Al ritmo de Baz Luhrmann

 

 

En los años ’90, se despachó con una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una obra de Shakespeare. Más tarde, le dio nueva vida a un género que parecía extinto: el musical.

Adorado por muchos, acusado de superficial por otros, lo cierto es que Baz Luhrmann es uno de los directores más importantes de los últimos tiempos. Sus películas son frescas, divertidas, fascinantes, originales, coloridas, arriesgadas, espectaculares, satíricas, hermosas, irresistibles, melodramáticas, excitantes, inspiradoras, muy cinematográficas. Uno no quiere que se terminen, motivo por el que vuelve a verlas una y otra vez.

Baz Luhrmann nació en Sydney, Australia, en 1962. Siempre fue una suerte de hombre del Renacimiento: desde los ’70 comenzó a desempeñarse como actor en la TV australiana. A la par, montó obras de teatro y le dio rienda suelta a una de sus grandes pasiones, la música, al dirigir una orquesta en el coliseo de Sydney.

Por suerte, ninguna de estas expresiones artísticas lograba llenarlo, por lo que incursionó en el cine.

 

 

¿Bailamos?

 

“Vivir con miedo es vivir a medias”.

Tal es el slogan de la opera prima de Mr. Luhrmann, Strictly Ballroom (1992).

Escrita por el director y su socio habitual, Craig Pearce, narra la historia de Scott (Paul Mercurio) un joven bailarín de salón tan talentoso como arrogante. Su único objetivo: ganar el Gran Prix de su especialidad. Sus sueños —y los de quienes lo rodean; en su mayoría, unos interesados bárbaros— parecen truncarse cuando su compañera de baile lo abandona. En la escuela de danza de sus padres, conoce a Fran (Tara Morice), una tímida muchacha de origen español, que le propone ser su pareja. Tras negarse al principio, Scott acepta. Y la química no se hace esperar. Primero conectan en el plano bailable; luego, en el sentimental. Sin embargo, tendrán que superar varios obstáculos durante su camino al éxito.

Strictly Ballroom bien podría entrar en la misma bolsa que otros films acerca de baile, entre los que se destacan Flashdance (Adrian Lyne, 1983), Dirty Dancing-baile caliente (Dirty Dancing, Emile Ardolino, 1987), y películas sobre ritmos musicales concretos como la salsa, el breackdance y hasta la lambada. Pero las supera a todas, a fuerza de pura maestría en su tratamiento. Se nota una poderosa influencia del Carlos Saura más flamenco: Carmen (1983), El amor brujo (1986). De hecho, Scott se perfecciona en sus pasos de flamenco de la mano del padre de Fran.

Comienzan a hacer visibles las que serán las obsesiones de Luhrmann: enamorados que provienen de mundos muy distintos, personajes que se juegan por lo que sienten —a veces triunfan, a veces no—, delirio visual, elementos de comedia brillante y de drama muy bien complementados, y un excelente uso de la música. De hecho, Strictly Ballroom da inicio a la trilogía que el realizador llama Telón Rojo. Dejemos que él lo explique: “El estilo Telón Rojo que define nuestra manera de hacer películas comprende varias selecciones distintas de contar cuentos. Una simple historia, incluso ingenua, basada en un mito primario es colocada en un mundo elevado o creado que es al mismo tiempo familiar aunque exótico, distante. Cada una tiene un dispositivo que despierta la audiencia para la experiencia y la presencia del contador de historias, estimulándolos a estar siempre concientes de que de hecho están viendo una película. En Strictly Ballroom, la danza es el dispositivo, los actores literalmente bailan fuera de las escenas. En Romeo+Julieta es el lenguaje fortalecido de Shakespeare. En Moulin Rouge, nuestro gesto final de la Cortina Roja, la música y la canción son el dispositivo que nos libera de un mundo naturalista”.

