manos de Koepp, pero si a los de la secretaria, que se lo pasó a su jefe. El proyecto recién arrancó al caer en manos del productor Arnold Kopelson, otrora responsable de llevar acabo Pelotón (Platoon, Oliver Stone, 1986), por la que ganó el Oscar a Mejor Película.

Según el texto de Walker (quien hace un cameo en el film), un asesino psicópata hace de las suyas en una metrópolis anónima, valiéndose de un modus operandi muy original: mata según los siete pecados capitales, y con la intención de dar una lección moral (¿?). Por si no los recuerdan, son gula, pereza, avaricia, lujuria, orgullo, envidia e ira. Los responsables de detener al malnacido: una improbable dupla de detectives. Por un lado, William Somerset (el enorme Morgan Freeman), veterano, pensante, a punto de jubilarse. Por otro, David Mills (Brad Pitt, en un papel originalmente pensado para Denzel Washington), joven, novato, impulsivo, que se acaba de mudar a la ciudad con Tracy (Gwyneth Paltrow), su esposa. En una versión lúgubre de las buddy movies (películas de compinches), ambos se dedicarán a investigar cada pista. Sin embargo, el genio malvado del asesino conocido como John Doe, el equivalente latinoamericano a Juan Pérez es tan desagradable que termina por excederlos. Si no, basta con recodar dos de las muchas escenas memorables del film. En la primera, nuestros héroes se topan con la víctima del pecado Gula: un hombre que fue obligado a comer hasta morir, quedando como una pestilente montaña de carne. En la otra escena, se descubre a un pedófilo cadavérico y putrefacto —¡pero todavía vivo!— postrado en una cama. Dato curioso: ese personaje no fue un títere ni nada semejante, sino un maquilladísimo ser humano, el actor Michael Reid MacKay.

Pero, lejos de regodearse en los momentos de truculencia, el largometraje sigue las andanzas de Somerset y Tracy en un paraje decadente, perverso e insaciable. Es muy fuerte el diálogo entre Somerset y la esposa de Mills, quien está embarazada y no está segura de traer niños a un mundo tan podrido.

Fincher lo confesó en una entrevista: “Prefiero las películas que me ponen incómodo, como Barrio Chino (Chinatown, Roman Polansky,1974), o donde hay un héroe que no es tan heroico”. Y agregó: “Podemos hacer cosas más horribles que lo que pudiera hacer una fuerza sobrenatural. La gente no traba las puertas y enciende las luces cuando se queda sola por miedo a un monstruo, sino por el factor humano”.

El poderío visual del film es un excelente complemento del guión. Para lograr tamaña proeza, David Fincher se valió del trabajo del diseñador de producción Gary Wissner y del laureado director de fotografía Darius Khondji. De origen iraní, Khondji estudió cine en la Universidad de Nueva York y comenzó a trabajar en obras como Delicatessen (Jean Pierre Jeunet y Marc Caro, 1993). A la hora de definir el look de Pecados... Fincher y Darius se inspiraron en dos películas concretas: Mi pasado me condena (Klute, Alan J. Pakula, 1971) y Contacto en Francia (The french connection, William Friedkin, 1972). De está ultima, tomaron el uso de cámara en mano para generar dureza e inmediatez. Además, la ciudad en la que transcurre la acción nunca es especificada. En realidad, se filmó en San Francisco, Los Ángeles y Filadelfia. El clima húmedo y las lluvias constantes ayudaron generosamente al sombrío clima del film.

Tampoco olvidemos la tarea del gran maquillador Rob Bottin, culpable de varias de las truculencias que se ven en la pantalla.

Cuando los ejecutivos de New Line vieron el producto terminado, se mostraron en desacuerdo con el sorpresivo final (Quienes la vieron ya lo saben, y quienes no... ¡Ni loco les doy una pista, je je je!). Pero Brad Pitt iba camino a ser una superestrella y tenía la autoridad suficiente como para exigir que lo dejaran como estaba.

 

 

En las mejores salas

 

Ni bien apareció en las salas de cine del mundo, Se7en se transformó en un impresionante éxito de público y de crítica, llegando a recaudar 316 millones de dólares. De todas maneras, los logros de la película fueron aún mayores: terminó de convertir a Brad Pitt en un gran actor (y no sólo en un galancito hollywoodense); expandió el fenómeno de los asesinos seriales iniciado por El silencio de los inocentes (The silent of the lambs, Jonathan Demme, 1991) y catapultó la carrera de David Fincher, quien luego filmó Al filo de la muerte (The game, 1997) y la monumental y apocalíptica El club de la pelea (Fight club 1999, de la que hablamos en otro número de Axolotl), La habitación del pánico y, por supuesto, Zodiac.

En cuanto a premiaciones, la Academy of Science Fiction, Fantasy and Horror Films la premió por Mejor Guión y Maquillaje, y obtuvo nominaciones por Director, Música, Actor y Acriz de Reparto. En Fantasporto triunfó por Diretor y Película. Por alguna razón, fue muy ignorada en la entrega de los Oscar, donde sólo fue nominada a Mejor Edición.

 

Ahora bien, después de ver la película, ¿les siguen dando ganas de incurrir en algunos o en varios de los siete pecados capitales?

  © Matías Orta

 matiasorta@revistaaxolotl.com.ar

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© Revista Axolotl, Número 18