La película tuvo todo a su favor. Para empezar, surgió en una época en la que las películas australianas irrumpían con fuerza en el mundo. Los mejores ejemplos: Priscila, la reina del desierto (The aventures of Priscila, queen of desert, Stephan Elliot, 1994) y El casamiento de Muriel (Muriel’s wedding, P. J. Hogan, 1995). Casualmente, también son obras coloridas y musicales.

Volviendo a Strictly Ballroom, fue seleccionada para la competición oficial en el Festival de Cannes, donde fue aplaudida durante diez minutos. Además, ganó el Globo de Oro por Mejor Comedia/Musical, el Premio del Público en el Festival de Cine de Toronto, recibió premios en el Bafta y arrasó en los Australian Film Institute Awards.

¿Se consigue en habla hispana? Por supuesto. En algunas latitudes se la conoce con el título de El amor está en el aire. En Argentina se estrenó como Baila conmigo (Ojo: a no confundir con el film del mismo título, protagonizado por el astro puertorriqueño Chayanne y Vanesa Williams, aunque también sea una historia sobre bailes de salón).

Por si no lo notaron, la carrera cinematográfica de Baz Luhrmann arrancó con el pie derecho.

 

 

Shakespeare pop

 

La segunda película de este director representó un importante paso evolutivo.

No estuvo sostenida por capitales australianos, sino nada menos que por la Twenthieth Century Fox. Y la fuente del material era Romeo y Julieta, una de las tragedias más populares de William Shakespeare, que ya había conocido varias adaptaciones cinematográficas.

Con Romeo+Julieta (Romeo+Juliette, 1996), Luhrmann demostró su genio al darle una vuelta de tuerca a la ya clásica historia de amor entre dos jóvenes de familias enemistadas.

“La obra fue escrita de manera increíblemente accesible. Es imposible hacerla más accesible. El público de Shakespeare era gente analfabeta que gritaba su mercancía por la calle. Borrachos mezclados con la reina de Inglaterra. Y esta era una obra muy popular. Mi pregunta fue: ¿cómo atrapar la atención, cómo entretener, comprometer emocionalmente, contar la historia y decir lo que tenemos que decir?”. Y agrega: “Shakespeare era básicamente el programa de TV popular de su época y sobrevivió al tiempo. El desafío es volver a despertar la pieza para el público, que la reciba renovada siendo la misma”.

Mantuvo intactos la historia, la temática, los personajes, la ciudad de Verona como escenario, y hasta el lenguaje de la época. Ahora vienen los cambios, claramente adaptados para la generaciones que se criaron con MTV: los muchachos son unos punks postmodernos con toda la onda, que usan piercings, consumen ácidos, conducen autos deportivos, se reúnen en Verona Beach (en realidad, filmaron en México), y, en lugar de espadas, van armados con pistolas. Los Montesco y los Capuleto son poderosas e influyentes corporaciones pseudomafiosas. El colmo de la originalidad: Mercutio (Harold Perrinaud) es negro, homosexual no asumido, y en una brillante secuencia, se viste de mujer y protagoniza un segmento musical.

Además del por entonces ascendente Leonardo Di Caprio y de Claire Danes como los personajes del título, el estupendo reparto contaba con el soberbio John Leguizamo en el rol de Teobaldo, el siempre subvalorado Brian Denehy, Diane Venora y Paul Sorvino.

El resultado: un grandioso pastiche Lurhmanniano que constituye la mejor versión de la clásica obra. Porque, a pesar de los elementos juveniles y pintorescos, conserva intacta la esencia del texto original.

El carácter de Blockbuster logrado por el director se ve perfectamente acentuado por su gigantesca campaña publicitaria y por su inolvidable banda de sonido, que incluye temas de The Cardigans, Radiohead y de otros grupos grupos alternativos. La secuencia de la fiesta de los Capuleto y el coro de la iglesia cantando un tema de Prince bien podrían verse como antecedentes directos de Moulin Rouge.

Así y todo, pueden sorprender referencias a otras obras del Bardo, como una hamburguesería llamada Rosencratzky's Burger, en referencia a uno de los personajes de Hamlet. Además, hay elementos dignos de los spaguetti westerns de Sergio Leone, y hasta de los de John Woo.

Romeo+Julieta se convirtió en un gol de media cancha. Participó —y ganó premios— en el Festival de Cine de Berlín, fue nominada al Oscar por Mejor Dirección de Arte, y obtuvo logros en los MTV Movie Awards. El mencionado soundtrack se alzó con tres discos de platino.

En general, el público de mente abierta entendió la película, pero no faltaron los puristas de setenta años que la consideraron un sacrilegio. Al mismo tiempo, la crítica se dividió entre los que adoraban al director y quienes lo acusaban de efectista. Pero nada detuvo el éxito.

Con dos logros seguidos, Baz Luhrmann puso en marcha una empresa aún más ambiciosa.

 

 

Rojo pasión

 

La denominada trilogía de Telón Rojo finaliza con la que seguramente sea la obra cumbre, el opus mágnum del director: Moulin Rouge: amor en rojo (Moulin Rouge, 2001), que no tiene demasiado que ver con la película con el mismo dirigida por John Houston, acerca del oscuro artista plástico Toulouse-Lautrec.

Año 1899. Cristian (Ewan McGregor), un aspirante a escritor, se muda a Paris, centro de la vida bohemia por excelencia. Al poco tiempo conoce a unos actores muy afines a sus ideales de verdad, belleza y amor, comandados por un Toulouse-Lautrec (el colombiano John Leguizamo) que es muy alegre y, en vez de pintar, hace teatro. Esa misma simpática gente lo lleva al Moulin Rouge, el cabaret más popular (y más decadente) de la capital francesa. Ahí se topa con Satine (Nicole Kidman), la cortesana estrella con aspiraciones de artista seria. Tras una serie de enredos iniciales, ambos terminan enamorándose. Pero estar juntos se convertirá en un asunto delicado, ya que la muchacha es pretendida por un Duque (Richard Roxburg) que pretende invertir una fortuna en el Moulin Rouge. Todo esto contado con apasionantes e imaginativos números musicales dignos de los musicales de antaño y de los que se filman en Bollywood, la industria cinematográfica de La india. Lo original es que los actores cantan temas de distintos períodos, y a veces genialmente mezclados en un solo tema musical, como el que la pareja protagonista entona al consumarse su relación: podemos descubrir partes de Kiss, de U2, de Whitney Houston, de Los Beatles... También hay nuevas versiones de, por ejemplo, “Like a virgin” de Madonna (a cargo del gran Jim Broadbent, quien interpreta al dueño del cabaret), de “Children of the revolution”de T-Rex —con la participación de la sensual cantante australiana Kylie Minogue— y de “Lady Marmalade” de Paty Labelle, ahora interpretado por Christina Aguilera, Pink, Maya y Lil’Kim. Este tema fue uno de los hits del 2001. Tampoco hay que olvidar el número en el que se presenta Satine: un homenaje a Marilyn Monroe y al David Bowie más glam.

“Lo primero que quise fue hacer un musical que funcione”, contó Baz. “De chico yo vivía en un pueblito que no tenía más que una estación de servicio y un cine. Veía muchos musicales. El mito primario aquí era el mito de Orfeo, sobre la transición de ser un joven idealista a un adulto. El bajo mundo pasó a ser el Moulin Rouge. En un momento pensamos centrarlo en Studio 54, con Andy Warhol y meter a Bob Dylan allí. Me interesa la bohemia de entonces y su relación con el mundo actual”.

El film tuvo su premiére en Cannes, se estrenó en mayo en Estados Unidos y resultó uno de los favoritos del año. Al igual que Romeo+Julieta, tuvo eco en las generaciones MTV, pero el director no se siente muy satisfecho cuando comparan su estilo con el impuesto por el célebre canal de música: (los estadounidense) Creen que todo luce como MTV. Y mis referencias son otras: un amor por el cine clásico de Hollywood en el que no hay ironía. Las citas son directas. No sé: Cabaret (Bob Fosse, 1972) o Amanecer (1927) de Murnau” (...) “Yo no vengo del videoclip, apenas hice dos, y malos, en mi vida. Vengo de los clásicos y la ópera. En EE.UU. se enfatizó ese costado por una cuestión comercial y ya no me puedo sacar ese estigma. Creo que todo lenguaje es válido y el video musical es uno de ellos. No hay videoclips en Moulin Rouge. No son abstracciones de gente caminando y cantando. Es muy fácil decir: ‘¡Ah, parece MTV!’. Tengo la sensación de que eso es lo que hace la gente más grande, que no entiende la película”.

No tardaron en llegar las nominaciones (y las premiaciones) en el Bafta y en los Globos de Oro. También fue muy tendida en cuenta en la entrega de los Oscar, pero Baz, insólitamente, no fue nominado como Mejor Director. Sí fue nominada, y ganadora, su esposa, la escenógrafa y diseñadora de vestuario Catherine Martin. Por su parte, la película, que competía con, entre otras, El señor de los anillos: la comunidad del anillo (Lord of the rings: the fellowship of tne ring, Peter Jackson, 2001), cayó a manos de... Una mente brillante (A beautiful mind, Ron Howard, 2001). El colmo del robo. Pero no importa: Moulin Rouge es un clásico, y su director seguía en la cresta de la ola.

 

 

El Alejandro Magno que no fue y otros proyectos

 

El siguiente proyecto de Baz Luhrmann parecía ser Alexander The Great. Sí, nada menos que una biografía de Alejandro Magno, el célebre y joven conquistador persa. La película, co- producida entre los estudios de la Fox y los de Universal, iba a estar basada en la trilogía de novelas del historiador italiano Valerio Manfredi. Leonardo Di Caprio estaba casi confirmado como el protagonista, mientras que Nicole Kidman haría de Olimpia, la madre del  poderoso guerrero.

¿Por qué el film nunca se concretó? Para empezar, al mismo tiempo, Oliver Stone estaba preparando su versión de la historia. Y no sólo eso: la filmó y la estrenó primero. Pero Alexander (2004) no fue más que un compendio de ridiculeces y de buenos actores en los papeles equivocados. El fracaso del esperpento made in Stone provocó el parate ¿definitivo? del film de Luhrmann.

Pese a tamaña decepción, el bueno de Baz no se quedó quieto.

En 2004 dirigió un millonario aviso publicitario del perfume Chanel, protagonizado por la Kidman y el actor brasileño Rodrigo Santoro. Con reminiscencias de Moulin Rouge, consiguió una pequeña obra de arte, que derrocha el refinado estilo buscado por la gente de Chanel.

Además, montó en Broadway una elogiada puesta de la ópera de Giacomo Puccini, La Bohème, que ya había llevado a cabo en Australia. La contribución más notoria consistió en ambientar la historia en los años ’50 (el original transcurre en la primera mitad del siglo XIX). El idioma siguió siendo italiano, pero el público estadounidense pudo comprender la obra mediante subtítulos en inglés. La idea del director es llevar a La Gran Manzana una versión teatral de Strictly Ballroom y otra de Moulin Rouge.

Pero antes, su próximo film: Australia. Se sabe que será una historia de amor de carácter épico, ubicada en... ejem... Australia, en los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, en un contexto de haciendas y vaqueros. Según Baz, será una historia con acción, aventura y, por supuesto, romance. Nicole Kidman —a esta altura, la musa del realizador— fue la primera confirmada para el protagónico. Su co-estrella iba a ser Russell Crowe, pero se retiró por motivos poco claros. Tras hablar con Heath Ledger, Lurhmann finalmente contrató a otro australiano de buena racha: Hugh Jackman, el Wolverine de la saga de X-men. El rodaje comienza en 2007, para estrenar un año después.

Así culmina el informe sobre este genial director conocido como Baz Luhrmann, quien sólo hace las cosas en las que puede encontrar “alguna gratificación espiritual”.

matiasorta@revistaaxolotl.com.ar

 

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